Días de zafra


Por Montserrat Pérez

Nota: Estimado lector, este pequeño cuento, dividido en relatos cortos y diferentes, está inspirado en la situación observada durante una práctica de campo en el estado de Morelos, en la zona cañera de Zacatepec. La realidad siempre superará la ficción, eso no puede negarse. Tampoco se puede negar el cómo muchos han decidido olvidarse del campo y de quienes lo trabajan, pero también de las generaciones que ahora mismo crecen en la miseria, así como las mujeres y hombres que diariamente viven por sobrevivir.

Ella cocina…

¡Ay, doña, ya deje de correr! Ha estado parada todo el día, no se apure, ya habrán de volver. Mire, señora, que a las tortillas no les hace bien que las caliente tanto, se le van a endurecer. Nomás, ya eche un ojo a cómo trae las manos, ya se le quemaron, mire ya hasta se le han hecho callos.

No, seño, ya no se apure, mire, ya vienen llegando ahora sí. ¡Pero no, bonita, no llegan de inmediato! ¿No ve que apenas van cansados a quitarse la tierra y a limpiarse el sudor? También llegó ya el niño. Tan trabajador su chamaco… mire, ya anda corriendo desnudo antes de irse a bañar.

Ya siéntese, mujer, tómese un vaso de agua, vaya a cuidar a su nuera y al recién nacido, que la niña no entiende cómo lo tiene que asolear. No piense tanto en su muchacho, el mayor, seguro el abogado lo saca, sólo tiene que esperar. A lo mejor y si hace una colecta, a lo mejor y si reza un poco más, a lo mejor y si un milagro pasa se lo van a regresar.

¡Ay, doña, no deje de correr! Si no es usted, ¿quién lo hace? No importa su espalda cansada, no importan sus pobres pies. Ya a lo mejor mañana o pasado o tal vez después, pueda sentarse un poco sin preocuparse de nada, ni nadie, ya habrá quien vea por usted. ¿Y si nadie lo hace? Ay, señora, ¡qué preguntas hace!… Pos por eso le digo que no deje de guisar, que ya la están esperando los clientes, caliente otra vez las tortillas y ajústese el delantal.

Él trabaja…

Con la mirada perdida se sienta en el escalón. Mira el cielo, mira el suelo, mira alrededor. No hay nada qué hacer. No conoce a nadie, ni tiene por qué. Son las cinco de la tarde. Clava los ojos en el piso y entrelaza los dedos. Piensa en casa, en los niños, en su mujer. No es que no los extrañe, pero a veces se siente bien dejar atrás.

El sol es lento, parece querer seguir calentando la tierra, pero no se da cuenta que le abrasa la piel. Ahora ordena mentalmente: ya guardó el machete, ya lavó la ropa, ya guardó el dinero y se quitó del cuero la caña quemada. ¿Qué le falta? Nada, ya comió. ¿Qué le hace falta? Nada, ya caminó.

Ya son las seis. Al fin el sol ha decidido bajar la guardia, pero para que obscurezca aún falta rato. Los borrachos ya hacen ruido, los niños no dejan de jugar, las mujeres se esconden tras las puertas de metal y los ancianos no tienen nada qué hacer.

Se talla los ojos. Siente que ya no ve muy bien. Respira hondo, le alivia un poco la sensación sofocante que hace unas horas le dejó el calor. Organiza la noche y el día siguiente: irse a dormir, despertar al alba, subir al camión, llegar al cañaveral, quemar, cortar, juntar, repetir.

Está solo y son las siete. Ya no hay más por ordenar. Piensa en la gente que dejó atrás, en los sobrinos, los hermanos y los padres. Una vez más los hijos le cruzan por la frente… no los extraña, pero sí, si los resiente. ¿Estará yendo el niño a la escuela, estará la chamaca haciendo la tarea? Seguro sí, ya verán, ya regresará, ya irá por ellos, ya les dará la vida que no tuvo y que a veces desea.

Se levanta del escalón. Mira el cielo y la luna lo mira de regreso. Son las nueve. Ahora hay que dormir, aunque a veces cueste trabajo. Ahora hay que descansar, aunque el tiempo sea breve, aunque el cuerpo duela y las arañas encuentren refugio entre sus dedos. Descansar… dormir… soñar… Cierra los ojos y desea no despertar.

Ellos vuelan…

Sabor a tierra y azúcar. Con la boca y la mitad de la cara coloreada de azul y el resto del cuerpo cubierto por una capa de polvo, no deja de meterse a la boca grandes trozos de algodón de azúcar. El piso no es de concreto, ni de asfalto, ni de cemento, es tierra, una tierra sucia, pero qué le importa. Ella sigue comiendo mientras juega. Aún vive en un mundo aparte, donde es todo es maravilloso. Estar viva, comer, caminar descalza, ser niña, en fin…

Para sus ojos de luz papá es color cenizo sólo cuando regresa a casa del cañaveral, después cambia y está tan limpio como ella. Papá es camaleón que a ratos tiene ojos rojos dañados por el humo y después blancos cuando la lleva a pasear. Mamá es la fuerza temerosa que la cuida, pero que también la deja ser porque pasa más bien el tiempo viendo por la abuela y la bebé.

Para sus manitas de niña el lodo y la tierra no son más que compañeros inseparables. No la ensucian, no la molestan, no la hacen sentir mal: son su casa y su campo de juego; son su manera de parecerse un poco más a papá, quien aún no llega, pero que seguro llegará. Es día de tianguis, día de gente, día de movimiento dentro de la unidad.

Sabor a tierra y azúcar. Para ella no pasa nada cuando decenas de hombres pasan a su lado arrastrando machetes. No se asusta, no teme. No inmutan ni perturban su mirada clavada en la nube celeste que blande cual espada otro pequeño, su hermano mayor, a quien mira hacia arriba, aun cuando éste sólo le lleva un par de años. Los dos se parecen, los dos se divierten, los dos se ensucian y los dos ignoran que un día será la tierra y el azúcar quienes los devorarán.

 

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