Ciudadanía y escuela en México


Por Zedryk Raziel

 

Porque, queramos o no, la democracia está enferma,

gravemente enferma, y no es que yo lo diga, basta mirar el mundo.

JOSÉ SARAMAGO, Democracia y Universidad.

I. Ciudadanía

La importancia de la ciudadanía está dada por la importancia misma de la Democracia. Entendida por Norberto Bobbio en íntima relación con la libertad y la igualdad, la democracia demanda individuos capaces –y facultados– para debatir, establecer consensos y elegir. El fundamento de una democracia, dice Israel Galán Baños, es el “ciudadano activo, gobernante”, que conforma en sí mismo una autoridad competente y responsable. En su condición de sujeto libre e igualitario, el ciudadano acepta la autonomía individual, “siempre y cuando ésta se asiente en la capacidad de juicio, en la aceptación de la responsabilidad pública y en el ejercicio de la organización de la pluralidad”.[1] La ciudadanía, pues, adquiere importancia como cualidad, no como sustantivo retórico, no como mero conjunto de “ciudadanos”.

En la definición de ciudadanía, abundan las referencias a competencias y disposiciones personales que debe satisfacer el ciudadano para ser considerado como tal. Según Yolanda Meyemberg, “la idea de ciudadano parte de una disposición de la personalidad en cumplimiento de ciertos atributos”: conciencia, libertad, autonomía y capacidad para tomar decisiones propias, negociar soluciones, establecer normas de comportamiento y asignar tareas que conciernan al desarrollo de la vida pública.[2] En la conformación de la ciudadanía subyace, sobre todo, el imperativo de la “convicción ética” como base de la confianza entre las partes de una comunidad. Así, “un buen ciudadano tendrá que ser útil a sus conciudadanos, estar dispuesto a participar en asuntos públicos, ser honesto, probar su integridad y acatar la ley”.[3] En resumen: participación responsable.

No es posible la Democracia sin ciudadanos. Pero el acceso a la ciudadanía se encuentra restringido en la medida en que los individuos deben adquirir primero ciertas competencias y cualidades. La edad es la más flagrante de tales restricciones, auspiciada por la suposición de que, a partir de determinado momento de su vida (una vez superada la turbulenta adolescencia), el sujeto alcanza relativa madurez ideológica y la disposición de atender a su entorno social. En México, al cumplir 18 años se es legalmente susceptible de ser considerado ciudadano. Digo “susceptible” porque los atributos que constituyen la ciudadanía no son consecuencia automática de la “mayoría de edad”. El reconocimiento de los derechos de los otros, o la evaluación crítica del desempeño de funcionarios públicos, por ejemplo, son competencias que precisan educación. Cabe preguntarse, pues: ¿cómo…, dónde se aprende a ser ciudadano?

De acuerdo con Israel Galán, en la tarea de construir ciudadanía intervienen instituciones cruciales: por una parte, la familia, la escuela y los medios de comunicación como instancias transmisoras de valores y pautas culturales, y participantes de la creación del ideario colectivo; por la otra, los partidos políticos como entidades que proceden de la ciudadanía –conjunto de ciudadanos– y que “cuentan con acceso al ejercicio del poder público en los órganos del Estado”, además de la posibilidad de gestionar el financiamiento público para organizar a la sociedad y fungir como “escuelas para la educación ciudadana y lugares fundamentales para el ejercicio del poder”.[4]

Eso, en el plano normativo. En México, mientras los partidos políticos apelan a la participación y la democracia (formal) sólo en coyunturas electorales, y los medios de comunicación negocian políticamente el servicio público a cambio de concesiones que favorezcan la perpetuidad de su duopolio, y mientras las familias son asoladas por el infinito riesgo de desempleo, la estrechez de recursos y una categórica desconfianza motivada por el abandono institucional y la violencia incendiaria; mientras todo esto ocurre en México, la escuela pública parece (pero quizá no tanto) el espacio más apropiado, el único, para la educación ciudadana.

En su ensayo Universidad y democracia, José Saramago escribió: “La universidad es el último tramo formativo en el que el estudiante se puede convertir, con plena conciencia, en ciudadano; es el lugar de debate, donde, por definición, el espíritu crítico tiene que florecer: un lugar de confrontación […]”. La plena conciencia. No es gratuito, pues, que en incontables países se juzgue la edad de 18 años, o un poco más, como la más adecuada para ejercer el voto e ir a la universidad. “No se trata sólo de instruir, sino de educar –dice Saramago–. Y, desde dentro, repercutir en la sociedad. Aprendizaje de la ciudadanía, eso es lo que creo sinceramente que falta. Porque, queramos o no, la democracia está enferma, gravemente enferma, y no es que yo lo diga, basta mirar el mundo”.

 

II. Ciudadanía, escuela y México

Basta mirar México. El lunes 8 de noviembre, el diario El Universal difundió un reportaje[5] en que alertó de la crisis financiera (“insostenible”, “muy crítica”) que padecen 21 de 33 universidades públicas por falta de recursos para pagar pensiones y jubilaciones. Y si al problema de financiamiento se suma el de la falta de reconocimiento de los profesores, la politización de la asignación de presupuestos –lo cual genera tensiones entre rectores y gobernadores– y el hecho de que la violencia y la inseguridad afecta los entornos universitarios –particularmente en Ciudad Juárez–, resulta justificado que tanto rectores como investigadores adviertan del peligroso riesgo de que las universidades públicas sean como “bombas de tiempo”, un estruendoso “coctel explosivo”.

Javier Sánchez Carlos, rector de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, sostiene que “si no se logra en el mediano plazo abrir más oportunidades educativas, los problemas sociales se agudizarán. Debemos darles mayores oportunidades a los jóvenes, no sólo en el plano educativo, sino también en el social”. ¿Pero por dónde empezar? ¿Por dónde, cuando la universidad, la escuela, no es un sistema cerrado, y en ella repercuten, implacablemente, los malestares de su contexto, que a menudo reproduce y consolida? Comenzar por la sociedad parece lógico… ¿Y? Saramago invoca a la escuela como el espacio para “repercutir en la sociedad desde dentro”, produciendo conciencias que posteriormente serán útiles a su sociedad, y que ejercerán cargos públicos con una perspectiva humanista, y tomarán el lugar de sus profesores para prolongar la enseñanza de la ciudadanía, y promoverán la ciencia y la técnica, y serán mejores padres y vecinos y trabajadores… ