Séptima llamada


Por Alejandro Rodríguez*

Séptima llamada ….”Lo sentimos pero no tenemos ninguna investigación sobre la historia del deporte en México … ¿Por qué no habla a la Conade?”, me dice una investigadora del Colmex. ¿La Conade?, ¿la Conade? Pero si esa fue mi primera llamada al querer investigar para mi reportaje de los 200 años del deporte en México.

Conade, COM, CODEME, Instituto Mora, INAH, ESEF y hasta al condenado Centro atención Bicentenario tengo que recurrir sin respuesta alguna. “¿Por qué no habla al INAH? Seguro ahí hay investigaciones del tema”… “¿Y ya probó la Conade?” ….

El tiempo se acaba. En dos semanas más hay que entregar el reportaje. ¡El esperado reportaje!  A estas alturas es como estar de vuelta en la Facultad, en pleno final de semestre. Sí, largas noches, mucho café y también… sin nada escrito aún…

Pareciera como si a los historiadores no les interesara su deporte y el deporte no le interesara su historia. ¡Vaya combinación! ¿Qué acaso Chicha rito Hernández nunca se ha preguntado cuál fue su primer pariente en patear la condenada redonda en su estirpe de legumbres?, o acaso ¿Lorena Ochoa nunca se habrá puesto a meditar, en plenos pensamientos de la ducha, cuál habrá sido la primera mujer en jugar golf en México, y si está también habrá renunciado al juego porque las buenas costumbres anteponen la vida de una ama de casa?

¿Qué destino puede tener el deporte si no se conoce su historia? ¿Qué no le importa saber sus raíces? ¿Qué no es un fundamento básico tener memoria de su pasado?

La hora cero ha llegado, hay que entregar el reportaje. Las largas noches verán su fruto. El ansiado reportaje, por lo menos para mí, se verá publicado al otro día con ese adorable y peculiar olor a tinta fresca.

Surge lo inesperado. Cuauhtémoc Blanco, el querido Temo, en su presentación con el poderosísimo Irapuato de la grandiosa liga de Ascenso ha dicho que lo dará todo para ascender ¡al Veracruz! ¡Epa! A su ex equipo. Una nota peculiar, divertida, pero que exige un espacio extra en el periódico. “Tendrá que aguantar el reportaje de la historia en el deporte”, me dice mi editor.

“¿Qué?”, siento en el estómago un gancho como los que dio Paquiao al lastimado Margarito. Temo me ha hecho una de sus clásicas cuauhteminhas en frente de mi investigación. Otra vez la maldita declaración. Esa enfermedad de los diarios deportivos que llamamos “declaritonitis”.

Si tuviera que señalar a los mercenarios de mi profesión tendría que agregar la exigencias de las masas del deporte-espectáculo por información banal, la falta de reportajes profundos, el exceso de notas amarillas que rayan en un nuevo género que podría ser llamado como el “TV Novelas deportivo”, la poca preparación académica de mis colegas que se encuentran en los medios, la falta de crítica pura sin caer en pláticas banqueteras de aficionados y la nula investigación de los temas que se van a tratar.

Pero también se encuentra el sistema viciado que en vuelve el deporte mexicano. El futbol, como un deporte espectáculo que es más negocio que actividad física; la falta de una cultura física en la sociedad que impulse la atención mediática a otras disciplinas; la ausencia de claridad, transparencia y trabajo en común entre las federaciones deportivas; y la nula planeación de un programa integral del gobierno que impulse un verdadero plan de educación física en la sociedad.

El periodismo deportivo mexicano se encuentra muy cera de caer en el modelo español de un ejercicio profesional en donde una columna de un análisis de un partido de futbol ya no tiene diferencia entre la nota informativa del partido. En donde la información pura más parece la opinión de un aficionado más, sin un ápice de análisis y argumentos sólidos para sostener una tesis.

Textos entregados a defender el ideal de un interés comercial, un capricho editorial o en exaltar más ese negocio de los deportes-masas que se aprovecha del imaginario colectivo para vender cosas que nunca sucedieron en el terreno de juego.

Cada semana me encuentro con la batalla diaria de ganarle espacio a las notas del día. Es cierto que el espacio es una limitante terrible para los que queremos profesionalizar más esta rama del periodismo. Pero esa es la función del periodista deportivo. Darle una crítica a los eventos suscitados y buscar la denuncia social que se sobreponga a los intereses comerciales de los que manejan los hilos de este negocio rentable de los deportes-espectáculos.

¿Cómo? En la batalla diaria de buscar historias, hechos, datos, denuncias, argumentos válidos que vayan más allá de la conferencia de prensa, el boletín entregado o el simple resultado de una justa deportiva.

Después viene la segunda batalla, que es convencer a los editores en turno en que se puede introducir buenos reportajes entre un resultado de NFL o del futbol mexicano. Incluso en estas fuentes también hay ricas historias que contar, mucha denuncia que hacer y grandes reportajes que difundir.

Al fin y al cabo el deporte es un reflejo más de cómo es una sociedad. Un espejo ejemplar para mostrar efigies de problemas más profundos de nuestra realidad. Gran percha que no se puede desaprovechar.

La esencia del periodismo deportivo es contar esas batallas épicas de los nuestros, describir los momentos sublimes de los protagonistas de hoy en día y dar nota de los grandes resultados que retaron a la lógica. Pero también se encuentra el de darle al lector un periodismo de investigación que lamentablemente varias veces brilla por su ausencia.

No hay satisfacción más grande cuando uno ve publicado la historia del tataranieto de Miguel Hidalgo, quien es un ciclista como uno más en Dolores Hidalgo, el denunciar la poca utilización de los magnos espacios deportivos de la Ciudad de México o el detallar que el verdadero interés de la LPGA (gira femenil de golf de Estados Unidos) de aceptar a mujeres transexuales en sus competencias fue el de no perder la sede de California para sus torneos de golf, como el primer Major de año, el Kraft Nabisco Championship.

Nada como el poder contar la historia detrás de los nuevos pilotos mexicanos que romperán 30 años sin tener a un mexicano en la Fórmula Uno en el 2011, el cuestionarle de primera persona a Lorena Ochoa el porqué de su retiro pese a su juventud en un deporte tan longevo, el platicar con El Hijo del Santo en un país extranjero sobre su intención de llevar el legado de su legendaria máscara plateada y muchas historias y denuncias más.

Es cierto, hay muchas trabas. La falta de interés de lectores críticos que prefieren leer las metidas de pata del Temo, el poco espacio en las ediciones del día a día y el nulo tiempo para realizar reportajes de investigación. Así también un sistema corrupto de los organismos deportivos que no contribuyen a un crecimiento del deporte amateur y muchas más problemáticas.

Pero ese debe de ser el objetivo de todos los que quieren ser periodistas deportivos. Insisto. Una meta ambiciosa por darle un cambio la situación actual de esta fuente. Un paso grande para no convertirse en simple puentes a los intereses de los deportes masas. Un ideal por querer cambiar a los aficionados de ser solo eso: convertirlos de simples aficionados a aficionados críticos, conocedores de una realidad más completa de lo que están presenciando.

Y tal vez en un futuro tener a una sociedad en donde no haya la necesidad de hacer siete llamadas telefónicas para saber algo tan fundamental como la historia del deporte mexicano.

*Periodista de El Universal

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