¿A quién sirven los libros del Bicentenario?


Zedryk Raziel

Gracias a Rebeca Rosario

Este año, en un panorama todavía adverso para el libro, con motivo de los festejos por el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución se ha abierto un insoslayable “espacio de reflexión histórica sobre nuestro pasado”. Así se lee en el sitio Discutamosméxico.com, soporte en internet de las discusiones críticas –de expertos– sobre la historia y la cultura plural del país. Digo que ese espacio de reflexión es insoslayable, no porque sean transmitidos en televisión abierta los lúcidos diálogos del programa Discutamos México, sino por la abrumadora producción y disposición de libros –novelas, ensayos, investigaciones, sátiras– que indagan en los movimientos de Independencia y de la Revolución Mexicana, y que ponen en la mesa de discusión (otra cosa es que se discutan) los resultados de esas reflexiones con la mordaz insistencia de un libro puesto a la venta en el estante de las últimas novedades o en los escaparates de lo que es necesario consumir.[1]

Existen dos formas en que se organiza la estructura que conforman estos “libros bicentenarios”. Por un lado, existe un sistema cuya tarea se inscribe en la puesta-a-disposición de obras –por lo regular ya existentes– que aluden a los dos momentos fundamentales de la Historia de México. El otro sistema de organización corresponde a la mera producción literaria.

Accesibilidad de los libros

Recientemente fue creada, en internet, la Biblioteca Digital Bicentenario, un “acervo de libros digitalizados” que versan sobre los periodos de Independencia y Revolución mexicanas, y que “reflejan en sus páginas el contexto de estas épocas”. Las obras están organizadas en categorías de nombres ilustrativos: “Colección Independencia”, “Colección Revolución”, “Colección Hacia el 2010”, “Colección México Independiente”, que reúnen los más diversos trabajos de los más variados autores a lo largo de prolongadas épocas: por ejemplo, se dispone del libro Noticias biográficas de insurgentes apodados de Elías Amador, publicado en 1946; la Sinopsis histórica, filosófica y política de las revoluciones mexicanas, de Víctor José Martínez (1884); y los Apuntes históricos de la heroica ciudad de Veracruz, de Miguel Lerdo de Tejada (1850).

No obstante esta evidente pluralidad, el hecho de que se disponga de libros tan específicos –como la Colección de los discursos de poesías pronunciados en los aniversarios de los días 15, 16, 27 y 30 de septiembre de 1857, en la capital del estado de Querétaro­– lleva a suponer que éstos son leídos por personas con motivos igualmente específicos, probablemente una investigación escolar o de trabajo. En ese sentido, es plausible la digitalización de las obras por facilitar su accesibilidad; pero hay que cuestionar su aporte a la pretendida “reflexión histórica” de los festejos de 2010, cuando son consultadas por individuos “especializados” –que son los menos– y que tienen la posibilidad de hacer tal consulta. Es decir, el consumo de la versión digitalizada de un libro impone ciertas exigencias a un individuo: en un sentido superficial, cuando no lo urge a disponer de una computadora propia, sí a tener acceso a ella y conocimientos acerca de su uso; luego, cuando no a disponer de una conexión particular a internet, sí a tener acceso a una y habilidades para la navegación en la red.

Los hábitos de consumo mediático de una población son materia de los estudios culturales en ciencias de la Comunicación, conjunto de teorías que, entre sus fundamentos, sostiene que la situación social y cultural de los individuos configura su consumo –e interpretación– de los bienes culturales. Desde este punto de vista se explica que el promedio de visitas a los cientos de libros de la Biblioteca Digital Bicentenario sea escasamente de 2 mil, según el contador del mismo sitio. De acuerdo con el Estudio de Hábitos de usuarios de internet 2009, realizado por la Asociación Mexicana de Internet (AMIPCI), a finales de 2008 el 62% de las computadoras instaladas en México contaban con conexión a internet; es decir, 11.3 millones de máquinas (el otro 48% equivalía a 8.7 millones de usuarios; a esta cifra hay que sumar las decenas de millones que no contaban, en primer lugar, con un ordenador, y que previsiblemente no tenían habilidades para utilizar uno). A la pregunta “¿Qué hacen los mexicanos en la red?”, ese mismo estudio responde: “principalmente revisan correo, bajan música, ven páginas de humor, juegan on line, visitan sitios deportivos y de astrología. Lo que menos hacen son reservaciones de pasajes, hoteles y autos”.[2]

