Adiós al papel


Por Luis Lozano

Negar el riesgo de desaparición del libro de papel resultaría ingenuo a estas alturas. Aceptarlo como un destino ineluctable, como si se tratara de una condición de extinción subordinada a una especie de ley natural donde sólo se sobrevive debido a la capacidad de adaptación intrínseca del papel a la vida “posmoderna” (como se ha dado en llamar a esta era que le sigue a la modernidad), sería, en tanto, irresponsable.

El final habrá de llegar algún día, eso quizá sea irremediable: la permanencia eterna parece ser una condición en efecto ajena a la materia terrestre. Sin embargo, dicha condena no significa que no haya capacidad de resistencia.

El avance de la tecnología y la aceptación que recibe de parte de las sociedades (cada vez más clientelares y cada vez menos sociales, por cierto), ha permitido que ésta tenga mayor participación de las actividades cotidianas. Una de las más recientemente invadidas ha sido la lectura. Con la presentación del ipad a inicios de año, el mercado de la lectura popularizó una nueva modalidad existente desde hace ya tiempo, pero aparentemente hasta entonces invisible: el libro digital.

Reconocido como entrada válida para la RAE apenas unos meses atrás, el concepto de libro digital se refiere a los archivos de texto en un formato tal que se pueden leer en la pantalla de alguno de los aparatos tecnológicos diseñados para ello o con la capacidad de hacerlo (si bien es cierto que pueden, las computadoras originalmente no fueron pensadas para tal finalidad), con la condición de andar, como en un libro impreso, de página en página. Aunque esto no difiere mucho de lo que se llama “documento digital”, quizá lo novedoso del libro digital venga de la aparición de los aparatos específicos para su lectura (kindle, ipad o simplemente tablet), cuya mayor gracia radica precisamente en no ser exclusivos para tal finalidad.

Más allá de las adaptaciones mercantiles de dichos aparatos, su éxito comercial, la importancia que ha tomado internet en los últimos años como una especie de “segunda realidad”, y la creciente participación de la tecnología en la cotidianidad han llevado a suponer que los libros digitales reemplazarán de un momento a otro (referencia temporal tan específica como un “pronto” o un “algún día”) a los libros impresos en papel, convirtiéndolos además en objetos de museo y no de uso cotidiano.

El fatalismo de este destino parece desmesurado, acaso insensato. Primeramente por el hecho de que como tal, el libro de papel no se ha convertido en obsoleto, e incluso permanece como un “dispositivo” útil, práctico, de fácil manejo y de muy poca dependencia de la electricidad (si se va la luz de noche, las velas no bastan para seguir la lectura, a más de ser poco recomendables).

Por otro lado, no se puede desconsiderar lo ventajosos que son los libros digitales, pues se conservan en mejor estado y más fácilmente que los libros de papel, ocupan un menor volumen para su almacenamiento, implican un menor impacto ecológico directo (por el uso de papel, aunque la producción de los dispositivos para visualizarlos genere emisiones contaminantes), y parecen inocuos a la salud respiratoria.

Visto así, tanto uno como el otro tienen razones suficientes para ser de uso común. En este caso, si se puede coexistir, ¿para qué pelearse? Aunque no hay una guerra declarada entre uno y otro bando, hay quienes afirman que ante el futuro tan comprometedor que se vislumbra, esperar que el libro sobreviva se vuelve más bien un asunto suntuario, como externó el escritor mexicano Fernando Vallejo en la FIL de Guadalajara.

Sin embargo, existen otras posturas que suponen que pronto, la impresión será innecesaria para reproducir los contenidos escritos, sobre todo para reducir costos de transporte y distribución, y espacios de almacenamiento. Aunque sea posible que próximamente las editoriales descontinúen la producción de ciertos volúmenes para distribuirlos sólo en su forma digital, la mayoría de la gente seguirá durante un tiempo más o menos largo (al menos medio siglo) lejos del acceso de uno de estos dispositivos para lectura digital, los cuales por cierto no están aún muy popularizados.

Además, mientras sobrevivan sujetos que hayan conocido los libros de papel, será necesaria la reproducción de textos en tomos empastados con hojas de papel numeradas, y en esto la nostalgia de poder pasar las páginas, sentir el aroma que desprende a cada cambio y el tacto de sus delgadas láminas impresas en los dedos jugará un papel fundamental.

Si bien la tecnología penetrará cada vez más en esta práctica, la lectura no dejará de relacionarse con un paralelepípedo de papel y antes que con uno de plástico y cristal.

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Comments
2 Responses to “Adiós al papel”
  1. Dante Montaño dice:

    Sería muy bueno conocer cuantitativamente la producción de libros tomando en cuenta el crecimiento demográfico, pues si bien puede ser que la producción de libros se mantenga, mientras la población crece, estaríamos hablando de un decrecimiento relativo con tendencia a volverse absoluto. Otro caso: si la producción de libros crece, pero no se corresponde también con el crecimiento demográfico, también estaríamos hablando de decrecimiento relativo. Y una más: si la producción de libros disminuye, la cosa está bastante clara.

  2. Leticia Cervantes dice:

    Estoy de acuerdo, ya que si bien se dice es por cuestión ecologica la menor producción de papel, me gustaria saber si se ha considerado el impacto ecológico que puede resultar de tener un aparato con pantalla para leer, ya que este tendrá que ser electronico, el cual consume energía, baterías en su caso, (la cuales no hay cultura para desecharlas en nuestro País y en su mayoría son tiradas a la basura sin ningun control), y de algun modo ciertas emisiónes que si son multiplicadas por millones de usuarios, o bién se han impuesto esas compañías tecnológicas con sus intereses de millones de dólares de ventas ?

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