Voy a explotar


Por F. S. Padilla

Los adolescentes tienen unas ganas locas de comerse el mundo. ¿Qué hacer cuando te sientes abrumado y aturdido? No puedes con todo. Quieres estallar.

Voy a explotar (Gerardo Naranjo, México, 2008) es la historia de Maru, Román y su intento utópico de burlar la realidad asfixiante. Román es el estereotipo de chico malo (pero chico bien), hijo de un político rico y corrupto (uno de tantos), carente de madre: clama atención, grita rebeldía. Maru es la chica aparentemente ruda que esconde un carácter solitario e idealista, le escribe a una amiga lejana, aunque en realidad sus escritos son el desahogo de los sueños y tristezas que no puede hablar con nadie.

Maru y Román se encuentran, se conocen y en una confianza casi inmediata se descubren mutuamente como el cómplice que buscaban en sus delirios adolescentes. Él es el príncipe azul que ella buscaba (“el peor príncipe azul” diría el director de la cinta). Ella es para él la amante y compañera en la fuga que emprenden juntos.

Como tantos adolescentes que escupen sobre el sistema mientras caminan sobre sus Converse, Román y Maru buscan huir pero se esconden en la azotea. Ahí, lejos de la autoridad paterna, pero con las comodidades hogareñas en el piso de abajo, es donde verdaderamente se descubren, se comparten, se conjugan, mientras abren los ojos para encontrarse con nuevos despertares ante ellos mismos (su sexualidad, sus personalidades y fragilidades) y ante lo que está afuera (los adultos).

En su intento por transgredir e ir más allá, deciden abandonar la azotea y atravesar Guanajuato con el objetivo de llegar al D. F. A lo largo de toda su aventura estos dos chicos tendrán la oportunidad de acompañarse y escapar hacia sí mismos, para después toparse con que los escapes reales no tienen salidas verdaderas, y en el exterior todo tiene consecuencias.

La cinta resulta pretenciosa en muchos momentos y un poco forzada en su intento de espontaneidad. Pero, finalmente narra (con el desenfado y estilo pop propio de sus protagonistas) algo tan simple como esa efervescencia juvenil que todos hemos sentido: la soledad, la frustración, la rabia y el hastío. Y el alivio de quien encuentra un compañero fugaz para atravesar esa etapa (aunque las ganas de romper con el mundo no resulten suficientes).

Más allá de sus esporádicas carencias fílmicas, esta película logra capturar la belleza de dos chicos que se unen y se acompañan. Maru y Román no tienen mucho éxito evadiendo al mundo adulto, pero logran esquivar la soledad y  consiguen – al menos durante su breve aventura- no querer explotar.

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