Sinónimos


Por Luis Lozano

El nombre no es sólo una forma de distinción. También sirve para crear confusiones, muchas veces irreductibles.Hace un par de semanas, a Fanny le dio por nombrarme por vías alternas, es decir, por aquel nombre esotérico a un selecto grupo de mi lejano pretérito. Su anormal llamado me hizo tropezar dos veces: la primera, ante el desconcierto de no ser quien solía durante ese incidente; la segunda, al entender que las reservas sólo sirven para ralentizar la inminente propalación de un secreto.

La identidad es capaz de fragmentarse en tantas partes como esté dividido el nombre del sujeto o del objeto en cuestión. Es una maravilla de lo nombrado: puede recibir tantos apelativos como el hablante lo desee. Aunque cabe precisar una máxima indispensable: esa posibilidad de sinonimia sólo se permite dentro del límite de la comprensibilidad, es decir, mientras se mantenga el entendimiento. He ahí el origen de la confusión.

En “Que en francés se dice bijoux”, artículo resguardado tras las pastas de Ideas en venta, Jorge Ibargüengoitia resalta el problema que causan los distintos nombres de un mismo objeto. El hecho de que una cosa sea bautizada de distintas maneras de acuerdo con la latitud del sitio provoca un gasto bastante improductivo: “Cada vez que se encuentra uno con sudamericanos, veinte por ciento de la conversación es sobre cosas como: — ¿Cómo se llama la parte del maíz en donde están los granos?”.

Con esta variedad de nominaciones, no sólo se pone a prueba el ingenio del ser humano para nombrar los elementos de su entorno, también se examina la capacidad para recordarlos, y peor aún, para utilizarlos. Aunque a cambio se tenga que sacrificar la inteligibilidad de la frase, el accidente ripioso es intolerable, a menos que se justifique, o lo que es lo mismo, que se utilice en una obra de arte. De ahí que la variedad no sea innecesaria sino incomprendida.

Esa incomprensión conduce a otro predicamento: la afectación. Comúnmente llamada “rebuscamiento”, el habla divergente, con usos poco frecuentes, es castigada por la crítica severa de la pretensión,         pero no justificada por el argumento degradante del desconocimiento.

Aunque existe la libertad de nombrar las cosas como se sienta más a gusto, la comodidad se ve ceñida por el acuerdo. La mutabilidad del lenguaje no puede ser tan repentina ni tan intempestiva como a muchos agradaría, pues no resultaría sencillo comunicarse con un sistema de nombres nuevo cada mañana.

Otra razón de pluralidad nominal está en la informalidad. Extrañamente existe la manía de colocar pseudónimos a la gente a pesar de que no sean necesarios. Aunque muchos poseen un origen justificado en la evidencia de su referente material, la mayoría de los apodos o malos nombres es sólo un lujo innecesario, casi tanto como los extranjerismos.

El hecho de contar con muchas posibilidades para nombrar no significa que deba tomarse la palabra. En La borra del café, Mario Benedetti satiriza su “ferrocarril de nombres” en el personaje de Claudio, quien también se llamaba Alberto Dionisio Fermín Nepomuceno Umberto (sin h) Emilio. Ante tan gran variedad de posibilidades, resulta complicado distinguir entre el Beto de Umberto o de Alberto.

Aunque la confusión es inevitable, incluso sin ocupar variantes de un mismo objeto, siempre es preciso acotar el margen de error. En casos como ésos, sólo resta preguntar “¿Si digo tal palabra delante de tu mujer, te ofendo?”

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Comments
2 Responses to “Sinónimos”
  1. Melville dice:

    Muy bien, Luis. Te felicito

  2. Poe dice:

    saussuriano el asunto….

    Me parece rescatable la intención de actualizar enfoques lingüísticos.
    El tema me parece acertado y no muy tratado en revistas de este tipo.
    Sin embargo, a veces tu narración me confunde y pierde, entiendo que tal vez sea tu estilo.

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