¿Por qué valdrá la pena una espera de cuatro años?


Por Jorge Luis Cortina

Es, después de los juegos olímpicos, el evento deportivo más importante y esperado del año. Aún cuando sólo seis países han logrado adjudicárselo, este acontecimiento suele captar a una gran teleaudiencia en diversas partes del planeta. Es, a fin de cuentas, la fiesta más importante del balompié, aquella en la que los mejores exponentes y jugadores del mundo se ven las caras con un mismo objetivo: llevarse a casa la Copa Mundial de la FIFA.

Pero, ¿todo esto será suficiente para justificar la espera de cuatro años que está por concluir? Por sí solo, no. Empero, bastará con explorar su historia y recordar junto con nuestros padres y abuelos (los que puedan, claro está) a las grandes leyendas que han disputado este torneo. En Pelé, Maradona, Cruyff, Beckenbauer, Zidane, Ronaldo, Rossi y compañía puede encontrarse una razón que explique la expectativa causada ante eventos de esta magnitud.

Sin embargo, también habrá que tomar en cuenta el lado del negocio, puesto que los patrocinios y derechos de transmisión, por sí solos, representan una de las mayores recompensas para la FIFA. Nada se compara en este punto con eventos como la Copa Confederaciones, ni mucho menos los mundiales sub-17 y sub-20, los cuales, a pesar de revestir una importancia deportiva similar a la próxima Copa Mundial, no reflejan los mismos dividendos a la gran casa y directiva internacional del futbol.

Lo anterior, tal vez se deba a que el Mundial es manejado (de manera errónea) como un símil de la guerra, e incluso, como un medio dentro del cual un país sea capaz de medir fuerzas o limar asperezas directamente con otro. De hecho, pareciera que cada ocasión en la cual un representativo proveniente del tercer mundo se enfrenta a una de las potencias económicas del planeta, se estableciera una especie de revancha o reivindicación por los padecimientos de la primera nación.

Pero, dejando a un lado esto, debe volverse a la misma esencia del evento para explicar la conmoción que causa a pocos días de su comienzo: el juego en sí mismo. Al fin y al cabo, hablamos del deporte más popular del mundo, aquel que cualquier persona, y en cualquier circunstancia, tiene oportunidad de practicar.

Se dice que el futbol tiene su propio lenguaje y medios de expresión, lo cual puede explicar el hecho de que la FIFA tenga más naciones afiliadas que la ONU. Lo importante de ello radica en que este aparente “lenguaje” parece servir para reunir al mundo y no para dividirlo. De este modo, el mundial se transforma (al menos en su intención y discurso de origen) en una fiesta, al tiempo que se erige en una justa para dirimir al mejor de todos los participantes.

Cimbrados en esta esperanza encontramos a muchos que, a partir del 11 de junio, darán rienda suelta a sus ilusiones y se sentarán a contemplar un nuevo episodio de la historia deportiva más selecta, aquella en la cual, los participantes más sobresalientes serán los que logren permanecer en la memoria de los espectadores durante los próximos veinte o treinta años.

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