Reflexiones de una prostituta


Reflexiones de una prostituta

J. Cruz

Lleva tiempo soportando la densa blancura en la que la ciudad se halla sumergida esta mañana; la vista de edificios turbios, desvanecidos sobre la base de niebla le ha causado una sensación de frío en los pies. Además, desde su destartalado sillón al lado del ventanal, tiene que lidiar con el intenso frío de un departamento vacío. Ya ni siquiera queda el humo de su taza de café, ahora espeso y más amargo que antes.  Las ganas de desayunar son dulces, no así la cantidad de alimento que guarda la alacena amarilla. Opta, a la fuerza, por abrazarse a la taza ya fría. Encoge las piernas desnudas en el sillón, se procura el calor que sí misma, exhala y, como no hay que comer, que beber o que coger, entonces piensa, sólo piensa.

Para Jose, la soledad no es impedimento; la goza, para ser sinceros. Creo que es el reloj lo que de verdad la consume, pero ahora carece de energías para ser y hacer en contra de cualquier manecilla; vive, por ahora, fuera del tiempo, justo como en las noches en las que actúa como alguien diez años más joven. Su trabajo, como el de todas, siempre ha sido fuera del tiempo, no cobra por hora.

Recién ha colocado un anuncio en el periódico “Mujer, tantos años, tantas posibilidades, tantas posiciones, tantas monedas. Criterio amplio”. Sabe que conseguirá clientes, siempre lo hace. Una vida así no es difícil. Hasta divertida, podría decir, pues disfruta su trabajo. Jose es una chica que sabe que el sexo en Occidente es bueno porque es lo contrario a la religión.

No se trata de comparaciones absurdas formuladas por adolescentes que intentan rebelarse o que han descubierto el hilo negro y ahora cuentan a todo aquel que esté dispuesto a escucharlos: “Es que la Iglesia nos engaña porque nos domina…”. No, se trata simplemente, piensa Jose, de la incomprensión humana del sexo. ¡Fijémonos en que quien lo dice es una prostituta! Ella, después de todo, lleva mucho tiempo practicándolo diario, por lo que su grado de racionalidad es mayor.

II: Sexo Total

Heráclito de Efeso, 150 años más viejo que Aristóteles, dijo que el Uno Total, contrario de sí mismo, es idéntico a sí mismo. O sea, que nos bañamos en el mismo río pero no es el mismo río. De ahí concluyo que el sexo que puede ser hallado por los humanos en cierta ocasión (los hombres siempre lo hallan más rápido que las mujeres), no es el Sexo permanente y estable, no es el Sexo Total.

Ya dije que Jose ama el sexo. Creo que todos sabemos que el amor al sexo no se alcanza a través del pensamiento sino del acto de experimentarlo. Del hermoso acto de experimentar  unidad con “la concreción de una idea que compartimos”, dice Gabriel Zaid. Quiere decir que amamos tener relaciones sexuales porque nos gusta sentirlas y después pensarlas. Pensar, ¡sólo pensar! en sexo, terminaría siendo una tortura.

Jose piensa (y Heráclito y yo compartimos su idea) que si lo fundamental es la acción y no la idea, entonces el pensamiento correcto sobre el sexo no importa, pues no constituye la verdad absoluta ni la mejor forma de sentir (o hacer sentir) un orgasmo; no hay razones que justifiquen que Jose se oponga a quienes tienen concepciones distintas sobre el Sexo Total, sólo sus acciones le hacen enojar. Estoy seguro de que a Jose le aburren y le molestan esos hombres que le pegan o que apenas han alcanzado el orgasmo se quedan dormidos, dejándola con el suspiro a medio camino; en cambio si el hombre (o la mujer) fantasea con que Jose es su novia y por eso la trata bien, entonces es más que feliz.

III: La idea de Dios

La lógica de Aristóteles, 150 años más joven que Heráclito, dice que A (digamos, Dios) es lo mismo que A (Dios) y contrario a B (Diablo), por lo que es importante conocer qué significa Dios. Por eso, Aristóteles se concentró en buscar conceptos coherentes y divergentes de otros. Para el aclamado filósofo, Dios no podía ser contrario a Dios. Por eso, la religión católica (y las de Occidente en general) privilegia el pensamiento. Los creyentes católicos de los que, afortunadamente, Jose no forma parte, creen conocer a Dios a través del pensamiento, pero ¿lo conocen a través de la acción, de sus acciones?

Por eso tanta guerra religiosa, piensa Jose, por personas que intentan hacer que otras adopten cierta idea, cierto concepto de Dios (el de los católicos), para después comportarse como idiotas cuando visitan a prostitutas lindas, como ella. Por eso digo que el sexo es lo contrario de la religión, por eso Jose prefiere ser puta a ser monja, “porque lo importante es la acción”, dice, mientras se muere de frío, pues sólo trae encima un suéter negro y guango.

“Todo es un problema de lógicas”, le dice Jose al señor que atiende el bistrot en el que ha bajado a desayunar esta mañana fría, de esas que están hechas para las caricias. El señor se limita a asentirle a su escote: “Sí, señorita”.

Comments
One Response to “Reflexiones de una prostituta”
  1. nn dice:

    omg q pena nena pero hay q pensarlo dos hasta tres veces para hacer lo q tu hicistes

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