Puntos de vista


Por Luis Lozano

Entre las múltiples tergiversaciones que se realizan, siempre a favor de la ignominia, la relatividad parece ser el derecho a “interpretar lo que uno quiere” de un suceso determinado.

Explico. La parábola del vaso medio lleno y medio vacío se podría resolver sin alcanzar las instancias del éxito y fracaso relativo a la decisión tomada, mas la vacuidad de la existencia de algunos intransigentes provoca que sea decreto de inutilidad anunciar la vacuidad ajena.

Otro ejemplo: la pobreza. Inexplicablemente, en México hay quien sinceramente declara la existencia de más de 60 millones de pobres con el optimismo de haber errado en el cálculo; y por otro lado, hay quienes se ufanan de las cifras atenuadas por los títulos nobiliarios de patrimonios, alimentos y capacidades, como si la suma de estos rubros no resultara, finalmente, en los mismos 60 millones superados. Y sin embargo, decir que sólo 21 millones están en pobreza (omitiendo la aclaración de “alimentaria”) deja de ser incorrecto dada la “relativa” verdad en que vivimos.

Ariel Gómez León

Ariel Gómez León

En el mismo sentido, un hombre ha tenido la “cómica” ocurrencia de considerar a la necesidad como rapacidad; de sugerir que la desgracia es una forma de extorsión, chantaje o engaño; en fin, de burlarse sarcástica y cínicamente de quienes en un momento están padeciendo hambre, frío y desamparo por fuerzas incontenibles.

Hablar de necesidad cuando se percibe un salario de más de 150 mil pesos mensuales (suficiente para mantener a unas 25 familias de las llamadas pobres patrimoniales), incluidos gastos de viajes y traslados, parece complicado. Sobre todo cuando esta condición económica no da para sentirse “necesitado” en ningún momento.

¿Cuánta será pues la codicia de un sujeto como este, indignado por enterarse que se le ha descontado menos del 2 por ciento a su salario mensual? El salto cualitativo parece mayor que el cuantitativo.

La gravedad del asunto deriva de la intención: si fuera por que sí, tal vez la indignación tomaría forma; sin embargo, cuando se trata de una causa noble, como ayudar a los desamparados, ¿sería justo indignarse por un descuento de tan nimias magnitudes?

No conforme con ello, el mismo individuo se ha sentido en el derecho de reírse de los otros, de vejarlos e incluso de satanizarlos, como si no fuera deleznable recibir un sueldo tan elevado en un país donde ni siquiera la mitad de la población percibe esa suma a lo largo de todo un año.

Tal parece que las cosas sí cambian según el punto de vista.

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