Inconciencia: el paso desapercibido del saber


Por Luis Lozano

El ingente número de personas que practican actividades sin previa instrucción formal hace de nuestro país una tierra rica en enseñanzas y aprendizajes visuales. Tal parece que la práctica sin método y la acción imitativa resultan irracionales. Sin embargo, en su interior radica una fascinante simplificación de la ciencia.Hace poco, un mecánico resolvió un problema de física, seguramente sin saberlo: al encontrarse con un birlo demasiado apretado, imposible de desajustar con la fuerza humana aplicada sobre una llave de cruz, el hombre decidió auxiliarse para obtener mayor fuerza contra aquella pertinaz tuerca. La solución resultó tan simple y tan común como fue aprendida: un largo tubo de hierro. El mecánico embonó el tubo en la llave y con ello consiguió retirar la estorbosa tuerca.

El resultado fue práctico y efectivo. La llanta se reemplazó con la simpleza que provee la cotidianidad y con la bondad que se gana con la satisfacción de un cliente. Sin embargo, pocos habrán percibido la ciencia de tan astuta maniobra.

En contraste con la técnica, así llamada por el filósofo argentino Mario Bunge, la ciencia ofrece soluciones a las dificultades cotidianas con explicación de por medio, sólo que deben extrapolarse de la teoría a la acción, es decir, de las páginas a las manos.

El único problema para conseguir tal fin está en la sustitución. ¿Acaso es sencillo intercambiar “la longitud del brazo de la palanca” por “un tubo de hierro como de un metro de largo”? La educación básica nacional parece responder en un solo sentido: no. Por su parte, la enseñanza “oficial”, o mejor dicho, la provista por los oficiales, responde segura de sí misma: sí.

Quizá sea cuestión de tradición, pero en la escuela se conocen pocos docentes que complazcan el ansia adolescente de sabiduría y satisfagan plenamente a la indeseable cuestión de practicidad: ¿Y esto para qué sirve?, suelen preguntar los alumnos, como criterio de discriminación para los saberes.

El “maestro” permanece en silencio o explica con el ejemplo más industrializado que halla, de modo que sus ideas plasmadas en tecnología de punta raramente encuentran cabida en la neófita mentalidad de un alumno que apenas conoce la transición de las “Ciencias naturales”  como asignatura a la especificidad de la Química como disciplina.

Así las cosas, el alumno logra ubicar la aplicación práctica de la ciencia en la mitad de la cadena productiva, es decir, en las actividades de transformación, mientras la distribución y el consumo sólo participan de problemas de velocidad y aritmética aplicada a las tiendas de abarrotes.

Este modelo oscurece la realidad científica común, donde los oficiales dejan ver su inconsciente cientificismo y los incipientes teóricos perciben la práctica científica como un elemento abstracto: saben que existe pero nadie hasta ahora lo ha visto.

¿Hará mucho daño explicar la ciencia y su accionar común? Una ocasión, un maestro señaló que la dificultad de las Matemáticas se debe al recelo de los docentes por ser alcanzados en su saber. Igualmente, la mayoría de los científicos, sobre todo los naturales que forman parte de los colegios de educación básica, resguardan la claridad del conocimiento como si su revelación fuera una traición al saber mismo.

Entonces la ciencia se reduce a los que la conocen y la entienden, pero no la explican, mientras que los realizadores y los nuevos observadores viven rodeados de ella, sin saber que están inmersos en el mismo mundo que dio origen a fórmulas, conceptos y modelos teóricos, los unos y los otros, sin poder encontrar su manifestación más común.

Se necesita, pues, una explicación.

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