Semblanza. Carta a Julio Cortázar


Enero de 2010.

Querido Julio:

No sé si se acuerda todavía de… Usted perdone, Julio. Sé que un día me pidió que le hablara de tú siempre que le escribiera una carta; sé que me dijo que era natural que los mortales se tutearan –“haceme el favor, che”–, pero confío en que comprenderá por qué a mí me cuesta tanto trabajo olvidarme de los libros que escribió y que por eso, hace unos días que fui a visitarlo (usted no se dio cuenta, aún seguía ahí encerrado), lo miré como un axolotl metido en una pecera y pronto borré la imagen que me quedó de usted cubierto por un bond y vigilado por un magnífico cronopio. Me han dicho que soy un terco, che Julio. Ahora ya ve por qué.

Se me complica escribir ¿sabe? No se sienta incómodo, tal vez sea por ese frío de París que me ha dejado tiesos los dedos desde que regresé de Montparnasse, cuando fui a mirar si usted ya estaba decidido a volver.

Sé que no es verdad, pero en este momento me gustaría entibiar el cuerpo fumando uno de esos Gauloises que a usted le encantaba fumar y que por eso también encantaban a Oliveira. Tal vez se pregunte por qué he dejado de escribirle tanto tiempo, Julio; por qué precisamente en este momento se entera de que he ido a visitarlo y que luego me he puesto a redactarle una carta para decirle que me gustaría no tener tanto frío insoportable. En realidad no es ése el motivo de mi carta. Le escribo porque usted no ha regresado, Julio; porque fui a Montparnasse y lo vi otra vez allí encerrado. Ha ocurrido tanto en estos 25 años y usted no ha de estar enterado de mucho. Y pienso que le gustaría saber…

Sí, sí, yo lo entendería muy bien, che, y aún así deseo haberlo despertado muy temprano. Preferiría que esta carta la leyera de madrugada para que no tuviese que esperar a que tanto francés y tanto argentino y tanto de todas partes quitara su mirada de encima del concreto y lo dejara a usted leer a gusto, enterarse de que no lo hemos olvidado, Julio, que seguimos esperando a que vuelva.

No es absurdo que lo esperemos, lo sabe bien. Es curiosa la vida, ¿lo recuerda? (corrijo: ¿la recuerda?). Usted sabía que hay más realidades que ésta, Julio. Usted sabía que no podemos negar otra realidad porque ella misma se resiste a desaparecer, se retuerce y se niega como un gatito cuando le van a poner la vacuna, entonces esa realidad se inventa nuevas formas de regresar (¿pero por qué usted no?) y vuelve a ocupar el lugar del que se la intentó suprimir. Por ello encontramos a la vuelta de la esquina, acechante, lo que no queremos ver. Y paf, de pronto se había ido, Julio.

Perdone que se lo diga, pero usted tiene la culpa de nuestra nostalgia. Gracias a esa idea suya de la otredad… ¡Recuérdelo, Julio! Recuerde que usted un día dijo (estoy seguro de que lo dijo, seguro):

–Si en este momento te contara algo que me ocurrió en París, ¿tú qué me habrías preguntado? –Y ante ese silencio de su interlocutor que a usted lo divirtió tanto, ja, ja, ja, prosiguió–: Un día de sol como hoy (lo fantástico sucede en condiciones muy comunes y normales) yo estaba caminando por la rue de Rennes, y en un momento dado supe, sin animarme a mirar, que yo mismo caminaba a mi lado. Algo de mi ojo debía ver alguna cosa porque yo, con una sensación de horror espantoso, sentía mi desdoblamiento físico. Al mismo tiempo razonaba muy lúcidamente: me metí en un bar, pedí un café doble amargo y me lo bebí de golpe. Me quedé esperando y de pronto comprendí que ya podía mirar, que yo ya no estaba a mi lado.

Yo no hubiera logrado entender, se lo digo sinceramente. Y usted no se apiadó y siguió insistiendo, con esa sonrisa que dejaba ver sus dientes separados que, según nos contó su amigo cubano Manuel Pereira, le daban a usted un aire de niño malévolo. “Anda, che, decime qué me habrías preguntado”.

–Bueno, Julio. Te pregunté… No sé. Tal vez que… ¿cómo te sentiste después de tomarte el medicamento que te dieron para tus jaquecas crónicas?

Y lo imagino a usted riendo como un niño malévolo, Julio, porque aquél con quien platicaba había dado en el clavo, taz, taz, taz. Ese desdoblamiento fue una experiencia tan excepcional en su vida que se quedó como el tema permanente en su literatura, lo sabemos todos, todo.

¿Y sabe qué dice al respecto Ignacio Solares, Julio? Tal vez ya lo imagine: usted contaba con esa característica de todo poeta verdadero: la de ser otro, “en el sentido más onírico del término”.

