No es un adiós, es un hasta luego


Por:  Abigail Mancilla

Cuando la sustancia material de un amigo echa a andar y queda en el aire sólo su espíritu entrañable no existe el adiós, sólo un hasta luego. Porque siempre es mejor decir ¡hasta luego!, nos vemos, cada mañana, cuando a lo largo del día algo me ayude a recordarte y no adiós, nunca volveré a pensarte.

Por eso las despedidas están de sobra. No es posible despedirse de lo que no se va y ni Carlos Monsiváis ni José Saramago se han ido. Nos quedan aquí y nos quedan para siempre, en sus letras, en sus frases siempre certeras, en su inigualable capacidad de traducir realidades y sobre todo en la memoria colectiva de generaciones y generaciones que crecen y caminan de la mano de sus textos.

Dolor y tristeza por partida doble. No hubo tiempo de asimilar el inicio del viaje de José Saramago cuando de nuevo un duro golpe asesta al corazón de una sociedad que se encontraba ya de luto. Pero quien mejor para acompañar al creador de Ensayo sobre la Ceguera que el maestro -como solían llamar de cariño muchos de sus lectores  a Carlos Monsiváis-.

La noticia de la muerte de estos dos grandes escritores parece salida de una novela fantástica de Saramago y tan irónico como una crítica de Monsiváis. No resulta difícil imaginar a estos dos maestros de la literatura y del periodismo caminando y dialogando. Que magistral charla estarán entablando en este preciso momento, burlándose de la gran ironía que es la muerte, intercambiado experiencias y manifestando críticas agudas sobre la situación política de un mundo que han dejado atrás.

Alguna vez Saramago, autor de La intermitencias de la muerte declaró: No temo a la muerte. Entrare en la nada y me disolveré, por suerte para él, la posibilidad de que la muerte detuviera su labor existe sólo en las páginas de una novela.  Pero para bien o para mal no fue posible decir: Al día siguiente no murió nadie porque sí murió. Falleció Monsiváis el sábado 19 de junio horas después de que Saramago decidiera que era momento de disolverse en la nada.

Para revivir ya sea al novelista o al cronista no hace falta recurrir a métodos extremos. Es preciso únicamente tomar un libro, abrirlo y dialogar con ellos de principio a fin intercambiando posibilidades. Por eso no es momento de despedirse, es hora de decir hasta luego, Monsi, nos vemos pronto, Saramago. Cuando en algún momento de la vida los caminos me reencuentren de nuevo con tu obra. Porque cuando la sustancia material se va, y queda sólo su espíritu en el aire, a los amigos como a los grandes escritores se les saluda cuando “sin prisa y con ilusión” existe la necesidad de posar la mirada en sus textos y perderse otra vez entre sus líneas infinitas.

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