Leer con sueño

¿La digitalización de libros con motivo de la conmemoración de los movimientos de Independencia y Revolución cumple su función de contribuir a la “reflexión histórica”? En definitiva, no. O cuando menos no para los que tradicionalmente son excluidos de la reflexión –no sólo la histórica–. A la anterior exposición de una “brecha digital” que condiciona el acceso a las obras digitalizadas, cabe añadir el desprestigio sistemático de la materia de Historia –resultado de una gris enseñanza de burda historiografía en las escuelas de nivel básico y secundario–, y, sobre todo, el hecho de que rebasar esa “brecha digital” exige rebasar, primeramente, una ominosa “brecha cognitiva”; es decir, antes que tener una computadora y hasta conexión a la red (cuestión de accesibilidad), es incontrovertiblemente necesario contar con una alfabetización de “primer orden”: saber leer y escribir.

¿Es fácil (fácil y democrático) participar de la reflexión histórica de México? Durante la administración de Vicente Fox, el gobierno federal puso en marcha el Programa Nacional de Lectura a fin de convertir a México en “un país de lectores”, teniendo como punto de partida la aplicación de una encuesta nacional sobre “hábitos de lectura”. Comulgo con el investigador Gregorio Hernández cuando reputa absurda esa evaluación y aun todo el programa. “Hablar de hábitos y habilidades de lectura de una población fundamentalmente excluida de la educación, el trabajo y el desarrollo económico es simplemente absurdo”, fustiga; “tan absurdo como evaluar los hábitos alimenticios de los millones de pobres alimentarios, o los hábitos de higiene de los millones que no tienen agua”.[3] Es normal que una nación que ha alcanzado la cima del desarrollo económico, político y social, comienza a dedicarse primordialmente a la producción de conocimiento, a llenar y vaciar las bibliotecas, a escribir libros y a leer libros. Una vez el fondo, la forma. Una vez que cierta generación de ciudadanos deja de ser apremiada por la necesidad de recursos, puede dedicar su tiempo y energía a la reflexión. En México, es innegable, todavía se carece del inestimable fondo.

Éste es un acercamiento a la exclusión que propicia (mejor dicho: que no logra evitar; que profundiza) la Biblioteca Digital Bicentenario en su noble intención de acompañar los magníficos festejos con una reflexión crítica sobre la historia de nuestro país. ¿Cambiaría el panorama si el procedimiento fuera distinto? ¿La reflexión sería más democrática si, por ejemplo, los libros de Historia de México no fuesen digitales sino impresos, y si, encima de todo, esas obras tuvieran un sorprendente costo mínimo para ampliar su accesibilidad?

Calidad de vida y conocimiento

Además de la puesta-a-disposición a través de la digitalización, la otra forma en que se organiza la estructura de los libros del Bicentenario y el Centenario, corresponde a la producción. El modelo es rudimentario: las librerías “de prestigio” aceptan ser diligentes puntos de venta de una vastísima cantidad de “obras bicentenarias” (muchas de las cuales, sin duda, se han escrito en provecho de la vertiginosa difusión que el los gobiernos federal y estatales han realizado de la conmemoración en general). Los precios son, ciertamente, altos (en promedio, mayores a 150 pesos); pero como se ansía una reflexión “más plural”, en Monterrey, por ejemplo, se inauguró una feria del libro –llamada “Festejemos con libros nuestro Bicentenario”– que “tiene como objetivos inculcar a todos los sectores de la población el gusto por la lectura, estimular a la población una experiencia única en el festejo […] a través de los libros”.[4]

