Reseña: Todos los años son año bisiesto


Reseña. Todos los años son año bisiesto

 

Por ZedrykRaziel

El surgimiento –y apogeo– de un subgénero literario, o de una corriente cinematográfica, está determinado por el horizonte de expectativas sobre el arte presentes en el entorno de su nacimiento y recepción. Ensayistas como Pablo Molinet y Alberto Vital aseguran que existe un modo de leer, de ver y de escuchar característico de una época (y de un lugar, según Vital), y que esa predisposición en la experiencia repercute en la creación y la recepción de la obra de arte. Condicionado por las vicisitudes históricas de cada sociedad, el horizonte de expectativas explica en gran medida,por ejemplo, el éxito de los best-sellers en sociedades específicas, así como la razón de quecierta nueva obra sea despreciada –casi unánimemente– por una generación y revalorizada por una posterior.

En la actualidad, la industria fílmica mexicana contempla la producción de películas cuyos temas “arriesgados” –por su tratamiento bastante explícito– no habrían tenido cabida en años anteriores. “Creo que los [cineastas] mexicanos nos estamos arriesgando”, dice orgulloso Michael Rowe. La prolífica filmación de documentales y largometrajes con evidentes señales de crítica social y vindicación de la cultura popular, en sintonía con su disimulada aceptación por parte de los públicos mexicanos, permiten suponer, un tanto peligrosamente, que el país es escenario de un potencial estallido de conciencia de la sociedad.

Ese tentador examen del horizonte de expectativas contemporáneoes motivo de una indagación más ambiciosa. La reconstrucción de un “horizonte” resulta incompleto (e ingenuo) si no se toma en cuenta el estudio del entramado institucional que gobierna la producción y difusión de la creación artística (en este caso, la cinematográfica, sobre la cual se determina el alcance de la difusión de las cintas y, por tanto, en gran medida, su mayor o menor consumo). Por lo pronto, la visión global –aunque no fundamentalmenteempresarial– de Michael Rowe, director de la celebrada película Año bisiesto, parece desvanecer toda posibilidad de genuina concienciación social: “[Los cineastas mexicanos] ya hemos pasado la etapa donde el logro era rodar una película, y ahora concebimos nuestras obras como filmes dentro de un escenario mundial y no solamente local”. (Pero candil de calle.)

Lo dijo a propósito de la flamante aceptación que tuvo su película Año bisiesto en Francia, donde fue exhibida con 50 copias durante cinco meses, desde su estreno en ese país. En contraste con ello, el filme, merecedor de la Cámara de Oro a la mejor opera prima en la pasada edición de Cannes, arribó a diez salas de la Ciudad de México, con la posibilidad de que aumentara el número de copias según fuera la aceptación de los públicos. Roweasumió –en parte acertadamente– que esta profunda diferencia obedece a que en Francia “el público tiene otro criterio para presenciar este tipo de historias”.

Puestas así las cosas, es inevitable indagar en la naturaleza de Año bisiestoun poco a lo entomólogo, entornando los ojos y a ver si es tan raro el mantis draconiano. (De acuerdo con el sitio homocinefilus.com, “los productores” de la película afirmaron que “las fuertes escenas eróticas y la confrontación con la idiosincrasia del país hacen del filme uno difícil de mercadear entre el público mexicano”. Según el mismo sitio, abordar el “tópico del sadomasoquismo” es “muy raro” en el cine nacional.)

Considerado por algunos como un drama erótico, Año bisiesto cuenta algunas cosas de la vida de Laura (Mónica del Carmen), una joven oaxaqueña que, desde hace varios años, vive sola en un departamento de la Ciudad de México. Sola. Y varios años… Su monótona soledad (que es lapeor de las soledades, uniforme y enraizada) se perpetúa porque su empleo como articulista en una revista de negocios le exige trabajar desde casa, donde vive sola y come sola y tiene un deplorable sexo con hombres casuales pero es como si estuviera siempre sola, aunque gimiendo a veces y murmurando un amor que no encuentra respuesta. Uno, como inclementevoyeurista, se dedica a mirar.

En ese departamento, la triste Laura –tan morena y tosca y barrigona– demuestra por qué, además del motivo del empleo, vive una soledad torturante. El argumento parece sintetizar el problema en el hecho de que Laura es oaxaqueña, y que de allí brota su soledad como resultado de la desprotección femenina en los pueblos marginales, y de la desvaloración categórica de que son objeto los sectores indígenas en la ciudad. A diferencia del estereotipo de mujer “medio güerita” que “se cree la gran cosa”, Laura no…

 sensacine.com

Afortunadamente –piensa Laura–, uno de esos hombres ha dejado de ser eventual e incluso tiene un nombre: Arturo (Gustavo Sánchez Parra). Con él también hay sexo, pero además sadomasoquismo –él golpea; ella consiente– y una cosa parecida al amor. (Vistos desde afuera, dice un argentino, todos los amores son incomprensibles, ridículos). Al paso de los días, antes de finalizar un febrero bisiesto, el enamoramiento es vertiginoso, el amor crece y, por tanto, aumenta la severidad del sadismo. Proporcionalidad directa.

