Ahí


Por Montserrat Pérez

Al despedirme te beso el cuello; no te beso la mejilla, ni la frente, sino unos centímetros arriba de la clavícula, ahí donde tus hombros comienzan a dar forma a tu cuello. Me separo rápidamente y te veo a los ojos. Entendiste, pero ahora hay barreras entre los dos: una mujer con una caja y los barrotes del vagón.

Me tratas de abrazar; es difícil. Me tomas del rostro y me besas en ese rincón que he reservado sólo para ti. Es un punto entre la boca y la mejilla, es ambiguo…es intermedio como el beso que yo te doy.

No te digo “te quiero” en voz alta, sólo muevo los labios como una película muda. Entiendes y sonríes. No te lo digo otra vez. Lo sabes y te aprovechas. No contestas nada, pero sé que me quieres también.

Me guardo en la memoria la textura de tu piel y cuando te vas mi boca se siente sola. Una inmensa tristeza toma control de mis sentidos, pero después recuerdo que tú y yo fuimos sólo un sueño; una mala broma del destino. Ahora somos sólo amigos, como antes, como si nada hubiese pasado. Como si yo no me hubiera roto el corazón sola, como si ella no hubiera existido.

Sin embargo, reflexiono y veo que sí pasó, pero los dos fuimos cobardes. Tuvimos miedo de perdernos para siempre. El precio era alto y decidimos no pagarlo. Ahora te vas y te pierdes en la multitud. Mientras, en tu cuello aún late ese beso cómplice que me da tanto gusto plantarte.

Suspiro, te veo partir y la tristeza se convierte en rabia. Quiero arrancarme la boca, quiero volver al pasado y sólo decirte “adiós”. Me enfurezco al ser tan débil, al no poder decirte que me lastimaste; sin querer, pero lo hiciste. Deseo ahora que la piel del cuello se te gangrene y la cabeza se te caiga.

Sin embargo, muy dentro de mí, también deseo que todo se vuelva a repetir.

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Comments
One Response to “Ahí”
  1. Juan Manuel Bonilla dice:

    Montserrat, no cabe duda que eres náufraga de esa sensación que queda en los labios ¿más intensa que en el cuello? No se, pero descubro que de milagro sobrevives a ese litigio que se llama duda.
    Expones una cartografía incierta para establecer las coordenadas del beso, un truco genial para tirar la piedra y esconder la mano con toda impunidad.
    Después de un beso, independientemente del destinatario o beneficiaro, lo único que queda es bendecir, maldecir, o suplicar que otra vez ocurra. Tú optaste por la tercera opción, claro, después de ejercer a plenitud las dos previas.
    Muy bien.
    Un beso (a propósito)

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