Es evidente que los funcionarios que coordinan la parte de la conmemoración destinada a la reflexión, suponen que las personas han de leer los libros alusivos a los hechos históricos si su costo oscila heroicamente entre los 12 y los 31 pesos. Pero vemos que una estrategia así organizada, que soslaya el hecho de que el proceso de formación de los individuos está condicionado por su nivel de bienestar social, nace para el fracaso. Está claro que la propuesta no exhorta al Gobierno a que destine todos sus esfuerzos a la satisfacción de las necesidades fundamentales de la población, en detrimento del apoyo a la producción de conocimiento y a la consecuente reflexión. Ambas dimensiones deben estimularse paralelamente, puesto que una, sin la otra, trunca cualquier pretendido desarrollo conjunto.

En tanto, la reflexión histórica sobre la Historia de México quedará en los eternamente pensantes. Por supuesto, hay mexicanos que leen, y entre sus lecturas seguro figura algún “libro bicentenario”; no obstante, si el ciudadano común realmente contribuirá a la reflexión, es otro tema; de hecho, no se tiene la bella certeza de si verdaderamente se pretenda propiciar esa reflexión. En vista de las condiciones de nuestro país, parece sensato que ese ejercicio intelectual debería promoverse por otros medios más accesibles, como la radio o la televisión… Ay, la magnífica televisión…

Por lo pronto, en México, a corto plazo, la gente convalece por todos los males del mundo, menos por no leer.

 

Cibergrafía

http://www.discutamosmexico.com/

http://www.bicentenarios.es/act/071010.htm

Paola Ortíz, “¿Quién lee más y mejor en el mundo?”, Univisión.com, Dirección URL: http://www.univision.com/content/content.jhtml?chid=5&schid=10710&secid=12310&cid=1072656&pagenum=2

“Aumenta el número de pobres en México”, SDP noticias.com, Dirección URL: http://sdpnoticias.com/sdp/contenido/nacional/2010/03/04/19/901649

“Inauguran ‘Festejemos con libros nuestro Bicentenario”, Milenio.com, Dirección URL: http://www.milenio.com/node/530372

“Cibernautas mexicanos: cuántos son, quiénes son y qué hacen”, Suena México.com, Dirección URL: http://suenamexico.com/2009/09/cibernautas-mexicanos-cuantos-son-quienes-son-y-que-hacen/?lang=es,

Notas sueltas

Gregorio Hernández, “La vida no es color de rosa: visiones y prácticas de lectura en México”, 2002.


[1] Decir que el panorama mexicano es todavía adverso para la lectura de libros no es inmotivado. En 2007, la UNESCO calculó que el 70 por ciento de los mexicanos en educación primaria y hasta universidad, no lee. Último lugar en América Latina. A diferencia de Argentina, Chile y Uruguay, donde se estima que son leídos, en promedio, tres libros al año, en México se leen dos libros por habitante. Esto, claro, es lamentable. Y asombroso, en vista de que el desarrollo de la industria editorial en nuestro país es uno de los más prósperos en Latinoamérica. Y si los mexicanos resuelven no leer, ¿qué anda mal? ¿Es lógico que, en un contexto como éste, se motive a la reflexión histórica a través de los libros? Y si existe la mínima lógica, vale saber, entonces, a quiénes sirven estos libros.

[2] “Cibernautas mexicanos: cuántos son, quiénes son y qué hacen”, Suena México.com, Dirección URL: http://suenamexico.com/2009/09/cibernautas-mexicanos-cuantos-son-quienes-son-y-que-hacen/?lang=es, [fecha de consulta: 19 de septiembre, 2010].

[3] Gregorio Hernández, “La vida no es color de rosa: visiones y prácticas de lectura en México”, 2002, p. 1.

[4] “Inauguran ‘Festejemos con libros nuestro Bicentenario”, Milenio.com, Dirección URL: http://www.milenio.com/node/530372, [consulta: 18 de septiembre, 2010].

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