Pues hágase otro Julio Cortázar y venga, che. Regrese por esa misma esquina en la que un día de 1984 dio vuelta y de repente, en unas condiciones muy comunes y normales, fantásticas, ya no apareció por acá, por ninguna parte, ¿dónde está Julio?, merde alors. Le recordamos esa posibilidad que alguna vez usted nos ofreció a nosotros: la otredad.

Entonces usted volvería a nacer argentino en agosto de 1914 (aunque sería mejor si fuera en alguno de estos años, no tan lejanos por favor), se llamaría de nuevo Julio Florencio Cortázar y esperaríamos con desesperación a que vuelva a cumplir nueve años y a esa edad escriba otra vez su primera novela… Claro que sería un abuso de nuestra parte; sería terrible si sintiera de nuevo esa depresión que le dio cuando mamá María Descotte no le creyó que usted había escrito esa novela y pensó que la había copiado de algún lugar, de algún gran escritor que había escrito esa gran novela suya.

Pero ande, Julio, arriésguese. No es que seamos pusilánimes. Es sólo que estamos convencidos que de cualquier manera escribiría desmesuradamente, con rabia y al mismo tiempo con la tranquilidad inquietante con que un loco acaricia la paloma ennegrecida que trae entre las manos, paseándose por todos los pasillos de la clínica. La única diferencia que habría cuando usted volviera a vivir su vida, querido Julio, sería que esta vez no lo dejaríamos caminar solo para que no cometa el grave error de dar vuelta en la misma esquina por donde ya se ha extraviado, porque ahora detestamos que usted esté en Montparnasse vigilado por ese cronopio que parece una inocente oruga.

Comprenda, che. Sería terrible si su amigo Manuel Pereira volviera a mirarlo así como nos hizo saber en la crónica que escribió cuando usted decidió no vernos más: “Desde la puerta entreabierta te vi dormir. Todo empenumbrado. Hundido en la almohada. Eras más barba que cara. Y recordé lo que una vez me dijo Lezama Lima: ‘Julio padece una envidiable enfermedad llamada efebicia que lo mantiene joven al precio de que sus huesos crecen desmesuradamente’”. Yo no lo envidiaría a usted, Julio. No sé qué horrible nombre sea ése de efebicia, pero muchos doctores dijeron luego que sencillamente usted tenía leucemia y que por esa razón usted no regresa y no regresa y yo pensaba que el terco era yo, Julio, nada más yo, merde alors, merde, merde… Ah…

¿Sabes algo, Julio? Es muy bonito donde estás ahora. Me refiero a Montparnasse. Te lo aseguro, Julio. ¡Hasta hay una escultura de un cronopio! La verdad es que yo nunca los hubiera imaginado así a los cronopios, como unas orugas, si ellos son tan indulgentes, tan apacibles, tan sacados de tu imaginación que estaba consciente de que unos personajes con esas características en definitiva no podían ser humanos, de modo que esa escultura tiene la forma de una oruga y yo ya empiezo a pensar que sí, que los cronopios son como las nobles orugas inocentes, y recuerdo que me encantó que escribiste que cuando los cronopios se van de viaje “encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: ‘La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad’. Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados”.

Fotografía de Francesc Guevara

Se dice que ya es una tradición que cada 12 de febrero los franceses y los argentinos y los de todas partes vayan al cementerio de Montparnasse y cubran tu infranqueable concreto burilado (“JULIO CORTÁZAR 1914–1984”) con una rayuela de papel bond y te pongan una copa de vino. Todos los cronopios están invitados a esta gran fiesta de Julio, el Gran Cronopio. Y allá van los humanos que son cronopios.

No sé si ya has notado cuánto te tuteo, Julio. Porque sí: es natural que los mortales se tuteen, Julio.

Bruno Florit

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Comments
8 Responses to “Semblanza. Carta a Julio Cortázar”
  1. Pepito Tequila dice:

    Me parece que las citas de los titulos de sus obras, es burda, tosca, predecible.
    Aun no entiendo muy bien este circulo amantes de Cortazar,no entiendo de donde surge tanta y tanta alabanza, siendo (para mi) cortazar solo chispa del lenguaje.

    La carta es una imitaciòn del estilo de julio (como tu le llamas) y tambien creo que es una mala carta; te recomeiendo la carta de Pessoa a Marinetti, o de victor Hugo a Balzac, o ya si nos vamos a lo mas elevado, las cartitas de Artaud a su medico.

    Y quien es Bruno Florit? no estoy seguro de que exista, no sera mas bien otro fusil recomendado por Julio Denis??

