Dos rostros de un mismo reflejo: Jaime Sabines y José Alfredo Jiménez


Por Santiago Corleonni

…su canto asciende a más profundo

cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres.

Rafael Alberti

Las grandes historias se labran en los pequeños detalles.  De la misma forma, la eternidad precede sólo aquello que, por su naturaleza, pertenece al tiempo. De ahí la necedad de los hombres: la continua búsqueda, quizá sin intención, de acentuar su paso por la tierra, de alcanzar la inmortalidad.A lo largo de un constante e irrepetible devenir histórico, el hombre  se ha manifestado de tantas formas como su genio le permite.  Desde las primeras técnicas rudimentarias de comunicación hasta los más elaborados discursos orales, sonoros, gráficos, escritos o audiovisuales, los individuos no han hecho otra cosa que expresarse.  Y de forma simultanea, narrar el universo que los rodea.

Tal parece que a veces una canción no precisa si no del momento exacto para mutar en poema, o bien, el poema no necesita sino de la música idónea, de vez en cuando, para que, tanto canción y poema sean diversos rostros de un mismo reflejo, el mundo y sus locos: Los poetas.

Se canta entonces del amor, se escribe de la muerte, la tristeza, la soledad y de todo aquello digno de interés de quien lo contempla y siente con detenimiento. Así ha ocurrido desde siempre, así lo afirma toda la cronología humana en donde hay tantos nombres, como silencios de amor en la muerte que dura toda una vida.  Es decir, no son muchos ni pocos, sino suficientes para saber que existieron.

Tal es caso de aquellos que, similar a las estrellas,  siguen dibujando el aquí y el ahora con sus “locuras” aún mucho después de su último destello.  Tal es el caso de dos locos, dos monstruos y poetas rebeldes. Tal es el caso de José Alfredo Jiménez y Jaime Sabines, quienes no pretendieron ser otra cosa más que seres humanos y, he ahí, el secreto de su finita inmortalidad.

Dotados de una inteligencia, sobriedad y sensibilidad poco usuales,  estos “locos” no sólo se remitieron a amar, odiar o delatar el mundo que les ahogaba, con sus demonios y sus milagros, y sus paisajes y sus misterios, sino que, le mostraron al mundo, el propio mundo visto desde sus ojos. Lo compartieron.

Y es que en un planeta con más de cien millones de individuos, no se trata de hablar por hablar, sino de saber cómo decir lo que se vive. ¿Quién no se ha enamorado hasta los huesos y al hacerlo, perder al mismo tiempo no sólo el “piso”, también las palabras para llegar hasta la otra persona? Aquella que a un lado de nosotros, está lejos, distante, tanto como el vacío silencioso que tememos que llenar con el puente más breve y sincero hasta ahora conocido: Te quiero.

Por el día en que llegaste a mi vida paloma querida, me puse a brindar y al sentirme un poquito tomado, pensando en tus labios, me dio por cantar… ¿Quién, al enamorarse, no ha cambiado su pecho por un palomar, tal y como lo hizo, el “Rey”, José Alfredo Jiménez?

La sensibilidad humana es diversa. Sin embargo, la materia prima de las obras “sociales”, a través de las cuales ésta se manifiesta, son los episodios cotidianos del individuo y su entorno. Es así como la poesía, la pintura, la música y demás rubros se caracterizan por retratar, de forma característica, el ínfimo universo humano.

Gracias a lo anterior y aunado a la sensibilidad de cada ser, el poeta chiapaneco Jaime Sabines, describe el amor enmudecido que germina sin mayor motivo que el ensordecedor susurro de los labios que lo alimentan:

A la sombra de nuestra alma se encontraron nuestros cuerpos y se amaron. Se amaron como el amor que no tiene palabras, que tiene sólo besos. El amor que no deja rastro de sí, porque es como la sombra de una nube, la sombra fresca y ligera en que se abren las rosas…

Tal y como sucede con el cantautor José Alfredo, Sabines se vale de los recursos próximos de su entorno, dichos recursos son utilizados de forma tal, que el lector es capaz de mirarse en el amor callado de Sabines o la ternura embriagada de Jiménez.

El poeta describe, es cierto, pero es el escucha y lector quien recrea aquella situación hasta volverla parte de sí mismo. ¿Quién no ha dicho ¡suficiente!, no puedo seguir con esto de mirarte sin amarte, y al decir adiós, vacilar al filo de la puerta?

Es entonces cuando las palabras se detienen en la garganta, cual si fuera cristal molido intragable, y la letra de José Alfredo acude tan puntual como la noche, la ausencia o la propia muerte.

Te dije adiós y sentí de tu amor la fuerza extraña, y mi alma completa se cubrió de hielo y mi cuerpo entero se llenó de frío y estuve a punto de cambiar tu mundo, de cambiar tu mundo, por el mundo mío…

Así de exacto fue y sigue siendo José Alfredo en Las Ciudades, y como en ésta, en otras composiciones. Mientras tanto, con una tónica similar, se describen también otro tipo de escenas tales como el amanecer y en éste, los rescoldos de la noche.

