Placer Virtual


El optimismo tiene forma de mujer.

A. Z.

 

En un arrebato de promiscuidad mental, comulgué con una de esas mujeres que ofrece la línea telefónica en una fantasía que concluyó con un toque a la puerta. El estruendo de tal interrupción carcomió de pronto mis deseos de seguir aventurado en un mundo de ceros y unos. Era hora de salir de tan maravillosa unidad intelectual y regresar a la tangibilidad de las latas de refresco y los hot cakes cuadrados.

El inoportuno llamado a mi puerta coincidía con la benevolencia de quien no espera darte un gusto con su presencia. Del otro lado de la puerta se hallaba una dama de una estatura incalculable a través de una mirilla de cinco centavos, con un paquete rectangular envuelto con papel tieso del que usan en los murales escolares.

Estaba seguro de que la vida me había enviado uno de mis mayores anhelos.

La mujer insistió. El nerviosismo me cautivó. Entré en un estado de perturbación en el que la vida me pasó por delante y se llevó con ella mi juventud y mi billetera. En un lapso tan corto había perdido mi castidad psíquica y mi derecho constitucional a viajar en automóvil. No me importó.

Escarbé profundamente mis bolsillos y encontré residuos de bolsas de plástico de diversos tipos, entre ellas, un trozo de látex medianamente grueso que cumplió con la mitad de sus funciones en un acto de fruición.

Soñé por un momento que mi cuerpo alcanzaba nuevamente la gloria como forma de escape al sufrimiento mental que me acosaba.

Una vez más, la mujer arremetió contra la puerta.

Estaba ocupado en alcanzar el mayor nivel de desconocimiento racional y preferí renunciar al ofrecimiento de esa dama por unos cuantos minutos de satisfacción auténtica.

Antes de culminar con mi autorrealización la mujer me invitó a recibirla con un cuarto ataque contra mi hogar. Tal profanación significó mi pérdida de control. Era hora de responder. Me vi obligado a detener mis impulsos para investigar lo que esa mujer quería.

Al fin atendí su llamado. Caminé hacia la puerta, tomé la manija, retiré los cerrojos y expuse a la intemperie la sacra seguridad de mi templo.

Con un gesto de desesperación, la mujer sólo lanzó hacia mis manos el paralelepípedo de cartulina y me acercó una hoja sobre una pequeña tabla. Signé sobre el presunto acuse de recibo con la desgastada pluma que me tendió y volví a la íntegra seguridad que me brinda el cobijo de las cuatro paredes de mi apartamento. Tiré el paquete atrás de mi cama y volví a donde mi ordenador a revivir los recuerdos de lo que algún día tendrá que pasar: el experimento de la lascivia con otra alma.

-Luis Lozano

 

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