En su reseña, Fernanda Solórzano sostiene, con respecto al personaje de Laura, que “si bien su raza y su estrato social juegan un papel en la historia, no son, en sí mismos, la historia”. Para Solórzano, lo que importará a la crítica y al público es el “comportamiento sexual” de Laura, pues se masturba espiando a su vecino –como cualquier persona del mundo– y, después de cada relación sexual ocasional (pero eso era antes de Arturo, amor mío), se queda esperando de los simples hombresun beso en la boca, un abrazo al cuerpo sudado, y todo eso es un puente extendido que nadie cruza.

Sin embargo, la construcción social y psicológica (Solórzano, cuando menos, admite que el personaje de Laura posee “profundidad psicológica”) es fundamental para satisfacer el imperativo de credibilidad del cine, ése que vuelve posible el convenio tras el cual el espectador puede creer en la realidad de las historias, por muy ficcionales que sean.

Ciertamente el “comportamiento sexual” de Laura es interesante, pero éste es resultado de su situación social y, por tanto, psicológica. Si en esa construcción hubiera fallado Rowe, el sadomasoquismo en el largometraje quedaría injustificado. Rowe acierta, y se entiende que ninguna otra mujer, como Laura, podría hallar en el masoquismo –ella consiente los golpes, qué amor tan grande– una alternativa a la venenosa soledad. Porque Laura no buscaba el masoquismo, no lo sospechaba siquiera, pero encuentra en él los atisbos de la felicidad, ese estado en que no se siente dolor ni tristeza, porque no se siente ya nada.

En alguna conferencia, Borges enfatizó en el imperativo de verosimilitud en la creación literaria. Para lograr que en su cuento “El zahír” el protagonista lograra olvidar a su esposa muerta a cambio de recordar una moneda especialmente diferente de las demás, Borges debió construir a una mujer “bastante trivial, un poco ridícula, venida a menos, tampoco demasiado linda”. Luego del velorio, el esposo, todavía emocionado por la muerte de su mujer, se encuentra con una moneda; al verla, ya empieza a olvidarse de su esposa, pues comienza a pensar incesantemente en la moneda. Pero el furtivo olvido de la mujer es aceptable para el lector porque ella misma es tan “trivial” como para olvidarla.

Y Laura es lo bastante solitaria y abandonada, que su amor trágico parece coherente; no justo pero sí lógico con el argumento del filme, y Laura no podía ser personificada por cualquier “güerita” que “se cree la gran cosa”. En una entrevista, Mónica del Carmen dijo que su reto consistió en hacer un personaje “fino y a la vez verosímil”, pues Laura demostraba “necesidad de amor”; “requería mucho cariño” no sólo por parte de los hombres, sino también de la propia Mónica del Carmen, como explicó ella misma.

Importa el hecho de que varias personas huyan de la sala del cine cuando todavía no finaliza la proyección de Año bisiesto. E importan los lamentos de los voyeuristasque se quedan cuando ven aparecer un cuchillo o un puñetazo cruzando la cara de Laura. Es delicado hablar sobre el progreso hacia la concienciación social en México, y quizá tal evolución no tenga nada que ver con soportar un severo largometraje de principio a fin.

Si ciertamente los realizadores mexicanos “se están arriesgando más” en el trato de temas controversiales (de crítica social); si ciertamente se experimenta una mayor producción nacional de documentales en virtud de su aceptación por parte de los públicos, ese florecimiento puede obedecer, mayoritariamente, al auge de productoras independientes y al pretendido fomento a la libertad de expresión según el Gobierno Federal, que también auspicia fideicomisos para la creación cinematográfica.

Sin duda, los públicos que siempre van al cine han asumido,con valor, la concienciación que ponen sobre la mesa películas como Año bisiesto. Jorge Michel ha afirmado: “[Los cineastas mexicanos] tratamos de hacer un reflejo, aunque fuera como una metáfora, de lo que está sucediendo cada día en México”. Entonces es practicable el examen del horizonte de expectativas que impera en nuestra sociedad.

Es materia para otro trabajo estudiar el modo–alternativo–de incluir en la concienciación a los públicos que no pueden o no tienen el hábito de ver cine, sin soslayar que tal concienciación no consiste en la mera voluntad para visualizar una película, sino en la facultad para comportarse reflexivamente en la vida del mundo. Y es materia, también para otro trabajo, reflexionar en el hecho de que la función social del cine de Rowe, como el de otros realizadores nacionales, seacolateralal interior de la sociedad mexicana, pues piensan antes en un “escenario global” antes que en el local, siendo éste el que urge de nuevos bríos. Lo que falta es coherencia, verosimilitud.

 

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