Crónica. Al pie de la escalera


Por Santiago Corleonni

 

Tal parece que el sonido despierta junto con la luz del cielo. Y uno desconoce entonces, si el aroma suave de los jugos y licuados es la esencia que dejó la noche, o apenas el dulce preludio de un nuevo día.La gente avanza velozmente sobre la acera aún a oscuras, casi a tientas, porque los ojos pasan del sueño a la oscuridad sin percibirlo y, si no fuera por el puesto de periódicos, más de un peatón ni siquiera se ubicaría. A un costado de éste, al pie de una escalera, aparece un anuncio en letras blancas que sentencia: METRO TEPALCATES

Se entiende la prisa del caballero que, mientras murmura con amargos gestos en su rostro, mira su reloj y saca la morralla al tiempo que toma un envase de plástico sin mirarlo siquiera, “¿cuánto es de éste?” dice, y antes de cualquier respuesta, ya va metiendo el envase en la bolsa izquierda del abrigo azul que lleva puesto.

Caso similar el de aquella señorita que con singular habilidad va sorteando las mesas de bocadillos express, donde las donas multicolores, regordetas y glaseadas, seducen cobardemente a traición a quienes, como ella, dirigen una mirada lastimosa a tan dulce y prohibido manjar. Pero eso sí, a un lado de las donas, sobre la mesa, esperan apilados los prácticos yogures light, por aquello de matar dos moscas de un solo tiro: el hambre y la culpa.

Justo frente a la mesa de las donas, una señora hace el ritual ceremonioso de los famosos tamales fritos, mientras le susurra palabras al carbón que se niega a encenderse. Acomoda con cuidado los tamales y el atole sobre una parilla en espera de un fuego que a poco se despabila.

Y es que el área matinal de la mexican fast food, a las afueras de la estación Tepalcates, está compuesta por diversos locales que le ofrecen al cliente, como dicen los que saben, “un atolito, una dona, ¿qué va a llevar?, ¿qué le damos, joven?”

La gente apenas atiende las palabras. Frente a los puestos, la anónima pasarela es un ir y venir de individuos pisándose los talones, empujándose unos contra otros por llegar a su destino, tal vez ya sin tiempo. Para muestra, el joven que sin detenerse se arregla el cabello, la mujer que suspende temporalmente la sesión de maquillaje y camina, increíblemente, sin tropezarse con bolsa, cosméticos, y hasta dos o tres manzanas en mano.

Mientras tanto, el estudiante que salió de casa sin abrigarse, halla resguardo del gélido ambiente detrás de breves sorbos a un café que sustituye el roce repetitivo y fracasado de unas manos entumecidas por el frío.

El puesto de periódicos comienza a rodearse por unos cuantos curiosos que se aprestan a perder la mirada entre titulares y fotografías de publicaciones coloridas, apenas organizadas. Hay otros que ya con la concha en mano, degustan a distancia la sección preferida del periódico. Y nunca falta quien no contempla los diarios, sino el manjar ajeno de quienes, valiéndoles gorro, sopean un pedazo de la obligada guajolota en uno de los cálidos atoles de aquella señora que hace un momento le cantaba al fuego.

Una vez concluido el desayuno, habrá de venir el postre, pero no ahora. Entonces quienes hicieron una parada, siguen su camino dejando atrás el buffet improvisado de donas, tamales, yogures y demás tentaciones. Incluso el cielo, antes oscuro, de a poco toma tonalidades pardas, casi cobrizas.

“¿Qué pasó canijo?, ¿cuántos de toronja te voy a servir hoy? Pregunta un hombre canoso a un estudiante de tez morena y rasgos marcados. “No, Don Luis, ‘ora si le fallo, con el frío que hace el jugo ni se antoja, ai’ mejor  pa´ la otra” responde el joven sin desviar su camino. Tras él, un hombre con la frente baja camina presuroso y tira, por descuido, unos boletos del metro, pobre cuate —dice el voceador desde los periódicos—, por andar a las carreras, el cabrón no ha visto que sigue dormido”. Y quienes lo escuchan, tímidamente sonríen.

El voceador no se equivoca: el hombre de movimientos bruscos y cansados de hace unos instantes,  igual que la mayoría, se dirige a abordar el metro sin advertir quizás que a veces un café bien cargado no basta para abandonar el sueño.

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Comments
One Response to “Crónica. Al pie de la escalera”
  1. Poe dice:

    Esta, es una de esas crónicas en donde se soslaya lo periodístico por tomar en cuenta lo literario.

    Acertado: la narración y descripción (aunque faltaron ambientes), tienes una excelente forma de atraer al lector.

    Error: ¿y los factores de la noticia? Se perdió lo periodístico.

    Para cuestión cultura y como “mar de historias” está bien.
    Nunca te había leído Santiago, desde hoy te tomaré en cuenta. (Gran privilegio).

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