… la luz indecisa en las ventanas, pasó su mano sobre mi rostro, cerró mis ojos. ¡Qué confortablemente ciego estoy de ella! ¡Qué bien me alcanza su ternura! ¡Qué grande ha de ser su amor que me da su olvido!

Al igual que José Alfredo, Sabines descubre el mundo con los recursos inmediatos a él; sin embargo, el mundo se vuelve una sucesión de escenas que son capturadas por el poeta y, con su belleza develada, es mostrado a toda la gente. Es entonces cuando algo “común” deja de serlo, debido a que proyecta un rostro desconocido de algo que se pensaba trivial.

Sea como sea, dos cosas son innegables: la primera es que la sensibilidad humana es imperecedera, no obstante, está supeditada a un entorno, el ambiente propio del poeta, o bien, a los alcances logrados por el poema o la canción. En este caso, los horizontes vistos y retratados por Sabines y José Alfredo.

Y en segundo término, el hombre, el poeta, no escribe para todo el mundo, piensa en quién puede leerlo, es cierto, pero no se trata de que el poeta le escriba, si no que el mundo pueda leerse o escucharse en el poeta. Tal y como él se aprendió  en el mundo.

Sólo entonces la inmortalidad, perseguida y no, habrá de llegar a su sitio. No cualquiera puede ser inmortal, es verdad, debido a eventualidades de cualquier rubro, pero la inmortalidad sí puede venir de cualquier parte.  Es decir, no importa el origen del poeta, el artista o el individuo.  Lo que importa es el talento y la persistencia por no dejar de mirar el mundo, por no dejar de asombrarse a cada paso, por no dejar de cuestionarse y responderse sin temor a equivocarse.

Por no dejar de escuchar y sentir el mundo. Por no dejar de compartirlo, de brindarlo al otro para que lo pase de boca en boca, de mano en mano. Lo que cuenta, lo que de verdad importa, es que nunca, bajo ninguna circunstancia, renunciemos a vivir.

He ahí la relación entre El Rey de la canción vernácula, José Alfredo Jiménez y el poeta Jaime Sabines. Es ahí dónde reside su sensibilidad y la fuerza de sus obras: el reflejo de los otros en ellos. He ahí su más grande secreto, su mejor galardón, su mayor reconocimiento. He ahí la inmortalidad de cualquier hombre: El ser humanos.

La vida no es de nadie, todos somos la vida: pan de sol para los otros, los otros todos que nosotros somos “

Octavio Paz

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Comments
3 Responses to “Dos rostros de un mismo reflejo: Jaime Sabines y José Alfredo Jiménez”
  1. Abraham Robert dice:

    Bravo Maestro
    (Aplauso de pie)
    Soberbio

    Esto es calidad Geográphica.

    Y que el mundo se preocupe por los locos cuando a los locos deje de preocuparles el mundo.

  2. Mileno dice:

    Tu segunda conclusión (“…pero no se trata de que el poeta le escriba, si no que el mundo pueda leerse o escucharse en el poeta…”) es una idea un tanto wittgensteiniana con la que coincido: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, dice el filósofo; de modo que nosotros no hablamos sino aquel entorno en el que hemos asignado significados (proceso que va más allá de una pueril asignación de meros nombres). Por eso el inamovible citadino no puede hablar de los tipos de mole de los pueblos; por eso el pobre no puede hablar de vinos y viajes; simplemente, son cosas que no pertenecen a su mundo lingüístico, que no es otra cosa que su Mundo.
    En las canciones que canta José Alfredo y en los poemas que escribe Sabines, encontramos, como bien dices, su mundo. No El Mundo categórico, sino “uno” que es propio de cada individuo, uno que puede ser idéntico a otro pero jamás el mismo.
    Y si lo que tú sostienes es que estos personajes son parte “del mismo reflejo” por la sencilla razón de que ambos hablan su mundo -es decir, que un mundo pueda leerse en sus textos-, entonces yo te replico que todos tenemos esa capacidad de hablar mundo y que, por ende, nosotros somos ellos dos, y ellos dos, nosotros (en términos metafóricos, o, mejor dicho, borgeanos).
    Excelente conducción del tema. El remate que sugieres es decisivo:
    “…pan de sol para los otros, los otros todos que nosotros somos”.

    No hay que dejar de escribir lo que nos gusta, Santiago. Por nada hay que renunciar a esa capacidad, que se ha vuelto nuestro incontrovertible derecho.

  3. Amélie Poussiére d'ange dice:

    ¿Qué te puedo decir Santiago?
    Simplemente un excelente manejo del tema. Sólo un pintor de versos con tu talento puede plasmar en tinta digital la belleza de los versos; hablar de los inmortales y regresarlos a la vida.
    Escribe, escribe y nunca pares…No todos los perros saben aullarle a la luna.

    Y concuerdo con el comentarista anteror: “nosotros somos ellos dos, y ellos dos, nosotros “

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