Zacatepec: labor de ceniza


Por Luis Lozano

Zacatepec es un municipio ubicado al sur del estado de Morelos. Aproximadamente a dos horas de camino de la ciudad de México, en el interior de la cabecera municipal se encuentra el Ingenio Emiliano Zapata, fundado en 1936, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas.

Su cielo de un azul casi puro se ennegrece por los polvos que emite el Ingenio. Una fina ceniza pulula por doquier, cubriendo tenuemente las calles. En un pequeño montón se acumula la ceniza, barrida por el viento contra las orillas de la acera.

Al interior del Ingenio, una mezcla de aromas contrasta con el perenne estruendo de las máquinas en acción que transforman 7 mil 500 toneladas de caña en 900 toneladas de azúcar al día. El recorrido comienza a la inversa: primero se observa el producto terminado, el azúcar lista para embolsarse; un trabajador ofrece una muestra del polvo apelmazado por la humedad y el calor, lo que también afecta atenuando el sabor. Luego la destilación, y al final, el inicio del proceso de extracción del azúcar. La razón: el producto terminado se puede contaminar con elementos provenientes de los otros procesos.

Frente a la planta de procesamiento, una fila de unos siete camiones aguarda su turno para entregar el cargamento de caña. Para descargar el cajón, los camiones se montan sobre una plataforma que los inclina para derramar la cosecha en enormes contenedores subterráneos.

José Huicochea es dueño y conductor de un camión. A los 59 años, se muestra satisfecho por tener una fuente de empleo constante. Sin embargo, también deja ver su inconformidad por el acaparamiento: “hay unos dueños, los más fuertes, que tienen de a ocho carros”. Su mirada baja cuando habla de ganancias: “el chofer gana el 20 por ciento del total; el dueño del carro se lleva el resto”. Su ganancia es razonable: 54 pesos por tonelada, alrededor de 864 pesos por carga. Pero para muchos de sus compañeros no la es.

Tetelpa es la tierra de Dios. Así de simple. Don Inocencio Soto abrió las puertas de su hogar a casi medio centenar de curiosos que querían conocer el campo. En un recorrido de alrededor de una hora, “Don Chencho”, como se hacía llamar por su compadre “Gustavo”, explicó sus vivencias como campesino.

La injusticia resultó ser una constante en el cultivo de la caña. Según relata Don Chencho, a los pequeños productores “les roban en las básculas, luego están mal”. No conformes con ello, de parte del ingenio tardan alrededor de dos meses en entregar la preliquidación, es decir, una parte del pago total por la cosecha de caña entregada al ingenio. El resto se paga al terminar la zafra. Así de simple.

No conformes con esa incertidumbre, el campesino no cuenta con un seguro social permanente, pues éste se renueva cada vez que se cultiva caña que se vende exclusivamente al ingenio. Estas medidas perjudican sobremanera al productor, pues se ve forzado a sembrar caña y a venderla al precio que el ingenio considere. En caso de poseer una parca extensión, insuficiente para más de un cultivo y ante la necesidad de rotar siembras para no gastar la tierra, el campesino tendría que dejar pasar un año sin cultivar caña, perdiendo en automático por al menos 365 días su seguro social. Así de simple.

La jornada de trabajo también llegaba a ser extenuante, incluso de más de 12 horas, según relata Don Chencho. Sin embargo, soportar esos lapsos puede ser una especie de compensación, pues el huésped confesó, en privado, haber pasado mucho tiempo de su juventud en sus diversiones: el alcohol y los toros. En aquellos años fue también que Inocencio Soto descubrió el valor de la sabiduría popular: “los dichos no los compone un tonto”, comenta, pues la experiencia le permitió comprobar un dicho relativo a su pueblo: “Tetelpa es la tierra de Dios, porque se acuesta uno y amanecen dos”. Así de simple.

Foto: contratiempo

En un estado donde el calor es directamente proporcional a la explotación desmedida de los obreros, los agricultores simplemente ven sus opciones de vivienda reducidas a un cuarto de menos de seis por cuatro metros.

Es el municipio de Tlaltizapan. Ahí se halla la Unidad Habitacional No. 1 de cortadores de caña, Ingenio Emiliano Zapata, donde habitan cerca de 800 personas entre campesinos y familiares. Su administrador, Venancio Díaz García, describe un lugar donde se cuenta con todos los servicios, donde se puede vivir cómodamente, donde los baños siempre están funcionando, donde él tiene todo bajo control, aunque desconozca que los baños permanecen cerrados, que no todas las casas tienen servicio de energía eléctrica y que la basura se quema en una orilla alejada.

“Mantenimiento trabaja de seis de la mañana a seis de la tarde”, señala Díaz García, mientras el responsable de mantenimiento, quien parece seguir en servicio a las siete menos cuarto, se encarga de ubicar a un posible vendedor en el tianguis de la unidad.

Los habitantes de las galeras describen su propia realidad. Oriundo del pueblo de Apango, en el estado de Guerrero, Mercede Estrada es un campesino que por primera vez asiste a la zafra morelense, como cortador. A sus 50 años, Mercede se muestra con una entereza sorprendente para su edad, parece como si la jornada diaria y el calor morelense no lo fatigaran, pues según explica “hace más calor en Sinaloa”, donde ha trabajado diez años atrás. “El calor está calmado, yo he andado en lugares calientes, de hasta 50 °C, para mí aquí el calor está tranquilo”, apunta.

Un camión de redil es el medio de transporte que a diario lo conduce de la unidad habitacional al campo para trabajar. En un trayecto que rebasa la hora y media por viaje, el camión va atiborrado de gente, con unas 20 personas o más, hasta 30, según cuenta Mercede. “Eso lo debe de ver la empresa”, afirma, consciente de que las condiciones en que viajan no son las mejores en comparación con otros trabajos que ha tenido, donde utilizan camiones guajoloteros en que “va uno más ubicado, más seguro”, señala.

La incertidumbre es una constante para estos trabajadores. “Lo normal es (ganar) 150 pesos al día. Pero como aquí no hay salario fijo, si no hay caña tampoco hay salario. Se pueden ganar 900 a la semana, 800, a veces menos”. La jornada laboral que cumplen los cañeros morelenses es menos imprecisa que su salario: ocho horas diarias, normalmente, a veces más, siete días a la semana. Sus días de descanso ni siquiera están contados; dependen del tiempo atmosférico. ”La semana pasada —relata— como estuvo lloviendo, se veía a toda la gente aquí (en la unidad)”. Ni siquiera disponen de un tiempo determinado para comer: “No es como los profesionistas, que tienen su salario. Un campesino quisiera sacar más, machetearle, así es que muchos pues hasta no quieren comer”. La única certeza con que se cuenta es el pronto inicio de la jornada: “todo mundo se para a las 5 y media”.

Si el lugar en que habitan puede ser un riesgo para la salud, su área de trabajo lo es más. El machete puede terminar con una extremidad en un instante, como ha llegado a ocurrir. Y si no, la ceniza de la quema de la caña resulta nociva para las vías respiratorias.

Mercede está consciente de su estado de marginación, lo acepta, pero no le gusta. “La vida de campesino es triste”, dice. Así de simple.

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Comments
2 Responses to “Zacatepec: labor de ceniza”
  1. myrna dice:

    soy de Guadalajara y estoy buscando a una persona del ingenio de zacatepec, si hay alguien que me ayude lo agradeceria de todo corazón, el es un tio que no tenemos ningun dato solo sabemos eso y su nombre.

  2. myrna dice:

    mi tio se llama Rubén Diaz y es o ha sido el encargado de mantenimento en en ingenio no se si todavia este ahí…

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