“Sobre el barril”


Por Domingo Aguilar

El soccer o “el deporte más hermoso del mundo” según Luis Omar Tapia (aseveración compartida por este jugador frustrado) es el juego encargado de suprimir, al menos por noventa minutos, la clase social o cualquier otra diferencia en cuanto a la vida en conjunto respecta. Sobre el césped, cemento, tierra, el peor de los escenarios o donde ruede el balón, todos comparten un mismo fin y lo importante es el trato del esférico.

Todo mundo lo puede practicar, lo único necesario es un balón, además de las ganas de mostrar al otro o inclusive a uno mismo, las habilidades.

“¡No mames Pitirijas!” grita un mediocampista cuando ve que su compañero en la delantera falla un penal que les haría empatar el partido. El poco público observando desde las orillas silba mentadas de madre con destino al cabizbajo susodicho.

Quien no ha visto un partido de fútbol llanero es como si no conociera la esencia del deporte mismo. Todo profesional de la disciplina alguna vez pisó una cancha muy diferente a las que simulan mesas de billar de los más bellos estadios.

Las canchas, rectángulos de cal ensayados sobre los más ríspidos terrenos, en donde no importa que las líneas sean de precisión milimétrica, lo trascendental es la delimitación del campo para poder proceder con el juego. Carritos de madera vendiendo raspados, papas, refrescos… toda la botana futbolera; pero lo más importante está en los señores que dirigen al equipo, esos individuos preocupados por el andar de la escuadra  que se desviven en gritos y ademanes alentando a sus jugadores.

Don Mario no exige mucho, él pide al conjunto jugar casi como el Barcelona, al fin y al cabo “tienen dos patas, una cabeza y un par de…” citando sus palabras, las cuales repite al principio, a la mitad y final del encuentro.

No cabe duda, el balompié conocido como “llanero” escenifica una especie de catarsis social, toda la gente de un mismo barrio, comunidad o municipio, aparta la mañana y algo de la tarde del domingo para jugar o ver jugar. Las tensiones del acontecer semanal se liberan en forma de patadas y un desgaste físico que pretende exhibir la superioridad sobre el contario, al menos en lo referente al balón.

El representar la zona donde se vive genera un sentimiento de orgullo fácilmente observable en los enfrentamientos, donde las porras (estructuradas en mayor número por familias) parecen querer más a ese equipo dominguero que cualquier otro de esa lejana primera división.

En el  “barril”  (palabra de la jerga futbolera referente al fútbol “llanero”)  las oncenas generan pasiones importantes. Los dueños de los equipos suelen invitar a jóvenes a jugar, pero también se presentan los casos en los cuales se “contratan” a otros, debido a la urgente necesidad de campeonar o de ganar partidos. En el más extremo de los casos, se llegan a pagar hasta tres mil pesos por partido a sujetos capaces de convertir las cifras en goles.

Ex estrellas como Adolfo Ríos o José Manuel Abundis, antiguamente luminarias de los clubes donde jugaron (América y Toluca respectivamente), se dedican a hacer lo que antes, con la diferencia de que ahora no son partidos televisados; no obstante cobran como si lo fueran, pues reciben cantidades como las antes mencionadas, por desempeñarse en la posición ya no tan bien defendida como hace algunos ayeres. A pesar de este no tan brillante desempeño, lo significativo es tenerlos jugando, como acto presuntuoso ante los demás.

Las finales de los torneos locales son un acontecimiento especial. Al menos en Tequisiquiapan (pueblo del estado de Querétaro) parece tratarse de un evento social de significativa categoría. Familias enteras se dan cita alrededor de la cancha más lujosa del municipio. Ésta tiene pasto además de unas pequeñas gradas. Señoras y señores mostrando sus mejores ropas, botas recién boleadas, sombreros de estreno, camionetas cuidadosamente acomodadas con las cajas viendo hacia el campo detrás de una portería protegida por una vieja reja de metal oxidado, estructuran los alrededores. Las caguamas se encargan de aderezar el ambiente, los chiflidos y algarabía no se hacen esperar, esbozando un cuadro digno de los mejores escenarios destinados al balompié. Mientras tanto, al interior del rectángulo verde, veintidós hombres se desgastan en pos de un título local, quizás no avalado por la FIFA, pero sí por el cariño de la gente cercana.

La grandeza del fútbol halla su motivo en la sencillez. Historias de grandes estrellas comenzaron en donde podían jugar,  siendo el “barril” unas de las primeras oportunidades; donde los golpes, las canchas desfiguradas, el ardor de la tierra en las heridas, además de la constante amenaza de lesiones, llevan a las figuras a valorar su trayectoria, así como posición actual.

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