El trazo de una nota en el silencio


Por Nydia Valencia

Deslizó sus manos por aquella piel tan fresca y suave que siempre le había encantado. Le besó el ombligo, casi invisible en la oscuridad que reinaba en la habitación, apenas rota por el brillo de la luna que se filtraba a través de la ventana entreabierta.

Acarició sus senos con las manos, mientras ella exhalaba pequeños gemidos con los ojos cerrados.

Siguió deslizando su lengua por su cuerpo, cada parte con un olor distinto. Sus mejillas siempre le habían recordado el olor de la leche fresca; mientras que su cuello era una mezcla de olores, el aroma de su propia piel, un olor ligeramente tostado y el aroma de algún perfume que usaba.

Le besó los labios, le mordió el inferior y luego dejó que su lengua y la suya hicieran una.

Bajó de nuevo y ahora le beso otros labios, más grandes y más húmedos que los primeros. El cuerpo de Julia comenzó a moverse de aquella manera rítmica que tan bien conocía, ondulaba las caderas y empujaba su pelvis hacía adelante. Sus gemidos se volvieron más fuertes. Algunas veces había sentido temor de que alguien las escuchara haciendo el amor: era algo privado entre ellas.

El orgasmo de Julia fue fuerte y silencioso. En ese momento su cuerpo dejaba de moverse y ella dejaba de respirar y de pensar, mientras sus músculos se tensaban y se estiraban, en un placer instantáneamente mudo.

Mantuvo sus labios hasta que el cuerpo de Julia se relajó y cayó sobre la cama. Su respiración volvió a oírse como un eco jadeante y su vientre se contrajo todavía un par de veces.

Ana se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. Nunca cerraba las cortinas. No era que quisiera exhibirse ni nada por el estilo, únicamente le gustaba sentir el viento frío en su cuerpo, la habitación helada, el aire.

Se subió a la barandilla del balcón y desde allí, apoyándose, se subió al techo. Su apartamento era el último, y la altura entre uno y otro era tan pequeña que ella sentía que podría subir y bajar deslizándose por los balcones.

Miró a su alrededor, el día era de una negrura brumosa, fantasmal, que todavía ejercía un influjo de miedo sobre ella. Las nubes brillaban y sus contornos blancos parecían prestos a comerse a cualquiera que se atravesara en su camino. Las pocas estrellas que había en el cielo no eran más que puntos blancos esparcidos de manera informe. La luna era grande y hermosa, todo en ella blanco y brillante.

Julia se quedó un momento en silencio. Sabía que había problemas. Cuando Ana se subía al techo se deprimía. Siempre ocurría lo mismo, podía subir sintiéndose feliz y sólo deseando contemplar la ciudad y el cielo, pero después su ánimo iba decayendo poco a poco, hasta que Ana se sentía tan mal que Julia siempre había temido que se tirara del techo. Pasaba horas allá arriba, podía pasarse el día entero sin tener ninguna necesidad: ni comer, ni moverse o ir al baño le molestaba en lo absoluto

Pero Julia nunca subía. No era miedo de caerse al no ser tan ágil como Ana, era sólo que el techo era un reducto sagrado, era el espacio de Ana y ella no quería violar aquella intimidad apareciendo repentinamente. No, nunca lo haría.

A veces la llamaba desde la ventana, pero ni una sola vez Ana le había respondido, así que Julia se sentaba en el suelo a esperarla, nerviosa, sin poderse ir, temiendo lo peor.

Bajaba tiempo después, con las mejillas manchadas de lágrimas y un extraño aire de triste que le duraba varios días más, temblando de frío y miedo, temerosa de su propia sombra.

Dejó vagar la mirada sobre el cuarto, era pequeño, apenas para una cama, un tocador, un par de sillas y una mesa. El baño era del tamaño de una cama de buen tamaño, y la cocina era sólo una estufa medio despostillada y un lavabo.

No tenían muchas cosas: algo de ropa y libros, latas de conservas y bolsas de papas fritas.

Al lado de la cama había un violín. Julia había visto cientos de veces como lo tocaba Ana. Podía visualizarla sentada en la cama, desnuda, con el violín en la mano, entonando una melodía suave y triste al mismo tiempo. Pero ella nunca lo había intentado. Recordaba cuando Ana lo había comprado, había sido en unas vacaciones en un pueblo perdido entre la sierra, ella lo vio, allí, pendido de un clavo, y decidió comprarlo. Apenas juntaron lo suficiente. De regreso se la pasaron haciendo auto-stop y caminando. Fue bastante divertido.

Una lágrima se deslizó por el ojo de Ana. Nada tenía sentido, ni las diminutas casas, ni los apartamentos. Nada.

Julia tomó el violín en sus manos, sabía afinarlo. Lo hizo con mucho cuidado, tratando de que no se escuchara ningún ruido afuera del cuarto.

Miró la infinitud del espacio que había sobre ella y se sintió pequeña e indefensa ante aquél silencio, ante aquella vastedad que parecía ignorar completamente al pequeño ser humano y a todo lo que hacía.

Alzó el arco y la primera nota rasgó el aire. No era particularmente bella, y no pudo continuarla. Volvió a intentar, probando la intensidad de las cuerdas en cada punto,  poco a poco.

Ana despertó, rió con su risa de niño y bajó del techo. Olvidó todo y una sola cosa invadió su mente: ir y besar a aquella novia que tenía.

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