El fin del futbol


Por Luis Lozano Cervantes

La realidad lleva a todo por ciclos que invariablemente tienen un comienzo e implican un fin, si no absoluto, cuando menos relativo, es decir, un cambio que rompa con lo que hasta entonces se venía realizando más allá de una simple inflexión.

Hace poco durante una entrevista, el politólogo Manuel Quijano se refería al fenómeno de la historia pendular como un proceso inevitable, aunque poco conveniente que puede llevar a un regreso al punto de partida. Sin embargo, a veces pudiera ser no tan inconveniente. Expliquemos.

De hace unos años, serán entre 25 y 30 aproximadamente, el futbol comenzó un proceso de comercialización desmedido, donde los intereses económicos, presentes desde el inicio, empezaron a salir a flote con mayor impulso que antes y tomaron un papel cada vez más importante allá donde las cosas habrían de dirimirse a patadas y no con billetes.

Si bien es cierto que desde siempre se ha visto la influencia de factores ajenos a lo deportivo en el desarrollo del juego (Italia 34 es quizá el mejor ejemplo), éstos se vinieron a multiplicar ya casi a finales del siglo anterior. En alguna ocasión, el arquero del América de los 80, Héctor Miguel Zelada comentó que habría deseado haber nacido (y pedirle a su madre que lo pariera) unos años más tarde, cuando comenzaron en México los contratos millonarios.

Esta entrada de intereses económicos llevó a que se perdiera ese amor al juego y se estimulara el amor al dinero: los jugadores, muchos que no todos, dejaron de sentir los colores de una institución y sólo juegan para quien les ofrezca el mejor salario.

Y esta transformación provocó otro giro importante y que ha impactado seriamente en el juego en sí. Dice Jorge Valdano en una entrevista con Ariel Scher que el futbol moderno, basado más en los aspectos físicos que en los técnicos ha hecho mediocres a los buenos y buenos a los mediocres, es decir, que actualmente resalta un jugador más por su físico prominente o su gran velocidad que por su verdadera capacidad para manejar la bola. La cultura capitalista ha participado de ello: más es mejor, y para saberlo, que se cuantifiquen los jugadores.

Y aunque no es del todo cierto, pues se sigue valorando la elegancia, lo que sí ocurre es que los jugadores de ahora padecen más lesiones que antes debido a la alta exigencia que viven en los entrenamientos con el afán de aumentar sus potencialidades físicas y su rendimiento en ocasiones hasta en tres partidos en siete días.

Estos dos aspectos, la mayor injerencia de factores extradeportivos y presiones en los jugadores así como la exigencia física extenuante, llevarán de a poco al juego, si bien no a desaparecer como tal, pues como dice Juan Villoro, contra ello ha generado anticuerpos que defienden la esencia del futbol contra el mercado, al menos sí a un estadio tal en que deje de ser rentable como negocio.

Así como van las cosas, pronto la fatiga y las lesiones terminarán más rápidamente con la carrera de los jugadores y disminuirán la ya de por sí devaluada calidad del espectáculo, mermada a la vez por las presiones económicas que llevan a los directores técnicos a jugar la mayoría de las veces en busca del resultado positivo, sacrificando muchas veces el buen juego, semejante a lo ocurrido en el Mundial pasado.

A la larga, este juego dejará de servir como espectáculo comercializable. Ante tantas desavenencias provocadas sobre todo por el mismo manejo que se hace del juego como una empresa y no como una actividad recreativa, el futbol será desplazado por alguna otra práctica que sirva igualmente para generar tantos millones a unos pocos. Quizá será entonces cuando la pelota siga rodando impulsada nuevamente (y sólo) por su verdadero y más honrado motor: la pasión.

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