Uno, dos, cinco, cien…


Uno, dos, cinco, cien… si el tiempo tuviera memoria matemática y pudiera restar recuerdos, dividir abrazos, porcentualizar caricias o expandir trigonométricamente las veces que brota un recuerdo; a poco tiempo de intentarlo se desajustarían cientos de calculadoras en su esfuerzo por entender una sola de las palabras omitidas.

Imaginemos ahora que todos los versos, todas las frases, palabra por palabra, cada enunciado en cada carta, letra tras letra, suspiro y silencio; en general lo compartido y olvidado, adquirieran equivalencia perfecta en una formula complementaria del universo. Sería algo más o menos así:

…Configure los momentos y razone lágrimas y dolores, eleve al cuadrado las noches apagadas, multiplíquelo por recuerdos, súmelo al diámetro del abrazo más grade y mida, milímetro a milímetro, la disparidad de un par de manos. Después de realizado esto hallará su múltiplo en beso, o en su defecto, primo de beso. Cuando lo tenga, no se le ocurra redondearlo o realizar una comprobación, mucho menos repita de nuevo el proceso en busca de reiteración. Su simplicidad y certeza está en su imperfecta complexión y paulatina ignominia.

Gerardo Suter

Anote el número en la parte inferior izquierda de una pieza de caramelo sabor café, rósela con sus labios y coloque el papel celofán en su lugar, procure envolverlo en dirección contraria y séllelo con ayuda del recuerdo inventado más hermoso jamás deseado.

Antes de ir a la cama, coloque el ejemplar en un frasco repleto de caramelos sabor mantequilla,  ponga en su base un trozo de papel autoadhesivo con la siguiente leyenda: Extráigase desde el fondo a manera de un dentífrico, consulte a un profesional en caso de emergencia o ignorancia.

A partir de ahora deberá regalar un dulce a todo aquél que le recuerde cuan imposible es duplicarse. Si por casualidad él reconociera la anormalidad inscrita en el caramelo y con ayuda de su lengua la descifrase: Calle, cierre los ojos y concéntrese, recuerde su suma, reste el complemento, multiplique, divida, vuelva a medir…

En estos momentos notará que de la matemática cuántica, tornamos al arte culinario de inutilizar un dulce sabor café. Pero qué más da, basta reconocer que en pareja se ha comprobado que tres por tres dan por resultado una taza de leche con chocolate y uno más uno, un verde accidentado en cuentas trazadas alrededor del cuello.

 

P.D. Me gustaría advertir que nunca fui bueno en matemáticas, si el producto resulta errado y jamás renovó el sabor a café en sus labios, despreocúpese por repetir la fórmula, quizá sea problema de argumentación y se necesite trabajar en algunas adecuaciones.

También puede ocurrir que su alma sea algorítmicamente desigual a la probabilidad del amor, por lo cual deberá vagar entre caramelos marcados y cifras incontables, hasta hallar en tiempos inesperados un momento especial, donde improvisar cantidades origine algo más que una casualidad.

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