Frida Kahlo, crónica de una muerte bien vivida


Por: Alfonso Hérnandez

Quizás germinó en la tierra cuando la luna era una gota madura en el vientre de la noche, o cuando la lluvia se entregó al mundo en un torrente que bastó para fecundar la calle de la casa donde nació ella. Tal vez fue a mediodía, en el vestido pardo del atardecer, o mientras, al otro lado del mundo,  el  francés Louis Blériot urdía, insistente, el modelo de monoplano que habría de surcar nuevamente las nubes, después de lograr suspender el V Blériot cinco metros sobre el suelo y que, respondiendo a las leyes gravitatorias, inevitablemente se hizo añicos al reencontrarse con la tierra.

No obstante, dejando a tras la especulación, lo único cierto es que era el año de 1907 y el 6 de Julio de aquel entonces nació una pequeña que, de no ser por tener pinceles en lugar de los dedos, nadie hubiera imaginado jamás que dicha pequeña trazaría un fragmento del siglo XX con su propia muerte; pintando su vida, aunque claro, a esas alturas nadie puede conocer su destino.

Marcada por el conflicto, ella conoció desde niña el silbido de las balas cuando la Revolución Mexicana llegó a la puerta de su residencia; la famosa Casa Azul,  ubicada en Coyoacán, al sur de la Ciudad de México. Ella tenía tan sólo tres años. Cuentan además, que fue en 1922 cuando ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria, y que fue en los pasillos de dicha institución, donde amó de apoco a un muralista con ojos de mira comunista, amante de los colores llamativos y, entre muchas otras, la obras de Goya. Diego María de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez, de nombre; según la historia, Diego Rivera.

También cuentan, no recuerdo bien qué líneas, que el romance de ella se volcó una enfermedad escandalosa, un virus que la mantenía con los labios ansiosos por Diego y, cuando no era así, con los dedos radiantes de colores, paisajes y delirios y susurros que terminó en matrimonio, allá por 1929. Cuentan, los libros, las calles, tan sólo cuentan. Aunque claro, ¿quién pone en tela de juicio los estragos dulces que logra el amor?

Después del estruendo del accidente que sufrió a bordo de un tranvía, famoso por demás, ella reconstruyó su cuerpo en muchas y muy variadas pinturas de sí misma. Unificando su cuerpo mientras fragmentaba su arte, por lo que puso en práctica las técnicas aprendidas con Fernando Fernández Domínguez.

Sin embargo, en esencia, el mundo de ella es producto de una mujer adicta y autodidacta. Influenciada sin duda, (como escribiría el poeta Jaime Sabines años más tarde), por el amor, la muerte y la soledad. Todas éstas, drogas naturales. Hay quienes afirman, sin lugar a duda,  que ella perteneció al surrealismo. Pero ¿cómo saberlo? Hay sucesos en donde la realidad supera al sueño y es ahí, palabras de Frida, donde ella perteneció toda su muerte, que es la duración de una vida.

Exposiciones las hubo. El trajín constante de Diego la llevó a residir en Detroit y Nueva York, ciudades de Estados Unidos. Reconocimientos en vida por igual. Exposiciones en París y la Ciudad de México lo avalan. Pero más allá del genio plástico que indudablemente fue ella, hay algo más que sigue alimentando la imagen de Frida en todo el mundo y esto es su carácter.

Mujer de realidades y una pizca de sueño, transformó el mundo que la rodeaba porque era, en sí misma, una revolución contra la amenaza de la rutina. Porque no vacilaba su puño frente al lienzo y porque era ella misma su mayor virtud y su único vicio. O al menos, eso se dice de ella.

Así versa la vieja historia, el relato de una mujer con el toque del Rey Midas, la terquedad de Atlas y la estúpida debilidad de Aquiles. No podía ser de otra manera, ella: Magdalena Carmen Frida Kahlo y Calderón, mujer que germinó a la tierra, quizá, cuando la luna era una gota madura en el vientre de la noche.  Lejos, allá en un casi olvidado 1907, tiempo en el que los hombres comenzaban a surcar el cielo. Unos, como el francés Louis Blériot, fraguando monoplanos para volver a la tierra y otros, como Frida, para subir más alto todavía, con todo su hermoso dolor a cuestas, eterna, la Frida eterna retratada junto a Diego. Su Diego Rivera.

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