Muestras


Por Nydia Valencia

Ernesto miró el pequeño frasco de Gerber sobre su aparador.

Dudó.

No tenía ninguna necesidad de hacerlo. Ninguna. No era, de cualquier manera, su deber.

Lo tomó y entró al baño.

De repente, se rió.

Pudor inútil. No había nadie en casa. Regresó a su cuarto con el frasco entre las manos.

Sin embargo… recordaba aquella primera y única vez en el hospital, el mismo tipo de frasco, idéntico, quizás un poco más grande. La horrible mañana bebiendo jugos sin fin que no provocaban ninguna reacción. Ningún chorro de fina y amarilla orina. Al fin, el mensaje, había que tomar agua simple. La tomó y su vejiga estalló. Tomó el frasco de manos de su madre y le susurro que iría a los sanitarios. Entró y cerró la puerta.

Bajó con dificultad la bragueta de su pantalón haciendo malabares con el frasco. Apuntó su diminuto miembro a la abertura y un chorro de brillante orina cayó en el centro mismo del envase, de repente fue tan potente que terminó derramándose fuera del frasco. Él se giró al WC, dejando una estela amarilla en el suelo y salpicaduras en las paredes, la porción final que cayó sobre el inodoro fue mínima.

Su cuerpo destilaba sudor, estaba abochornado, no quería salir, la mano que sostenía el frasco estaba pegajosa de orina y un olor fétido le invadía las fosas nasales.

Su madre fue a buscarlo y él le dijo que le diera un minuto, que ya iba.

Cuando no escuchó ningún ruido decidió salir. Fue a los lavabos y enjuagó el frasco, sus manos y el sudor que se deslizaba por su cara. Aún sentía las axilas húmedas.

Regresó y dio el frasco a su madre y el horrible día terminó.

Pasó el frasco de una mano a otra, jugando con él. Transparente. Duro. Frío. Sus percepciones. Opaco, suave, cálido. No era, definitivo.

Dejó de nuevo el frasco sobre el aparador. Se pasó la mano por el cabello. Ahora él sudaba.

Suspiró. Se removió. Dio varios pasos por la habitación intentando mirar, pensar en otra cosa. Y por fin tomó de nuevo el frasco. Era el mismo, nunca cambiaba, tal pareciera que el tiempo no le hacía ningún efecto.

A menos… a menos que lo rompiese… Sí, quizás esa era la solución, acabar con los frascos de una buena vez. No más muestras, no más orina fuera del WC.

Lo alzó bien alto, tan alto como podía con su flaco y huesudo brazo, arriba de su cabeza, hacia el cielo.

Y abrió la mano.

Ahora el pequeño frasco era un reguero de cristales en el suelo. No tenían forma y eran duros y afilados. Aún transparentes. Pero ya no había ninguna necesidad de hacerlo. Ninguna.

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