Duchas frías


Por Nydia Valencia

Llovía de nuevo.

No era una lluvia tranquila, era un monzón de principios de verano y todo el ruido me distraía.

Gotas. Gotas. Chorros interminables de agua deslizándose desde el cielo, como si alguien allá arriba empuñase una manguera y se entretuviera mojando el mundo.

El sonido lo invadía todo. Podía entrar alguien, chocar un automóvil, caerse el techo de la casa y uno jamás lo escucharía. Era parte de la lluvia: el secreto.

Era de esas lluvias con las que uno se daba cuenta de lo bien que se estaba en casa, lejos de los cabellos húmedos y la ropa empapada, lejos del vapor que se formaba dentro de los camiones cuando la gente se empeñaba en cerrar ventanas y puertas para no enfriarse.

Pero en el fondo me gustaba la lluvia, tanto como el agua fría que se desparramaba sobre mi cuerpo cuando me duchaba por las mañanas. No era una vieja costumbre, era nueva y aún no me acostumbraba. Podía tardarme una eternidad en irme introduciendo poco a poco, como si fuera en una alberca en forma de cascada.

Lo primero eran las manos, lejos de mi centro de gravedad no se resentían lo más mínimo aquellos témpanos helados llamados gotas.

Después, los pies, dejaba que mi cuerpo se fuera enfriando y la piel y los músculos se me encogieran, mientras iba metiendo ahora una pierna, ahora la otra, luego un muslo, otro y finalmente el vientre.

Lo demás era lo más difícil, los pechos y la espalda. La cara era algo sencillo, y el cabello era lo más escalofriante. Pero cuando uno ya estaba cubierto de agua por todas partes podía empezar a disfrutar.

Se dejaba llevar y el agua fría, antes horror, se convertía en placer.

Ya no llovía tan fuerte. Era una lluvia más silenciosa y podía escuchar el rasgar de un tenedor en la otra estancia. También la TV encendida. Poco más.

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