Lo que refleja el reflejo


Por R. Reis 

Míralo tú misma: está insoportable este tiempo. Afuera lloviendo y soplando el viento como un bufido insatisfecho de toro, la gente huye despavorida de las gotas que caen sobre sus cabezas como seis, cien manotazos secos (pero en este caso son seis, cien golpes mojados, pesados, duelen tanto) y ellos sólo intentan cubrirse inútilmente con la chaqueta empapada de tantos manotazos que llueven o con el diario que estuvieron a punto de tirar antes de que comenzara este tiempo que se ha vuelto un dolor en la cabeza. Afuera está terrible, de veras, y aquí dentro tú estás sola conmigo, mirándome como siempre extrañada cuando me pongo frente al espejo.

Lo bueno es que cerraste la ventana del cuarto: ahora podemos ver cómo el cristal tiembla de miedo ante las ventiscas, defendiéndonos del frío y la lluvia y temblando de miedo tan sólo para que yo pueda verme en el espejo y tú me mires con tu ridículo extrañamiento de siempre, en silencio. Dime si no es insuperable la invención del reflejo. Uno se para delante del espejo y puede hablar sinceramente de algo –o alguien– que no podría advertir de no ser por la imagen reflejada (por ejemplo ese hombre que me mira empecinado desde el fondo del espejo, y detrás de él –es decir, detrás de mí; está cerrada a mis espaldas- una ventana cruzada por gente corriendo y la lluvia que golpea y se arremolina con el viento).

Yo lo conozco muy bien al chico reflejado (aunque tal vez él me conozca a mí). A veces viene y se para delante del espejo, como ahora, y empezamos a imitarnos: nuestras cejas pobladas, el grosor de nuestros brazos, nuestra estatura y esos gestos suyos que se parecen a los míos que se parecen a los suyos.

Cuando me pregunto si el de los reflejos es un mundo propio –porque puede pasar que, aunque no lo veamos, ellos reproduzcan exactamente lo que nosotros hacemos en la cocina, en el trabajo, en una habitación oscura, en circunstancias en las que es imposible que nos encontremos con un espejo para corroborar el monótono ritual del reflejo-, cuando esa duda se me entierra como una mordida terca, yo me acerco sigilosamente al espejo, camino con increíble cuidado, debo descubrir lo reflejado, voy callado, ausente de mi propio peso, ni el reflejo de un gato podría notarme, y de pronto ¡paf!, me pongo justo delante del espejo y veo otra vez reflejado a ese mismo hombre. Sin duda él también se ha arrastrado silenciosamente para descubrirme… Pero no sé si lo ha hecho él o yo… (Ahora me está mirando a los ojos y yo veo de refilón que detrás de él –detrás de mí-, por fuera de la ventana, camina la gente; ha amainado la lluvia, ahora las gotitas son inocentes.)

Y justo ahora que siento que tú me estás mirando desde esa silla con tu ridículo extrañamiento de siempre, y yo veo que él me mira empecinado hasta que alguien lo llama desde la ventana, y él se vuelve y camina hacia allá, y yo me quedo parado en este mismo sitio viéndolo irse en el espejo, y giro la cabeza hacia atrás y sólo veo la lluvia cayendo y la gente pasando por ahí, y luego miro otra vez al espejo y lo veo a él recargado en el marco de la ventana y platicando con alguien (la gente sigue pasando por ahí y la lluvia tan inocente), entonces vuelvo a caer en la cuenta de que es indistinguible el afuera y el adentro del espejo, dónde mierda está el mundo reflejado. Por mi parte estoy seguro (quiero estar seguro, por favor) de que en el mundo real la gente no llama a la ventana cuando afuera llueve mansamente, qué locura sería.

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