Desfase Nupcial


Miré de soslayo a aquel, que por un momento, observó detenidamente las partes blancas y negras que recubren mis manos -las mismas que usted está observando, ridículamente-.  Le dije que no era fácil.  Interrumpidamente, volteaba discretamente a mirarlo. Llegué a sentir, por un momento, el extenuado calor  que cubría su cuerpo arrimado junto al mío. Estas cosas no ocurren muy seguidas, grité. No importaba si alguien no hubiera escuchado. Las palabras ya se habían pronunciado y en efecto, aquella tarde, aquel hecho fue, como muchos otros, la absoluta confirmación de algo inevitable. Bajé la mirada toscamente. Pensé en el mal momento que me esperaba y lo hacía sufriblemente -porque sabía que usted no sería capaz de entenderme-. Eché un vistazo a la ventana y mientras ésta, opaca, rayada, señal de un transporte de tercera, reflejaba mi perfil de alcahueta, me hizo recordar mi vida como en un cuarto de azotea: húmeda, negra, sin compañía. Esto último no merece ningún acto plausible y eso lo sé, porque a medida que pasa el tiempo me he vuelto más despreciable.  La humanidad se desprende de sus emociones al grado que llega a afearse. El placer me agotó y salí huyendo, sin tan siquiera notar el aspecto terrible que me dejó. Cada noche se consumía entre el ruido de mis tacones y el labial rojo. Entre los ronquidos de algún cerdo.  Y mi cara de insomne por la mañana siguiente. Mi recuerdo era lo último que me dolía – y usted, quite esa boba mirada-. No se espante. Estamos en confianza.

Pensé que el chico que había mirado mis manos, también se había convertido en  cómplice de mis pasos. Últimamente he sufrido ataques de pánico por cualquier  mirada que roza mis más sutiles movimientos,  razón por la cual me detuve en un café, cerca de una librería de viejos. Pedí un churro y un descafeinado.  Y sorpresivamente me acordé,  cuando el cerdo que roncaba muy pegado a mis pechos, tuvo un acto humano realmente asombroso. Se lo ví en su rostro. En sus palabras. En el tono humilde en que me leyó unos versos de un poeta inglés. Las putas tenemos siempre un lado más amable, pero menos entendible. El acto me conquistó. El poema era atroz.

Debo confesarle que no sé en qué momento me sumergí en una espantosa soledad. Todo estaba bien, hasta que ese muchachito me miró. Y sentí que se movió algo en mis tripas.  Sentí que las palabras se acomodarían en su lugar para ser articuladas a usted. Para confesarle. A usted, precisamente.

Fotografía. Gerardo Montiel Klint.

Ese acto lo hice yo- ¿sabe por qué?-. Porque me marcaba todas las noches, en estas manos, con la colilla de su cigarro, y me decía “¡Eres mi mujer, pequeña zorra! Acuérdate que estás para servirme”.  Yo no tenía complejos por eso.  Sólo quería más. Lo que me daba él no me llenaba. Y por cada noche me marcaba únicamente dos míseros encuentros sexuales. ¿Sabe lo que eso significa? Estoy segura que no se lo imagina: el dolor de la quemadura del cigarro, más el sentimiento lascivo que seguía emanando de mi cuerpo desnudo, mientras él doblaba su infeliz cuerpo y empezaba a roncar tranquilamente, sin hacerme ya el menor caso. Lo soporté cuatro  años. A eso yo llamo una humillación que no tiene reparo más que con la muerte. Debo advertirle, pensándolo de una manera menos indignante y tal vez más arrogante, que el motivo que  me  hizo cometer el homicidio, fueron sólo sus ronquidos. Eran horripilantes. A cualquiera le molestaría escuchar semejante  ruido.

La mirada de aquel chico resurgió muchas cosas. Algo que en un momento ya había muerto. Que el tiempo lo había empequeñecido. Ahora menos que nada, me interesa el mundo: mi secreto ha sido revelado. Soy una puta con las manos quemadas. Y a usted le estoy dando mis últimas palabras Detesto a los hombres que roncan. A lo hombres que sólo se satisfacen con porquerías. A insatisfechos, como estoy segura que TÚ lo eres. No  tengo más que decir. Ahora dígame, ¿qué opina de esto último que le dije? Y, por favor, deje de verme con ojos de lástima. Me hace sentir mucho más vieja.

Ah, se me olvidaba. No soporto la misericordia.

-Perla M

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