Semblanza. Fernando Pessoa, heterónimo de quién


Por Zedryc Raziel

De Fernando Pessoa no sabemos nada porque, aunque fue un impúdico como acostumbran ser los poetas, a quien lucía desnudo definitivamente no era a él mismo. Y no sabemos nada porque dedicó la mayor parte de su vida a la invención y se quedó astutamente como un garabato en la cara de sus creaciones, aquellos hombres (es un decir) a los que obsequió este mundo. Y porque alguna vez escribió: “Finjo tan completamente / que llego a fingir que es dolor / el dolor que de veras siento”. Y porque él… Porque él…

Conocemos de Fernando Pessoa tanto como sabemos de nuestra ignorancia con respecto a él: nada. La imagen que logramos construirnos de este poeta lusitano es tan imperfecta como el desleído recuerdo que tienen los viejos sobre su encuentro remoto con los dioses. Se sabe que Pessoa nació en Lisboa en 1888; se sabe que es uno de los escritores más representativos de la lengua portuguesa, y se sabe también que vivió una infancia solitaria que lo obligó al taciturno recurso inventivo: luego escribió poemas sobre temas distintos de los que él recurría y los atribuyó a unos poetas-otros a los que nombró heterónimos.

La triada fundamental de la heteronimia de Pessoa la conforman los poetas Ricardo Reis, Alberto Caeiro y Álvaro de Campos. Los heterónimos, a diferencia de los pseudónimos y los desdoblamientos, son personalidades “completas”, con una obra artística y una historia independientes de las de su creador; tienen una biografía creíble (con fecha de nacimiento y de muerte, postura política, amantes, conducta) e incluso sus estilos literarios, sus temas y sus influencias, son diferentes e increíblemente verosímiles.

“Caeiro escribía mal el portugués, Campos razonablemente, […] Reis mejor que yo, pero con un purismo que considero exagerado”, explicó Pessoa.

Ricardo Reis nació en Oporto en 1897; fue médico, latinista, fracasado y nihilista; se exilió voluntariamente en Brasil debido a sus preferencias monárquicas; luego de la muerte de Pessoa en 1935, volvió a Portugal, como hace constar, en El año de la muerte de Ricardo Reis, su “biógrafo principal”, José Saramago. Alberto Caeiro (Lisboa, 1889) tuvo una vida intrascendente; mediante su poesía reconstruyó el paganismo, fomentó el nihilismo e instruyó con diligencia a sus tres discípulos: Reis, Campos y el propio Pessoa. Por su parte, el ingeniero naval Álvaro de Campos (Tavira, 1890) fue el heterónimo más vanguardista de todos: volcánico y autodestructivo, bisexual y sadomasoquista, poeta.

Poco antes de su muerte, le pregunté a Pessoa (en realidad se lo preguntó Adolfo Casais Monteiro, pero da lo mismo; ya sé que tenemos un origen común):

-¿Cuál es la génesis de sus contradictorios heterónimos?

-Tuve siempre, desde niño, la necesidad de aumentar el mundo con personalidades ficticias […] Tendría no más de cinco años y, niño aislado como estaba y sin querer dejar de estarlo, ya me acompañaban algunas de las figuras de mis sueños y otros que he olvidado […] Esta tendencia no pasó con la infancia […] Hoy ya no tengo personalidad: cuanto en mí pueda haber de humano lo he repartido entre los diversos autores de cuya obra he sido ejecutor. Hoy soy el punto de reunión de una pequeña humanidad sólo mía.

Ya esotéricos o paganos o nihilistas o futuristas, los heterónimos fueron personalizaciones que directamente despersonalizaron a Fernando Pessoa. De ahí que no se descarte la duda de si el escritor portugués en realidad, alguna vez, reveló su “verdadero yo”, o si todo fue resultado de su versátil invención.

No obstante ese peligroso desdibujamiento, la heteronimia es una manera inédita de conciliar los pensamientos divergentes (cada heterónimo llega a representar una cosmovisión), de detener su infatigable contradicción en la misma mente del mismo individuo, de personificarlos y nombrarlos Reis o Caeiro o Campos y mandarlos a caminar por la calles a vivir una vida, a llegar a un modesto cuarto de hotel, a leer las novelas ficticias de Borges y a escribir una obra poética memorable.

En los últimos momentos de vida, Pessoa pidió que le alcanzaran sus gafas. Nadie se las dio. Como sugiere Saramago, tal vez lo que deseaba era un reflejo para ver qué heterónimo moría con él. Pero quizá sólo respondió mecánicamente a los movimientos de alguien que siempre había estado al otro lado de los cristales de las gafas y que en ese momento de agonía quería echar un vistazo. Porque la heteronimia de Pessoa también ha legado una dolorosa pregunta eternamente incontestable: nosotros, ¿de quién somos heterónimos?

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