El día que llegué a casa a golpear a mi padre


Fotografía: Enrique Metinides

Subí a un taxi sin prestar atención a los vidrios polarizados.  Dije un “Buenas tardes”, más dirigido a mí que al conductor, que según la tarjeta se llamaba Jesús Cruz Martínez. Le indiqué la dirección. Partimos.

Si decidí ir en taxi y no en metro ni en mi propio auto, es porque quería intentar descansar un poco. ¿Para qué manejar en ese torrente de violencias encapsuladas? Reto a quien sea que lea estas líneas a manejar en esta ciudad salvaje y entrará en una pelea de bestias frustradas. Es posible percibir el odio de los conductores y la manifiesta intención de chingar al otro y negarle el paso, así como descargar frustraciones hogareñas en el conductor que rebasa inesperadamente o te gana el lugar de estacionamiento. Miéntale la madre al Corolla rojo que te acaba de exigir el dinero de la renta; píntale dedo al Volkswagen gris que se largó sin despedirse; grítale improperios al microbús que olvidó pagar a tiempo la factura del gas; podría seguir enlistando autos. Viajar en metro sería un poco perverso, si mi propósito era encontrarme con un cadáver a punto de ser envuelto bajo tierra.

Jesús, un hombre delgado de manos mediocres, me dirigió apenas una mirada distraída. La indiferencia justa para darme un poco de seguridad. Aún así, desconfío un poco. No puedo evitar subirme a un taxi sin pensar que me van a secuestrar en cualquier momento. Si me es posible, hago una llamada rápida a mi prima o a mi madre y con algún pretexto bobo les hago notar que voy en un taxi. Al menos así sabrían que si desaparezco no fue bajo las ruedas de un auto, sino a bordo de él.

Otra de mis ridículas estrategias contra los taxistas es la de no decir mi verdadero nombre, no sé por qué. En mis pláticas con choferes desconocidos, suelo llamarme Estefanía, Dafnis, Julieta, Lucía, o cualquier nombre característico de mujeres ficticias, sí, pero mujeres capaces de despertar pasiones que yo no conoceré más que en los libros, o en las películas rosas que transmiten en televisión abierta. Consuelo no es un nombre digno de una mujer hermosa. Tal vez mis padres tuvieron un destello de claridad al bautizarme como premio de consolación, pues como primer nombre decidieron adjuntarme el onomástico que marcaba el calendario el día de mi nacimiento, el cual no he de revelar todavía, sólo para que no me tengan lástima desde estas primeras páginas. En esta ocasión quise llamarme Sabina, y con ese nombre me presenté al conductor.

Supongo que las noticias de muerte dejan alguna huella en nuestras facciones, pues el taxista pareció notarlo.

-¿Qué le pasa, señorita? ¿Anda chipi?

Qué expresión tan apocada y ridícula para decir lo obvio. Observé un poco mejor a Jesús. Tendría unos 25 años. Moreno cenizo, complexión delgada, lunares en la cara, cabello ondulado a la altura del hombro. Pocas expresiones tan burdas como “estar chipi” o tan ridículas como “estar depre”. Lo correcto sería decir “Me lleva la chingada”.

-Sí, ando depre.-Contesté.

-Ánimo, señorita, ¿la tronó el novio?-. Porque claro, no se puede sufrir por más que por un hombre si soy mujer, ¿no?

Tuve ganas de contestarle “No es eso, es que estoy en mis días”, para acabar de cumplir sus expectativas, pero estaba un poco cansada. Pensé que lo mejor sería seguirle la corriente.

– Sí. Se llamaba Armando. El muy cabrón, se largó anoche con una amiga suya, una escuincla quinceañera que escribe con K y Z y le pegó la misma manía. Supongo que llegó a mi casa poco antes que yo, porque encontré una servilleta en la que escribió “Perdon. Zupongo que lo entenderaz algun dia. Tengo ke estar kon Karina. Te kiero. Bai.”, así, sin acentos y con kas y zetas, al lado de un plato que usó para comer una rebanada de pizza que sacó del refrigerador. Con lo que me choca lavar trastes.

Mentira. Ni siquiera conocía a ningún Armando. Sólo estaba dándole un giro menos aburrido a la historia del tipo que se marchó discretamente hace más de seis meses. Siempre había sospechado de su amiguita flaca que se disfrazaba de punk pero confundía anarquía con valemadrismo. Podrían estar tragando pizza en este momento, yo qué sé.

