La redención de Salinas


Francisco Javier Montaño

El pasado 11 de diciembre, el ex presidente Carlos Salinas de Gortari dio presentó su libro Democracia Republicana, ni Estado ni mercado: una alternativa ciudadana. Como el título lo indica, el ex presidente realiza, en 959 páginas, una crítica tanto al neoliberalismo como al intervencionismo en la economía para proponer una revitalización del escenario político a través de la “lucha cotidiana, la participación organizada y el compromiso colectivo. A fin de cuentas, la sociedad civil es donde las relaciones sociales hacen la sustancia de la política nacional”.

De acuerdo a El Economista, “la alternativa sugiere que el ciudadano organizado obligue al Estado a responderle, a cumplir. Para eso es necesario que la política sea una función de la sociedad. Un pueblo inconsciente y pasivo no puede tener un gobierno efectivo. Se trata de pasar a los individuos que sólo votan y consumen a los grupos de ciudadanos que participan, se organizan y transforman su realidad”.

En Democracia republicana, ni Estado ni mercado: una alternativa ciudadana, Salinas lanza críticas contra el neoliberalismo de Ernesto Zedillo y Vicente Fox, el neopopulismo y el desdén por las leyes de Andrés Manuel López Obrador; denuncia el espionaje pagado por la CIA de Sergio Aguayo, a quien tacha de intelectual orgánico junto a Lorenzo Meyer, Enrique Krauze, Jorge Castañeda, Carmen Aristegui, Denisse Dresser y Miguel Ángel Granados Chapa.

El nuevo libro de Salinas es un intento por redimirse ante la sociedad, por aparecer en el escenario público con una reputación creada por sí mismo. No se presenta ni como neoliberal  ni como proteccionista, sino que casi adquiere el papel de activista social. Ataca a diestra y siniestra sin realizar la autocrítica que la historia le reclama.

Por eso conviene recordar lo hecho por Salinas durante su mandato como presidente, del 1 de diciembre de 1988 al 1 de diciembre de 1994, cuando entregó la banda presidencial a Ernesto Zedillo.

Para empezar, Salinas llegó a la presidencia a través de elecciones de dudosa legitimidad y transparencia, como confirma Martha Anaya en 1988: el año en que calló el sistema. Ante el intenso apoyo ciudadano que respaldaba a Cuauhtémoc Cárdenas en las urnas, candidato del Frente Democrático Nacional (FDN),  la Comisión Federal Electoral esgrimió la famosa “caída del sistema” de cómputo para registrar votos del interior de la República. Salinas fue un presidente ilegítimo, él mismo lo reconoció.

En 1990, con la privatización de empresas públicas en auge, Salinas vendió Teléfonos de México a Carlos Slim a precios irrisorios, la transacción era tan rentable que se pagaría en sólo tres años, Slim decidió apresurarse y subió las tarifas; todos conocemos el resto de la historia: Slim se convierte en multimillonario considerado regularmente en las listas Forbes.

Quizás el hecho más importante del sexenio salinista es la firma del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN) que, entre otras cosas, posibilitó inversión extranjera en energéticos, puso a los agricultores mexicanos en tremenda desventaja y progresiva desaparición ante las importaciones alimentarias estadunidenses, eliminó barreras arancelarias a productos extranjeros entre otras características. En resumen, el TLCAN es la firma de la dependencia mexicana ante Estados Unidos.

Por otro lado, Salinas reprimió, como varios antecesores presidenciales, movimientos sociales de ciudadanos organizados como el EZLN o el recién fundado PRD; persiguió a periodistas inconformes con sus decisiones, primando siempre la versión de los consorcios mediáticos predominantes ¿Cómo es que ahora viene a ensalzar lo que él mismo contribuyó a destruir?

La situación actual del país, como bien se sabe, no puede ser atribuida a un solo gobierno o persona. Problemas como la política económica, la corrupción, el narcotráfico, el desempleo, la falta de legitimidad de los gobernantes frente a sus gobernados, la represión, asesinatos de periodistas y activistas incómodos, y un largo etcétera de preocupaciones en la vida pública de México no son culpa sólo del PAN, PRI, PRD; menos de Felipe Calderón, Carlos Salinas o Andrés Manuel López Obrador. Que nadie aporte soluciones con resultados tangibles es otra cosa.

Conclusiones finales: ¿Cómo es que critica al neoliberalismo después de que él mismo firmó unos de los tratados que más han sumido a México en dependencia disfrazada de sociedad económica? ¿Cómo critica el desprecio por las leyes cuando él llegó a Los Pinos a través del fraude? Pero más grave ¿Cómo se atreve a pedir que las iniciativas ciudadanas a las que tanto perjudicó surjan otra vez? ¿Se refiere al EZLN cuando habla de iniciativa organizada? ¿o sólo pretende burlarse de la sociedad mexicana, aprovechando la trillada desmemoria histórica de la que los mexicanos supuestamente adolecemos?

 

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