  2. El autor dice:

    Para: Pepito Tequila
    De: el autor, Bruno Florit

    Tanta descalificación, tanta suerte de desprecio, ¿qué otra cosa puede decir? Descalificación y desprecio, sólo emotividad; hubo un tiempo en que el lector propositivo, en coincidencia con el autor, se aventuraba a sugerir amablemente, pero, como es evidente, estos tiempos son otros, terribles: esa locura de la posmodernidad. De cualquier modo, atiendo a la observación de Wilde: peor que hablen mal de uno es que no mencionen siquiera su nombre.
    Si Julio Cortázar es para ti “solo una chispa del lenguaje” (sic) es porque, camarada, te falta sensibilidad (pero no te culpo, muchos se han abandonado a la brevedad, a la simpleza ramplona). Y si, atendiendo a tu pueril argumento, te parece poco que este escritor haya vulnerado (no es el término exacto, pero qué importa) la invulnerable institución social que es el lenguaje, entonces pocas cosas deben de sorprenderte; seguro no eres uno de esos muchos tontos que, como Vargas Llosa, tontísimo, hablaron en glíglico luego de leer Rayuela, o que recurrieron a los libros para saber quién era Mondrian o Guy Trebert, o que criticaron la vida con la violencia del protagonista masculino.
    Por último, pues el tiempo se acaba pronto, es un halago -y lo digo con innumerable modestia- que me sugieras las cartas de Pessoa, Victor Hugo, Artaud, o las de Kafka y Keats y Bolívar y Borges: todos espléndidos escritores. Pensé que, como yo soy un humilde joven que hace una modesta carta para Cortázar, tú me recomendarías (tan sólo por ser ecuánime) las humildes cartas de tu amigo, de tu hermano, de tu vecino, las tuyas, y no las de aquellos literatos que tú aduces, mismas que me harían entristecer profundamente por su innegable calidad en contraste con la mía. En fin, me siento grandioso.
    Julio Denis, Bruno Florit… ¿Qué semejanza hay? Dos palabras. Como Raimundo Velloz, como Pepito Tequila.

  3. pepito tequila dice:

    posmodernidad?
    falta de sensibilidad?
    abandono a la brevedad?

    que es esto, un taller de los buenos modales y la formación academica?

    y claro, si quieres hablamos de las cartas de mis amigos, de mi carnal y hasta de las mias, espero y toda esta banda sepan el termino de la palabra “pueril” es increible que la academia convierta a sus seguidores, en pericos australianos.
    ¿que semejanza hay?
    ¿podemos disparar dos revolveres a la vez?

    • Bruno dice:

      Muestra tus cartas, en fin. Lo que debías decir desde el principio es: “tu carta es mala; yo tengo una que le hice a tal autor, es la maravilla”. Sugerir una comparación y una especie de competencia entre mi texto y el de grandes escritores es injusto; tomarlos a ellos como referente para juzgar, es injusto. Más que dejarnos llevar por la criticonería, critiquemos con solidez y ecuanimidad, y sobre todo, propongamos: así cambian las cosas, progresan. Tus descalificaciones ¿qué sentido tienen? Dudo que uno distinto del común: desanimar, proponer la deserción, suscitar la autodescalificación.
      Qué actitud, qué nula solidaridad.

  4. Fausto dice:

    En efecto, tu estilo es mera imitacion, bruno.
    hay que dejar de lado tanta alabanza. esta chido si, que busca el placer antes que el aplauso pus tambien, pero ps no es pa tantisimo.
    el camaleon es del color del cristal con que se mire.
    este comentario anula los anteriores. Rajá perro.

  5. el chico de las babas (imitación) dice:

    Prosigue la eufamia narración del melanséfico ser que en su erra de pila se metió sin advertir el encéfalo osep de la osep del osep que no entiende (ni entenderá) a don Rolo… (don, pequeño, mister, engreido, brillante, addis…)
    La oda al mon, la oda al sep, la oda al nup, la oda, la oda, la joda al fin cabo desde.

    Aún no entiendo porque se aferran a copiar su estilo, aún no entiendo porque se aferran a demeritar el trabajo de otros, aún no entiendo porque todos creen poseer la verdad absoluta, aún no entiendo, ni entenderé al hombre…… (Qué bello resulta)

    Permítame decirle, señor Bruno, que a mí me gustó (pero quién soy yo, claro) y reconozco en Cortázar al impulsor de la prosa poética (junto a Girondo), podrá o no gustarnos, pero los hechos se mantienen para ser perpetrados -o penetrados- por la historia.

  6. Alexia dice:

    Me encantó salió del corazón ¿no? síguelo amando..yo también lo hago.

  7. prietofer dice:

    Sentí bien al leer tu carta. Sentí bien que pidieras a Cortázar que regrese. Pienso que te sentirás bien (aun después de más de 4 años, creo que leerás este comentario), si te escribo que estoy releyendo Rayuela por el solo deseo de que Julio esté cerca de mí otra vez.

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