Janelle Monáe: El encanto de las épocas


Por: Jesús Serrano Aldape

El album debut de Janelle Monáe demuestra que el oficio musical más entrañable sigue siendo la pretenciosa y desbordante imaginación. Su cuento funky-sci fi encuentra el pretexto perfecto para digerir géneros y eras musicales en cortos tracks en donde su locuacidad y eclecticismo se unen, a veces, es cierto, por medio de puentes sonoros que parecen incongruentes y que dejan al escucha exactamente con una expresión de incredulidad, sin saber con qué otra cosa saldrá Monáe en el siguiente track.

Esa sensación de asombro es lo que hace a The ArchAndroid de Janelle Monáe, el primer álbum de esta canta autora negra nacida en Kansas City, Estados Unidos, un fuerte candidato a disco del año en donde se vea.

Es quizá por su entendimiento amoral del ritmo, la valentía de la chica de 24 años, es capaz de aceptar el reto de reverberar el papel de una diva futurista interpretando papeles que el imaginario no le concede a cualquiera. Su propio alter ego Cindi Mayweather, un androide que trata de unir a todas las razas a través de su magnética personalidad es una ejemplo perfecto de la mística de este afortunado experimento sonoro.

Con Monáe es la música, y no su concepto que por bizarro y raro parece nefario y tan pretencioso que no vale la pena. Pero Monáe no cobra crédito por su extraña historia y su mérito es que jamás llega a tomarse tan en serio ese texto, deja a la música y su entendimiento de ésta, fascinarnos, no nos exige más para enamorarnos.

La arrogancia de su complicado sub texto jamás toma un cariz pesado, su valor está en la inteligencia de la fusión, en cómo da forma y se metamorfosea en sus extravagantes incursiones de cuatro y medio minutos por ritmos y místicas completas, implementando el proceso del art rock en la música negra algo que se nota en The ArchAndroid es su deuda a las grandes operetas del rock.

Desde ese mágico puente que enlaza Dance Or DieFaster , en donde su actitud parecería la de una actriz que tras terminar un número corre al camerino a cambiarse para salir con un disfraz totalmente distinto, con una voz totalmente adaptada al nuevo cambio, y con deseo de actuar y hacernos creer el nuevo papel que toma, bailando en el estilo de musical de Broadway, pero demasiado complejo para simplemente etiquetarlo como eso: y con ese frenético dispendio de cualidades endilgarnos un cúmulo de géneros que en verdad sería imposible describir en tan poco espacio, de paso dándole un énfasis al concepto no musical del álbum.

Mejor dejar al lector que caiga rendido por el epic funk-rock de Cold War, o el mid tempo hip hop glam con percusiones sacadas de una película de los años veinte deTighrope (con Big Boi, uno de los cerebros de esa otra fantástica máquina, Outkast, sirviendo de marco a las indescriptibles vocalizaciones de Monáe, la mayoría de las veces hablando de cómo nada debe quitarte los sueños a pesar de la dureza de la realidad y del mundo); o la ensoñación sesentera de Sir Greendown, con la voz dulce de Monáe guiándonos como un faro al final de esa linda transición de tres minutos.

Es futurista como Fritz Lang no hubiera imaginado a su María: negra; utilizando a su Metrópolis como un extraño sombrero de frutas; como una extraña deidad africana dispuesta a desquiciarnos y a rendirnos ante su divina rareza, Monáe exige atención y el escucha está dispuesta a darla, no importa la formación musical de éste, el conocimiento de Janelle de la música como lenguaje universal hace el resto.

Futurista, sí, pero en el fondo con una parte de su corazón en el pasado más entrañable del drama cinematográfico clásico, con el valor, raro en una primera obra (pero más raro que sea exitosa en eso), de hacer que cada track sea una historia completamente distinta a la anterior.

Pero al lado de su ensoñación futurística y puesta en escena, también carga una vibra retro post industrial que es difícil siquiera de explicar. Sígase la maniática Come Alive (The War of the Roses), hasta su tremendísimo y largo grito (en mi vida había oído un grito tan extenso, sensual y poderoso) para entender cómo Monáe interpreta el papel en turno hasta sus últimas consecuencias.

Es pleno y directo, pero a la vez difícil como no suele ser un buen álbum de rythm and blues, sobre todo cuando Monáe toma el tono folk en el inicio de Oh Maker para convertir todo de una pincelada en un manifiesto soul que enorgullecería a los grandes exponentes del género; o la ternura contrapuntual de su Mushrooms and Roses con su ritmo mid tempo y arreglo orquestal, pero su voz filtrada y robótica en una alevosía y atrevimiento resaltables; Monáe le da sensualidad y romance al robot.

The ArchAndroid tiene tantas etapas que es de esperarse que algunas no le quedan al estilo negro de Monae y a su voz, por momentos muy Mary J Blige, y cuando emerge con sus retratos de hard rock y actitud cyber punk, es natural sentirse asaltado por la pretención de la también compositora y arreglista.

Pero su fracaso sería un triunfo para muchos otros artistas, y eso es impresionante. Como en Make The Bus, paga tributo a los grandes exponentes del glam rock, con su funky-disco-bizarre electronic, con todo lo que pudo robar, además, de las páginas de George Clinton, pero con el feeling tecno-retro de grupos como Erasure y otros íconos del género, por momentos demasiado dispar con el tono esencialmente negro del resto del álbum.

Luego Wondaland la regresa a su fuerte, con su voz en coro acompañándola en unambient melódico pleno, auténtico bubblegum pop para una nueva época. The ArchAndroid finaliza con BabopByeYa su rendición a las divas cantantes del jazz que transcurre sus ocho minutos inmersa en experimentaciones que hacen pensar cada vez más en una forma de cine y menos en un disco, no en balde Monáe ha declarado su intención de crear un videoclip para cada una de las 18 canciones de The ArchAndroid, la ambición le va bien.

El primer disco de Janelle Monáe quizá debió ser un poco más corto, y no todos los tracks encajan en su complejo, pero agradecible, concepto de expresar estilos y épocas en cada track, en sucesión cada uno con una inventiva y sangre fría que en muchos artistas del género sería ridícula y nada recomendable.

Cuando Monáe abandona su frenético comienzo, la obra comienza a tornarse más seria y más impredecible y aunque no por ello menos disfrutable, eso trunca la continua fascinación del escucha por el ritmo intrincado, pero accesible; un entendimiento en donde parece estar la mayor aportación de Monáe a la música.

Y aunque el disco gana en introspección en su segunda parte, señalada por el puente,Suite III Overture, y su fantasmal coro blue grass sobreviviendo en un arreglo de cuerdas operístico, pierde hacia el final su encanto más accesible e inmediato y se transforma en un álbum más lento, aunque eso sí, el asombro del escucha atento no desaparecerá hasta las últimas notas de la fantasmagoría free jazz de BabopByeYa.

Es quizá dos álbumes en uno, y quizá una buena recomendación para el escucha es esperar dos resultados distintos de cada cual. Janelle Monáe entrega en su primer disco una obra por demás ambiciosa y compleja, pero que por su encanto, distintiva voz y determinación de intentar cambiar el mundo con su música, nos rinde de inmediato, un promisorio primer álbum para quien parece ser una de las artistas más fascinantes de la música pop en esta década.

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