Sopa Mizo


Por F.S. Padilla
El barullo del centro comercial es desquiciante. Domingo, día enloquecedor. Entre niños gritones, familias clasemedieras y novios adolescentes con pinta de emos prietos, éste parece ser el lugar menos indicado para tener un día de soledad y meditación. Pero quiero sushi y una sopa mizo.
Camino uno, dos, tres, cuatro, cinco, cien pasos hacia el área de comida. He pasado antes a mirar ropa y me molesta su espantosa calidad: seguramente le servirá a su usuario no más de una temporada y luego se volverá obsoleta y se irá a la basura junto con otras toneladas de trapos igualmente desechables. En la zona de comida rápida, en cambio, no hay falsas pretensiones de durabilidad. Se sabe de antemano que pagarás por ingerir altas dosis de porquería sabrosa que está disponible en una bandejita de plástico casi al momento de ordenarla: rapidez, fast food. Excepto por el sushi. El sushi tarda más y es más caro.
En lo que espero a que mi orden esté lista y el localizador se retuerza entre vibraciones, me doy cuenta que es precisamente el mall un lugar idóneo para bloquearme del mundo. Si se ignora a los demás no hay peligro de ser invadido, puesto que los demás están muy absortos en su comida, en sus compras, en sus hijos llorones y en sus novias encajosas. No puedo fumar para matar el tiempo, así que saco los papelitos que me acaban de enjaretar a la salida del metro: el SME sigue dando patadas de ahogado; Capa de Ozono sigue con su liquidación de fin de temporada con 20,30, 40 % de rebajas; en algún lugar de la colonia Del Valle imparten cursos de computación. Nada que me importe.
El localizador prende sus foquitos rojos y danza alocadamente sobre la mesa. Voy por mi bandeja, me siento y comienzo por la sopa. Huele bien, está caliente y tiene algunas algas, huevo y tofu. Sabe bien. Con la cuchara revuelvo entre el tazón. El tofu luce raro. Es una cosa blanda, grisácea y con algunas capas que se aprecian en el corte. El borde no es el usual cuadrito, sino una especie de pliegues. Parece un pedacito de coliflor diseccionado, de consistencia gelatinosa y color mugriento. Carajo, es un pedacito de cerebro.
Dejo mi mochila y la bandeja sobre la mesa. Sólo tomo el tazón con el trozo de cerebro flotando en medio. Miro a mi alrededor. En la mesa de al lado hay un chico leyendo algo de Og Mandino. Me da pena abstraerlo de sus intentos de superación personal, pero le pido amablemente que le eche un ojo a mis cosas. Sonríe y me dice que claro, que no hay problema.
En la caja del sushi atiende la misma chica sudorosa con cara de enfado y nariz aguileña. Hay un par de personas formadas, un hombre y una mujer, pero me ubico a un lado de la señora guapa que está siendo atendida y la interrumpo. Le hablo a la chica de la nariz aguileña:
-Oye, disculpa – digo, para captar su atención- Hay cerebro en mi sopa.
-La fila va detrás del caballero.
-Sí ya vi, pero es que…mi sopa.
-¿Qué tiene?
-Ya te dije: cerebro.
La chica lanza un resoplido con hartazgo, voltea los ojos para que yo, por favor, me de cuenta de lo cansada que está de hacer mal su trabajo y se dirige a alguien que supongo es el gerente. Es un hombre delgado, alto, con muchísimo gel que aplaca su cabello hacia atrás. La cara es un poco como la del Grinch.
-Dígame señorita, ¿cómo podemos ayudarla?- me pregunta el señor, con una sonrisa maliciosa que acentúa sus facciones de caricatura.
– Es que mi sopa tiene un pedazo de cerebro. Mírelo, ahí está flotando.
El gerente le lanza un vistazo al tazón, no más de medio segundo de su atención y me dice:
-No, me temo que es imposible. Debe ser el tofu, señorita. En la cocina japonesa se emplea el tofu marinado, no puede ser cerebro. Además, todas nuestras cocineras trabajan con una redecilla en la cabeza.
-Pero mírelo, ahí está, como los cerebros que operan en Gray’s Anatomy. ¿No lo ha visto en películas de zombies? No me puede decir que eso no es materia gris, si así se ve en la tele. Igualito que el cerebro que llevaba Hannibal cuando escapa al final de la película.
– Pfff, ¡yo no he visto la película, así que no me cuente cómo termina!
A mí también me encabrona que me arruinen los finales de las películas.
– Está bien, pero por favor deme otra sopa. O mejor no, otra sopa no, qué tal que toda está hecha con órganos humanos. Y bueno, a mí no me gustan mucho los humanos.

Medito unos segundos y agrego

-Mejor cámbiemelo por un postre.

El Señor Gerente parece tener prisa y un tic en el ojo izquierdo.
– Lo sentimos, señorita. Este mes no tenemos ningún descuento o promoción. Con su permiso, debo atender unas mesas.
Toma un par de cartas del mostrador y se voltea, pero regresa y me dice apresuradamente y sin olvidar la sonrisa:
-…y gracias por elegir Sushi Geisha.
El Grinch se esfuma. Yo me quedo parada, mitad enojada, mitad confusa, y completamente hambrienta con mi tazón en la mano derecha. Todavía está tibio.
Vuelvo a mi mesa y ya no hay mochila, ni chico con libro de Og Mandino. “Vaya, en verdad los ayuda a superarse”, pienso. En la mochila iban los últimos doscientos pesos que tenía para comer en la semana, descontando las tres latas de atún que quedan en casa. El chico se ha llevado también la mitad de mi orden de sushi.
Tengo hambre. El tazón sigue tibio y la sopa aún huele bien.
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Comments
3 Responses to “Sopa Mizo”
  1. Emilio dice:

    Me parece un cuento magnífico, creo que la naturalidad con la que se nos relatan sucesos mágicos es megnífico!
    Felicidades

  2. Mr. Roc dice:

    Puuuuf!
    Me has llegado a cautivar e introducir al cuento Fabs!
    Felicidades, eres excelente escribiendo.
    Saludos.

  3. Luzma dice:

    Excelente, en verdad eres muy buena escribiendo.
    Me gusto muchisimo.

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