Un juicio indigno, inaceptable e inicuo


por Roberto Ruiz Carmona

Imagina tú, estimado lector, que acabas de nacer. Lo único percibido por tus cinco sentidos es esa diferencia en la temperatura y la rareza del nuevo mundo que ahora te contiene. Desde el primer instante, notas una mirada peculiar hacia ti. Sin haber visto un par de ojos con anterioridad, sabes, por alguna extraña razón, que ese tipo de contemplación es distinta del resto. Los ahí presentes actúan con cautela. Si bien eres frágil, puedes librar, como los demás bebés, los obstáculos del parto sin consideraciones físicas o emocionales.

Después, como el resto de los infantes, aprendes a hablar, caminar, andar en bicicleta o atarte las agujetas.  Sin embargo, esto, que para ti es normal y básico, para los que te circundan es extraordinario o digno de admiración. Eres testigo, desde ese instante, de la división del mundo en dos partes: lo normal y tú. Tu abanico de capacidades experimenta la siguiente categorización: 1) lo que no puedes hacer, 2) lo que ejecutas sin problema y 3), lo que despierta el morbo.

Si te planteo esto, es por dos razones. La primera, para posicionarte en la situación de alguien desprovisto de un brazo, vista, piernas o “inteligencia”. La segunda, por denunciar, de alguna manera, la falta de un reconocimiento equitativo sobre las actividades de los indignamente llamados: discapacitados, inválidos, lisiados, retrasados o personas con capacidades diferentes.

Por lo menos, para los atletas que compiten en las distintas versiones de los juegos paralímpicos, esta situación hipotética fue o es, el pan de cada día. Mientras ellos ganan medallas, los medios de comunicación se encargan de hacer juicios llenos de lástima, compasión, condolencia, ternura  o conmiseración.

Si hemos de establecer un margen comparativo, éste tendría que partir de los logros y no de las capacidades físicas o mentales. Por ejemplo, en el medallero de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, la delegación mexicana de atletas cosechó dos preseas de oro y una de bronce. Ese hecho fue inolvidable y justificó en mucho, el sentimiento nacionalista que se desprendió como consecuencia.

De acuerdo a las estadísticas, en los J. O. de 2008, los atletas con capacidades “normales” ocuparon el lugar 36 de 204 federaciones afiliadas al Comité Olímpico Internacional (COI), pero; ¿que pasó en la justa paralímpica entre los deportistas con capacidades “diferentes”? Bueno, éstos hicieron lo propio al adjudicarse la posición número 14 del medallero, con diez medallas de oro, tres de plata y 7 de bronce. En una sola olimpiada, los “deportistas discapacitados” obtuvieron lo que, a los de “alto rendimiento” les tomó más de dos Juegos Olímpicos.

Si bien las circunstancias son distintas, nuestros (como la forma en que nos apropiamos de los ídolos deportivos más influyentes en los medios de comunicación) atletas paralímpicos pueden tener mayor crédito no sólo por vencer las dificultades de la competencia, sino por doblegar su cuestionable limitante física, mental y hasta económica, como el caso de la delegación sudafricana. Ésta, sólo como dato reflexivo, obtuvo el sexto lugar en la misma competencia donde participó el representativo azteca.

Hoy día, y salvo el trato que da sólo un canal, ajeno al duopolio televisivo, los Juegos Olímpicos invernales de Vancouver tienen poca cobertura. No es error, hablo en presente porque esta olimpiada aún no termina. Del 12 al 21 de marzo, inicia la intervención de los atletas “discapacitados” y, para sorpresa de muchos, dos mexicanos participarán venciendo las dificultades ya mencionadas y el pretexto por la falta de escenarios gélidos en su país de origen.

Arly Velásquez y Armando Ruiz representarán a la nación por primera, y segunda vez respectivamente, en las disciplinas de esquí alpino, en las pruebas de slalom y slalom gigante. Sin embargo, la tarea de estos dos atletas no se restringe al ámbito olímpico, sino que promueve un verdadero cuestionamiento a la terminología usada en los discursos tradicionales donde, los paralímpicos son diferentes, ejemplos de vida o fuentes de conmiseración.

Antes de usar adjetivos como: discapacitados, inválidos, lisiados, retrasados o personas con capacidades diferentes, recomendaría consultar su significado y contrastar éste con las cualidades de los atletas paralímpicos. Seguro, en la mayoría de los casos, la definición no encajaría con la realidad circundante o carecería de legitimidad en su aplicación. Esto pues, no es una forma de referencia, es un juicio indigno, inaceptable e inicuo, que se ha convertido en estereotipo.

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