El metro de a cinco


Por Montserrat Pérez

Adiós, estridente estación.

Anda, anda, anda por el andén. No te percates de las personas que pasean por los vagones ni de las partículas patógenas adheridas a tu piel. Anda, anda, anda por el andén. No dejes de desprenderte de deseos despiadados que sólo dejan desgarrada el alma y desangrados los pies. Anda, anda, anda por el andén. Quédate con el cuerpo completo, con el corazón casi contento y con el cuento cerrado de una vez.

Camino a casa

No hay reloj que indique cuánto más tardará el siguiente tren. No se puede sentar, ni permitir que nadie tome su lugar. Las bolsas pesan, el niño llora, la gente comienza a dar codazos frente a donde se abrirán las puertas del pesado y viejo vagón. Pasan los segundos, el niño no se calla, afuera llueve, los brazos ya están cansados de cargar. Llega el tren, baja como remolino la costra humana que en su seno llevaba el anaranjado transporte y el niño, las bolsas y ella de pronto están dentro. No hay reloj que indique cuántos años más va a tener que soportar las bolsas, el niño y la soledad.

Los amantes de la línea naranja.

La mira, la besa, la toma de la mano. Lo mira, se deja besar, le gusta que le dé la mano. Se han dejado escapar al único lugar lo suficientemente escondido para no explicarle ni a papá ni a mamá por qué demonios van a tardar. La escuela es la excusa de ella, el entrenamiento el pretexto de él. Enterrados varios metros bajo tierra van de terminal a terminal. Se sientan, se tocan, se miran y se dejan mirar. ¿Qué les importa la anciana que no ha podido sentarse a tiempo o la embarazada con la panza henchida? No les importa nada, están lejos, muy lejos del ruido de las bocinas, de las ofertas y de las chucherías. La historia se repite día con día, hasta que uno de los dos decide cambiar el color de la línea.

Martín.

Tiene siete años. Es hora pico en la línea rosa. Miles de piernas se arremolinan para entrar a como dé lugar en las cajas de zapatos que a veces resultan ser los vagones. Nunca ha ido a la escuela. Los usuarios parecen danzar cuando se abren las puertas, bailan al compás de mentadas y quejidos. Tiene en las manos un trapo usado y sucio; casi nunca mira los rostros de la gente, sólo limpia sus zapatos con un mismo movimiento aprendido de la mujer a quien debe llamar “mamá”, pero quien le quita los pocos centavos logrados de arrastrarse todo el día entre la inmundicia de las suelas de diversos materiales. Normalmente lo ignoran, pero a momentos se topa con órbitas oculares horrorizadas por su aspecto demacrado, sucio, desnutrido, golpeado, pero, más que nada, por la frialdad en la mirada del infante. En donde debería encontrarse la luz, sólo se ve el más gélido invierno de dolor. A veces sueña, pero sabe que eso en nada se parece a la realidad.

Se mató, gracias a Dios.

“Buenosdíaseñorbuenastardesseñoritabuenasnochesjoven”. Se levanta a las cuatro de la mañana toma la línea morada hasta Pantitlán, de ahí toma la café a Centro Médico y luego la verde a Zapata. Camina un par de cuadras y llega al trabajo. Saludos aprendidos. Le dan las direcciones a donde debe llevar paquetes, cartas o recados. “Hastaluegoseñorhastaprontoseñorahastaalratobonita”. De nuevo camina a Zapata, cambia de línea o, tal vez, sigue en la misma. Despedidas mecánicas. Los túneles de la red subterránea parecen un infinito laberinto. Nunca se ha perdido. “CasaLíneaXLíneaYLíneaAquiénleimportaTrabajo”. Todas las mañanas y las tardes son iguales. Caminos desgastados. De pronto algo cambia: un suicidio en la línea café. No hay manera de llegar al trabajo como siempre, sale a la calle en la estación Puebla. Ahora necesita un nuevo camino, un plan de emergencia. Mira hacia el cielo, se sienta en la acera y, por un segundo, se olvida de caminos, saludos y despedidas de robot.

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Comments
2 Responses to “El metro de a cinco”
  1. micromios dice:

    Muy buen relato, el metro puede ser un inhumano hormiguero donde las vidas se despiden, se unen o se pierden.
    Salut

  2. Z dice:

    Veloz, contundente y lamentablemente verdadero (aquí, el problema es la verosimilitud, que todo el relato es creíble, tal vez -tal vez- verdadero). Te felicito, Montse, de veras.

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