Una contradicción bien comulgada: El Arte Povera


Por Luis Lozano

Un hombre juega con neumáticos, se accidenta y se incorpora como si nada. La realidad fluye al interior de una habitación de seis por ocho metros, como si no hubiera qué contar afuera. Enfrente, la naturaleza convive con la industria: la lechuga fresca inhibe la ruptura de la estabilidad, representada por dos bloques de granito, uno más alto que el otro, atado el pequeño con un alambre de cobre y suspendido gracias a la diferencia de tallas.

De pronto la historia se vuelve el soporte de los pasos. Literalmente: luego de la limpieza para borrar las huellas del pasado, el periódico cubre la superficie para mantenerla inmaculada. Es Il Pavimento de Luciano Fabro.

El arte povera es un testimonio de la contradicción que existe en el mundo moderno, atestado de desórdenes que pretenden engañar a la vista del observador. Utilizando materiales de bajo costo, los artistas de esta corriente italiana, todos ellos infantes durante la posguerra, viven con sus ideales. Sus obras hablan en nombre de ellos.

La direzione, de Giovanni Anselmo es una prueba del dominio ideológico, político y económico que ejerce el punto cardinal por excelencia: el norte. Hecha a base de una piedra triangular con una brújula incrustada, la obra está orientada en sintonía con una instantánea de la historia: un mapa político de 1972, mandado a bordar por Alighiero Boetti en Afganistán, donde se retrata una metáfora de la nacionalidad: sobre todo el territorio, los colores de la bandera engalanan las tierras nacionales y defienden sus fronteras.

Dentro de esta corriente artística, la estética da un giro que busca vencer el corporativismo desmedido: el cartón corrugado y los diarios de ayer son ideales para la construcción artística. No se necesitan materiales extravagantes, lo exótico está en cómo utilizarlos.

La protesta es intensa en algunas de las obras. Mario Merz, fascinado por las sucesiones numéricas, en particular la de Fibonacci, muestra cómo para algunos el centro de la belleza está en las luces de neón: su iglú hecho de malla de alambre y sus 15 pilas de diarios son testimonios de la decoración de fin del “’900”, donde prevalece la incandescencia sobre los hechos.

Esta muestra incita a la reflexión de los valores humanos: cuando se acaben los materiales, ¿dejará de haber arte? Las sábanas de una cama, acomodadas contra la pared como si se tratara de cortinas, demuestran que no. El arte se puede hacer incluso con un metalenguaje: Diafragma 8 de Giulio Paolini es una prueba de que el arte suscita más arte, a la vez que juega con la memoria humana.

Otro caso: Giuseppe Penone juega con la metáfora de los ojos como “ventana del alma”, según cita en un ensayo sobre la picardía Octavio Paz. Uno de los más grandes anhelos del ser humano es percibir lo mismo que los otros, o al menos saber hacia dónde miran. El experimento de Penone fue colocarse lentes de contacto espejeados, de manera que en su retrato se pudiera reflejar lo que llega a su mirada.

Según el mismo autor, “el trabajo del poeta es como un espejo que refleja las visiones que su sensibilidad le ha dado, producir las vistas, las imágenes necesarias para la imaginación colectiva”. Su intento permite al menos conocer lo que sensibiliza al poeta.  Ergo, materia. Arte povera es una muestra de piezas pertenecientes a la corriente que Germano Celant señaló como rechazo “a la sociedad de consumo y las nociones estéticas que derivan de ella”. Presente en el Museo de Arte Contemporáneo de la UNAM, las ideas importadas no siempre tienen que venir desde el norte.

 

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