El día que Lara destruyó el mundo.


por Montserrat Pérez

¿Podría una persona sufrir tanto que ese sufrimiento accionara una reacción en cadena que acabara con el mundo? Sí. Ayer, el mundo se acabó y fue gracias a Lara. ¿Quién es Lara?, se preguntarán; Lara es una niña de 12 años y antier no tenía idea de poder acabar en 24 horas con toda la humanidad.A Lara le gusta la música, le gusta leer sobre Historia y disfruta de ver caer la lluvia. A sus 12 años ha visto y vivido más que muchas niñas de su edad, aunque ella piensa que la vida, como ella la conoce, es igual para todo el mundo. Hace tres días caminaba de regreso a casa cuando un grupo de jóvenes pasó corriendo por la calle, ella observó lo que sucedía y antes de darse cuenta había un hombre sangrando a sus pies. No recuerda mucho, pero dice que escuchó un par de detonaciones y después  los ojos del muchacho tirado sobre la acera mientras la vida escapaba velozmente de su cuerpo.

Cuando regresó a casa se quitó los zapatos ensangrentados y los calcetines, los dejó fuera, entró a la casa y se encontró con su madre llorando en la sala. Cuando vio a la niña descalza y con manchas de sangre en los pies se levantó rápidamente e, histérica, la cuestionó y revisó para asegurarse que estuviese bien. Lara  sonrió, sabía que no tenía caso llorar o gritar, ya que mamá podría enfermarse de preocupación; sonrió y dijo que estaba bien, entró a la ducha y miró cómo la sangre se iba poco a poco con el agua.

Lara disfrutaba ver llover más que ninguna otra cosa en el mundo. Le gustaba saber que había un elemento que limpiaba de vez en cuando la ciudad llena de polvo y humo. Cuando llovía, el agua se llevaba todo, así como cuando se bañó y la sangre se fue, también los males del lugar se iban arrastrados por las corrientes de agua. La niña pensaba que las gotas de agua más afortunadas eran las que caían sobre las hojas de los árboles y en las flores. Ellas tenían una función de suma importancia: dar de beber a los seres más extraordinarios de la naturaleza. Los árboles daban sombra, daban frutos y eran buenos lugares para leer. Las flores daban color y perfumaban un mundo maloliente.

Ayer llovía y Lara pensó que iba a ser un buen día, pero no fue así. En cambio, pasó lo que nunca debió pasar: el corazón de Lara se rompió en mil pedazos, ninguno que pudiera encajar de nuevo en su antiguo lugar. Llegó sin que ella supiera cómo, pero llegó. Ese día Alberto, su mejor amigo, murió, pero antes de morir dejó una nota a Lara, la cual se podía leer:

“Lara: deja de ser fuerte, ya no voy a estar más aquí, ya no habrá nadie que pueda protegerte y no puedo decirte que lo sienta. Por primera vez en tu vida comienza a sufrir en serio, ya no te queda nada, me voy y no regreso más. No muero por nada ni por nadie, muero porque no hay nada mejor qué hacer. Este mundo ya no me da nada que me conmueva. Tú eres lo único que quiero, pero estás tan entumecida que a veces pienso que la muerta eres tú. Vive o no, yo me voy, Alberto”

¿Cómo murió Alberto? Eso no importa, cada quien puede inventar la historia que mejor le parezca, en esta historia la importante es Lara: estalló de pronto.

¿Cómo describir a una pequeña de 12 años destruida? No se puede… Lara lloró y sintió su alma arder como nunca antes; sintió tanto miedo que no dejaba de temblar; gritó y, por primera vez en su vida, no hizo nada para mejorar la situación. Su madre la trató de consolar, pero al tocarla sintió como si miles de dagas se clavaran en su pecho, palideció; sucumbió al poder supremo del agua salada que salía a borbotones de los ojos avellana de su hija. Comenzó a sacudirse y se desvaneció.

Los vecinos podían escuchar el barullo en casa de Lara. Pensaron lo peor. La señora Rodríguez abrió la puerta, corrió escaleras arriba para encontrar el cuerpo inconsciente de la madre de la niña a quien vio  niña llorar, pero no se acercó. No pasó de la puerta porque un frío inmenso la alcanzó. Subió por sus piernas, sus caderas, su pecho hasta quedarse instalado en su cerebro, comenzó a penetrar lo más profundo de su ser, pero esa sensación de pronto cambió; ya no se sentía congelada, sino al contrario, una llama azul ahora quemaba sus entrañas.

La mujer ahora odiaba a todos y a todo; recordaba perfectamente quién le había hecho qué en el pasado. Rabiaba, sufría, odiaba con tal fuerza que de sus ojos podrían haber salido flamas capaces de incinerar al propio sol. Regresó a la calle y miró a todos quienes se encontraban fuera de casa de Lara, todos los curiosos, todos los chismosos, todos los que nunca se habían interesado por ella o por su familia.

Con cada mirada poderosa asesinaba sin piedad. La gente huía del lugar, pero quien alcanzaba a escapar sólo lo hacía por un instante antes de convertirse también en verdugo de su prójimo. En las calles  del mundo entero se escuchaban gritos de desesperación, de dolor; almas desgarradas vagaban sin rumbo  para después derrumbarse y desvanecerse de la faz del planeta para siempre.

En los noticiarios se trataba de transmitir imágenes del pánico mundial, pero tan pronto como salían los reporteros, también contraían el mal. Era como una epidemia de muerte, pero no por enfermedad, sino por dolor; toda la tristeza de cada ser humano del mundo se potenciaba, se volvía una tormenta portentosa e imparable: ancianos abandonados, mujeres despechadas, hombres sin trabajo, niños hambrientos, avaros desesperados; todos ahora habían perecido por el brote incontenible de lágrimas y rabia.

Después de un día, con su noche, los gritos habían parado. Ahora, la Tierra se había convertido en el cementerio más grande jamás visto. Tanto plantas como animales también habían caído ante este fenómeno. Silencio. Ya nadie hería, ni mataba, ni mentía. Silencio. Ya nadie gritaba, ni reía, ni lloraba. Silencio.

En un rincón olvidado por la misma Muerte se encontraba Lara. Sólo ella y un sauce sobrevivían. La niña sentada a la sombra del árbol sostenía la carta de Alberto en un puño entumecido de apretarse a sí mismo. Ni una gota de agua salada emanaba de sus ojos. Ahora sólo esperaba su turno para partir. Poco a poco, su respiración fue haciéndose cada vez más lenta, hasta que con la poca fuerza que quedaba dentro de ese pequeño cuerpo destrozado por pocos, pero largos años de ver lo peor de los seres humanos, mirando la carta, suspiró: “Espero que estés contento”. Después se apagó el mundo. No había nada, ni nadie. Silencio.

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