Aventura subterránea


Por Luis Lozano

Los trenes ofrecen posibilidades inauditas en otros productos de la modernidad. Desde la simple transportación hasta la magia de un sonido irrepetible, disponible solamente varios metros bajo tierra, este medio de transporte provee a una ciudad entera de historias y la forma de ir a por su obtención.Más allá de ser un medio de transporte, para muchos los vagones del subterráneo se han convertido en un segundo hogar, sólo después de la oficina. Hay quienes incluso conviven más tiempo con los cientos de entes anónimos que a diario transitan por sus puertas sin dejar mayor rastro que un empellón por las espaldas, que con sus propias familias. Sin embargo, esta convivencia se lleva a la manera del siglo XXI: en el mejor de los casos, se alcanza un conocimiento superficial del otro; en la mayoría, basta con el hecho de saber que el resto no le permite a uno respirar.

Los colores del entorno de los trenes recuerdan de muchas maneras a la realidad exterior. El piso es oscuro, profundo e irremediablemente sucio, mientras que el cielo adquiere, adentro y afuera de los andenes, una desagradable tonalidad grisácea que desalientan el ánimo. Con ojos optimistas, estos colores sirven para la relajación, una especie de panacea contra el agitado andar cotidiano. En ambos casos, mirar hacia arriba sólo sirve para la reflexión: ¿Hasta dónde nos ha llevado la era posindustrial?

El uso de los trenes es también una forma de conocer la actualidad del entorno. Los sonidos que en su interior se reproducen no son más que ecos bramados desde el ajetreado nivel superior, es decir, la ciudad. Los estridentes ruidos de las bocinas de cierre semejan irremediablemente a los cláxones de la vialidad, y se convierten en una sinécdoque del exterior: mientras usted oye esto, allá afuera un sinfín de bocinazos demuestran su utilidad sonora y su inutilidad vehicular.

Otras figuras retóricas se viven en las profundidades de la ciudad. Al principio de Réquiem para un Ángel, Jorge Hernández propone un parentesco para el tren subterráneo al estilo de Gómez de la Serna: una serpiente anaranjada. Además, visitar los andenes a las horas más concurridas es la confirmación de un hecho innegable: la ciudad está saturada, excepto los fines de semana y los días de fiesta.

Foto: flickr

El destino suele poner a prueba a la gente con los trenes. A manera de lotería, acertar con el punto donde se frenará el metro y abrirá sus puertas es un criterio para medir la suerte; una falla, por más mínima que sea, puede significar la diferencia entre el viaje o la inmovilidad. El desplazamiento entonces se vuelve en una especie de tesoro cuya obtención se traduce en llegar a casa temprano. Este juego de desventuras funciona también como justificación del vicio de la mexicanidad: la impuntualidad. Como una metáfora más, una demostración lógica, o acaso como una explicación de la conducta, el metro aparentemente también es un formador de hábitos para la población capitalina, pues cualquier pretexto es razón suficiente para no poder cumplir con la meta de llegar a tiempo, incluso la prontitud.

El comercio en el interior de los vagones pone en duda la ubicación del “centro”. Música, golosinas, pasatiempos, libros, remedios caseros, soluciones inmediatas o manuales de ortografía; además de la variedad, las transacciones subterráneas cuentan con una ventaja doble: ahí sí existen precios estandarizados en base 5.

En ocasiones los viajes en tren resultan más atractivos que los lugares adonde llevan. Aunque la variedad es pobre, al menos concede los efectos de las experiencias extremas: si se sale con vida, deja qué contar en las conversaciones cotidianas.

Los trenes no son sólo un medio de transporte, sino una representación de la ciudad; sin embargo, en su interior se reproducen también los problemas de la superficie: el caos y la ilegalidad. Entonces toda esa magia pasa inadvertida.

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