Sudáfrica en Desgracia


Por: Fabiola Santiago

Desgracia: “Pérdida de gracia, favor, consideración o cariño” o “motivo de aflicción debido a un acontecimiento contrario a lo que convenía o se deseaba”, según el diccionario. La connotación de la palabra en inglés –disgrace– se acerca más a la primera definición; en español suele emplearse como sinónimo de adversidad y al desgraciado se le llama también miserable.

El director Steve Jacobs realizó la adaptación cinematográfica de la novela de J.M. Coetzee (ganador del Premio Nobel en 2003), “Desgracia”.  Lejos del exotismo televisado durante el furor mundialista, la Sudáfrica de Coetzee muestra una cara aparentemente más monótona, pero en realidad más agreste.  David Lurie (interpretado por John Malkovich) es un profesor universitario de letras inglesas en Ciudad del Cabo, quien se enreda en un escándalo a raíz de un amorío con una estudiante. Lurie, hombre maduro que gusta de mujeres jóvenes, es inteligente pero arrogante, y prefiere marcharse de la universidad.

No pretende disculparse ni rendir cuenta de sus acciones, así que se retira a la granja que su hija Lucy (Jessica Haines) comparte con un antiguo empleado de color, Petrus (Eriq Ebouaney). David lee y compone una ópera en la tranquilidad del campo, en una atmósfera distinta a la vida de intelectual que llevaba como catedrático; el contexto de la hija se le va revelando muy distinto al suyo, cosa que al principio apenas le llama la atención. Sin embargo la verdadera adversidad cae cuando tres muchachos negros atacan a Lucy y a David. El suceso sacará a flote las profundas diferencias entre padre e hija; las decisiones y la reacción de Lucy parecen incomprensibles para David, quien comienza una reflexión sobre su manera de relacionarse con las mujeres.

La histórica pérdida de honor y status del blanco contrasta con la consideración de la que han carecido los negros, una diferencia que rebasa la de los colores de piel y tiene como resultado una sociedad caótica y resentida, que no se conforma con la disolución del  segregacionismo, sino que reclama represalias más radicales. El libro de Coetzee muestra la búsqueda de revancha a costo de la desgracia ajena, en un intento lastimero por resarcir la propia. La cinta de Jacobs ofrece un vistazo de esa Sudáfrica, curtida no tanto por el sol como por el apartheid, en donde la agresión de los animales intimida menos que el rencor racial encarnado en su pueblo.

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