-¿Y cómo se sintió?- me dijo, serio. ¿Qué clase de pregunta era esa? Se estaba burlando,  seguramente. Sólo los payasos y los psicólogos preguntan algo así cuando la respuesta es más que evidente.

-Chido. Esa pizza ya se estaba empezando a descomponer.

Jesús percibió mi hartazgo, así que no dijo más. Mi cabeza se empezaba a sentir pesada. Habíamos tenido que tomar otra ruta debido a las obras de reparación en Avenida Cuauhtémoc. Los autos avanzaban frenéticos, y los edificios se doblaban hacia nosotros. La marea de concreto se cocinaba en smog y bajo un sol demasiado débil como para intentar abrirse paso entre la nata gris. Escuchaba algún claxon sofocado por la voz del locutor cuatrero de una estación de música grupera. El barullo citadino me arrullaba, igual que la forma agresiva en la que Jesús conducía.

No había autos detrás de nosotros y nos quedamos en un semáforo que brillaba con luz roja. De momento ya no se escuchaban más llantas ni motores, solo el tránsito distante y ahogado de calles paralelas. Qué extraño que Insurgentes estuviera tan despejada a las doce del día. De algún lugar provenía un sonido agudo y prolongado, una especie de biiiiiiiiiiiiiip molesto, persistente, irritante. El cielo seguía viéndose grisáceo pero el calor aumentaba, junto con la intensidad del sonido. De pronto la gente que caminaba al lado de la avenida empezó a señalar el auto en el que íbamos. Lo señalaban y cuchicheaban entre sí. Los murmullos cubrían el aire. Unas doscientas personas nos apuntaban con dedos gordos y descarnados. ¿Qué pasaba?

Un hombre salido de entre la multitud apareció corriendo y se detuvo al lado de una señora que llevaba a un niñito amarrado con una correa. El sujeto llevaba un traje rojo. En vez de señalarnos a nosotros y de murmurar, indicó hacia atrás y gritó “¡CUIDADO CON EL TREN!”. Me volteé y pude ver cómo el metrobús se salía de su carril y se dirigía directamente hacia el tsuru solitario que se posaba en la avenida, a una velocidad que jamás imaginé ver en esos vagones usualmente más lentos que los caracoles. Se estrellaría contra nosotros, eso era seguro. En el último segundo alcancé a notar que no llevaba conductor. Sentí una sacudida algo breve, mucho menos violenta de lo que imaginé.

-Señorita, señorita. Ya llegamos.

-Claro, ¿cuánto va a ser?- Miré el taxímetro que marcaba setenta y nueve punto cuarenta.

-Ochenta pesos.

Casi podría asegurar que el aparatito estaba arreglado para poder estafar a mujercitas que se distraen o se quedan dormidas. Saqué un billete de cien pesos que me había guardado en el pantalón.  Tomé mi bolso de mis piernas y me lo colgué en el brazo derecho. Bajé del taxi.

Jesús me dio un billete con la cara de un Benito Juárez azul y plastificado. Cerré la puerta del auto.

-Gracias. Hasta luego.

-Adiós, Consuelo.

El taxista sonrió y me miró con sus ojillos negros y profundos, como de rata, revelándome al mismo tiempo unos dientes amarillentos que no había notado. Acto seguido aceleró y se perdió entre la corriente de coches, mientras yo contemplaba las puertas de un panteón casi enterrado por el ambulantaje,donde se lee en un idioma extranjero algo que, me cuentan, en español significa “Dichoso aquel que muere en el Señor”.

Antes de entrar quise comprar un agua para quitarme el sopor del sueño reciente. Abrí mi bolsa. No había cartera.

“Maldito taxista”, chillé, encabronada, cuando me di cuenta de que el taxista se había robado mis últimos cien pesos  para la semana, y todas mis credenciales.

Esa fue la primera vez que maldije a Jesús.

-F. S. Padilla

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Comments
4 Responses to “El día que llegué a casa a golpear a mi padre”
  1. PacoTe dice:

    Sabina, la peligrosa crítica del kitsch…

  2. orlando zavala dice:

    “Zupongo”???? donde quedo el editor? del texto ni opino, digo, no se te ocurrio algo mas que “lento como un caracol?”
    hay que trabajar demasiado antes de publicarlo al chilazo.

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