Recuerdo en solitario


Por Luis Lozano

Un joven vasco sueña con entregar la última cuenta pendiente de Mayte, el que quizá sea también el último recuerdo que le quede de ella.

Cefalópodo (Rubén Imaz, 2010) es la historia de Sebastián, ese joven hablante de la lengua euskera, quien empieza su periplo con el detonante de su soledad: una conspiración externa lo había alejado de Mayte, llevándolo a una tierra desconocida con el nuevo abandono de su maleta.

A falta de sus efectos, el aislamiento se acrecenta en una tierra donde pillar a alguien poco tiene que ver con el entendimiento de una conversación y en donde los calamares se pescan y rebanan en un lugar distante al sitio donde se vive. A diferencia del País Vasco, la urbe más grande de América Latina posee acceso a internet inalámbrico en algunas calles, pero no al Océano Pacífico.

El alejamiento del mar es una sensación deprimente para muchos, en especial para los poetas. Un caso excepcional fue Ramón López Velarde. El autor de Suave Patria desconoció la tradición romántica de la lírica, aquélla que compromete a los creadores de retóricas sintéticas con el agua oceánica en una cita ineludible. El poeta zacatecano murió sin cumplir esa cita predestinada con la fuente de inspiración de escritores y marinos.

Sebastián (cinetecanacional.net)

En cambio, Sebastián desea encontrarlo como una forma del olvido y a la vez de reconocimiento: el agua servirá como sentencia de la memoria, como sepulcro de ese agobio que es saberse desplazado por animales sin esqueleto, mientras el desierto lo hará consciente de que los cefalópodos están hechos para vivir en el agua o enclavados en la arena.

La vida de artista parece tan esotérica, tan desconocida, que a veces se ignora el arte que ejecuta el sujeto en cuestión. En el caso de Sebastián, su capacidad para dibujar manifiesta sus dotes con el carbón o el lápiz a mano, y la incapacidad de su entorno de identificarlo como dibujante. Para Roberta y Emilia, e incluso para su primo Jorge, el joven vasco se desempeña como pintor, un pintor sin brochas ni pinceles, sin tinturas ni pigmentos, sólo carbones, ramas y paletas.

La trasgresión es una parte indispensable de la vida de un artista. En medio de narcóticos, alcohol y la vida errante de un viajero, Emilia revela el doble destino ideal para la sepultura del pasado de Sebastián: la habitación de su departamento y “Kino, con ‘k’, un pueblito donde el desierto está junto al mar”.

Maltratado por un terreno inhóspito, la prueba es más una cuota voluntaria que un requisito indispensable. Los pasos que guían al vasco a veces parecen moverlo, pero no desplazarlo. Sin embargo, el misterio del sitio le recuerda la esperanza, o el calor del mismo lo conduce al delirio. Luego de tanto andar, comienza a cuestionarse por encontrar a Mayte detrás de alguna duna, como si ese desierto fuera el universo, como si fuera el cielo, o como si fuera ella y sus cefalópodos.

La síntesis del agua y la arena producen un espacio de reflexión en el interior del solitario vasco. La aparente contradicción de este lugar permite crear una representación de su andanza entera: luego de un largo y arduo trayecto, la salvación está a un chapuzón de distancia.

Rescatado por un par de seris, nativos de Sonora, para el vasco, el mar fue el inicio y fin de su destino solitario.

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