Escuche, disculpe


Sírvase usted a tomar asiento; no se mueva, por favor. Le ruego no se inmute por lo que está por escuchar y espero mis palabras no causen confusión ni en su mente, ni en su corazón; son cosas mías, cosas simples, pero no he de callarlas por motivos de salud.

Vaya, nada de esto es fácil de decir… tal vez se imagine o intuya lo que está por pasar; si es así, le ruego no interrumpa, mire ya cómo me tiemblan las manos y aún no comienzo a desvariar. No se inquiete, no se mueva, no se levante; si se siente incómodo no me mire a la cara, yo lo entiendo, sólo espere.

Ayer mientras miraba sus manos no pude evitar hacerme imágenes mentales de no separarme nunca más de ellas. Yo sé que lo sonroja cuando hablo de sus manos, mas me resulta inevitable apartar la vista al verlo extender aquellos dedos largos cuando quiere decir algo importante.

Sí, sé que ya lo sabe, pero lo importante de todo esto es mi súbita necesidad de contarle cómo desde hace ya varias jornadas no puedo dejar de pensar un solo minuto en sus manos, pero tampoco en el resto de usted. Su mirada de niño a veces contrasta con sus opiniones tan formadas, tan educadas, tan sabias y sus preguntas suelen hacerme reflexionar sobre asuntos profundos.

No se deje engañar, mi interés no es puramente intelectual. Por más que admire su capacidad de asombrar y dejarse asombrar, también debo decir que lo deseo. Aquella boca suya me hace tener pensamientos poco académicos, pero muy didácticos. Quisiera morder, con todo respeto, su labio inferior y después succionar un poco el superior.

Le ruego mire hacia otro lado, hacia la ventana, hacia el corredor. Si le digo todo esto no es por esperar una reacción, sólo es por decirlo, para no dejarlo dentro y se convierta en algo más… Así dicho, se convierte en una confesión más, de una mujer más, que siente algo por su persona, aunque aún no se lo puede explicar.

¿Está cómodo?, ¿desea un vaso de agua? …No, discúlpeme, pero no tengo alcohol. Si gusta cuando todo esto termine le invito una copa, pero espere, espere, por favor. No tardaré ya más de un minuto. Si lo aburrí, le pido perdón. Ya sólo falta decirle que lo admiro. Sí, despierta en mí una gran admiración. ¡Ay, si supiera lo que provoca en mi interior!, a lo mejor saldría corriendo.

¿Y si le digo? Está bien, le cuento: me gustaría atarlo a esa silla y no dejarlo ir; me gustaría besarle los dedos y hacerle el amor mientras escribo cuentos; desearía poder conversar de todo y de nada, para nunca y para siempre.

Ya puede, si gusta, dejar la silla. Disculpe si lo ofendí o si le resulté estúpida, no ha sido mi intención. Ahora voy a pretender que esto nunca sucedió… Ahora viene alguien a mostrarle la salida. Gracias por venir, ha sido un gusto tenerlo aquí, espero verlo pronto, espero verlo siempre. No se preocupe por la silla, ya la acomodaré o la quemaré, aún no lo decido; cuídese.

Hasta pronto, hasta nunca.

-Montserrat Pérez

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