Sobre quienes viven de su laburo


Luis Fernando Lozano Cervantes

Es de noche. Las diez para ser preciso. Y el subterráneo anda retrasado, parece como si no quisiera avanzar. Las miradas laterales predominan, las pocas que aún persisten a esas profundidades. Un hombre aguarda ansioso  llegar a la última estación, consciente de que su deseo requerirá más tiempo, suficiente como para que su hambre se intensifique y su cansancio comience a prevalecer sobre su ya de por sí exhausto cuerpo.

A estas alturas se puede descubrir mucho de la gente: por un lado, su larga jornada, de trabajo o no, que se prolonga aún más ante la espera de un andar autónomo a su voluntad. Por otro, su padecimiento ante la opresión de un entorno que no le ha dejado grandes escapatorias.

Ya no es hora para andar por las calles, pero ellos tienen que hacerlo. Así lo exige la supervivencia. Franz Kafka denunció el malestar del humano que vive para trabajar, que se entrega completamente a una causa que lo encierra en un círculo vicioso cuya escapatoria implica la muerte: la modernidad, ese espacio donde el modelo a seguir se aprecia en horarios de oficina y parece tener marca registrada.

El ritmo de vida de los trabajadores, muchos de ellos obligados por la necesidad, no les da para más: sus jornadas legales de trabajo son insuficientes para sobrevivir el resto del día. Entonces tiene que trabajar más. No se sabe cuánto. Hace poco, un economista afirmaba que en el pasado agosto, para poder acceder a los satisfactores suficientes para una familia cuatro miembros, en ésta habrían de cumplirse al menos 23 horas pagadas con el salario mínimo, es decir, que por lo menos tres integrantes debían trabajar con ese sueldo para que todos los miembros pudieran comer lo suficiente (canasta alimentaria, elaborada por el Instituto Nacional de Nutrición), dejando de lado cualquier otro tipo de necesidad.

En caso contrario, ambos pilares económicos de la familia habría de laborar al menos media jornada más, con tal de garantir la subsistencia por un día más. Esto, como señalaba Friedrich Engels, afecta no sólo su alimentación, incide también en su salud física y emocional, lo que a fin de cuentas termina por llevarlos a un modo de vida que no les permite mejorar su situación (otro círculo vicioso: cómo combatir si los hijos tienen hambre y el cuerpo ya no da más).

Aún así, los proyectos de reforma laboral parecen no avanzar en este sentido. Las necesidades del obrero son múltiples: salud, educación, transporte, vivienda, alimentación, vestido, entretenimiento, descanso.

Y sin embargo, no se ofrecen opciones para mejorar el salario, para ofrecerle garantías pese a su esfuerzo, de brindarle un servicio de salud adecuado, presto y diligente, eficaz, que no lo haga esperar un mes para saber si en verdad algo anda mal en él; escuelas de calidad donde se eduque a sus hijos para habitar en un entorno amigable y respetuoso; de un medio que lo pueda llevar a tiempo y seguro a su sitio de trabajo y de vuelta a casa; de un espacio íntimo y confortable que le permita compartir con su familia y relajarse; una dieta que le permita trabajar y estar sano; un periodo de tiempo que lo enriquezca como sujeto y como colectivo; un tiempo para tomar un respiro y poder reflexionar.

¿Aún así se puede permitir que la reforma laboral siga sin avanzar? ¿O que avance la subcontratación? Mientras, a vivir para un laburo que apenas da para sobrevivir.

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Comments
2 Responses to “Sobre quienes viven de su laburo”
  1. Reel dice:

    Felicito a la revista Contratiempo por colaboraciones como esta, que dignifican la profesión del periodismo, ese peridismo que tiene que hablar desde las calles para decirle a propios y extraños que la perla noticiosa es uno solo actualmente y cuya expresión más palpable es el laburo que consume día con día a nuestra sociedad.

  2. Reel dice:

    Y al autor por supuestoooooooo, creo que no lo dije.

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