La controversia de Valladolid: ¿Hasta qué punto somos diferentes?


Por Luis Lozano

¿Hasta qué punto somos diferentes? La distinción va más allá de la frivolidad manifiesta en la forma de los ojos o el color de la piel, pues en realidad no somos ni tan iguales como se piensa ni tan diferentes como se cree.

Hacia el siglo XVI, cuando Las Indias se hallaban recién conquistadas, sus habitantes, incivilizados para los “descubridores”, representaban una especie extraña, diferente, inferior. El argumento era tan simple como ridículo e incluso insuficiente: “no pueden hacer lo que nosotros”. A pesar de su incapacidad lógica, en la práctica bastaba para justificar la ignominia en que vivían y el maltrato al que se les sometía. Además, la imitación era vista como reflejo de inferioridad, incluso de voluntad al sometimiento: imitar el comportamiento de otro sólo toma sentido cuando se reconoce la propia minusvalía. La condena era la conclusión de un razonamiento fallido.

Puesta en escena por José Caballero, director teatral quien montara en 2008 El tesoro perdido de Jorge Ibargüengoitia, La Controversia de Valladolid refleja la debilidad humana ante dos de sus más grandes tentaciones: la ignorancia y el dominio. Por un lado, el oscurantismo derivado del afán eclesiástico de conservación de poder orilla a una audiencia a Fray Bartolomé de las Casas, fraile dominico protector de los indios, ante un Legado papal (representante del Vaticano) y frente a Juan Ginés de Sepúlveda, férreo defensor de la conquista y la evangelización de los indígenas.

En dicha audiencia, llamada también “polémica de los naturales” (es decir, los indios), la discusión se lleva en un plano más emocional que racional. Los argumentos esgrimidos tanto por de las Casas como por Sepúlveda están más sustentados por sus propias convicciones que por una verdadera realidad. Los matices que cada uno da a sus dichos terminan por ser lo menos trascendente de sus discursos. Al principio, aún así, la ventaja es para Sepúlveda debido a la coincidencia de sus ideas con el entorno, pero más todavía a su serenidad.

Por otra parte, la importación siempre es una vía más engorrosa que la explotación de la materia prima local. A su llegada al Nuevo Mundo, los conquistadores encontraron una inmensa fuente de riquezas, de la cual expoliaron a sus dueños originales e incluso los obligaron a trabajar en su explotación (tanto de las nuevas tierras como de los indígenas).

Bajo este argumento, al final la decisión del Legado se torna en algo impredecible, y quizá peor, en insatisfactoria para ambas partes y con una tercera parte afectada que ni vela tenía en la Junta de Valladolid.

Más allá de la historia de la injusticia bajo la que vivieron los indígenas apenas conquistados, La Controversia… es un buen pretexto para reflexionar acerca de la argumentación como instrumento de defensa y sobre la congruencia con la propia postura. En La República, Platón relata las discusiones de Sócrates con sus discípulos acerca de la mejor forma del Estado, y la forma en cómo “el Maestro” los conducía a incurrir en su propia contradicción basándose sólo en lo expuesto por ellos. En el caso de la junta pucelana, el papel del Legado semeja la sabiduría socrática, pero imbuida de preceptos católicos que sin embargo parecen no influir en la decisión final.

Acaso el único reproche que se le puede hacer a esta obra está en el habla de los personajes. Basada en una traducción de Jean Claude Carrière, La Controversia… se desarrolla con un lenguaje actual, simplificado y sin interpretación alguna del acento español, lo que le resta realismo a la obra.

Por lo demás, La Controversia de Valladolid es una obra que reflexiona sobre el pasado afrentoso, pero también sobre cuestiones tan vigentes como la libertad, la equidad, la desigualdad, el racismo, la arbitrariedad y la superficialidad de algunas observaciones que suelen ser determinantes en las relaciones entre instituciones y sujetos. Acaso valdría la pena preguntar ¿qué tan diferentes somos?

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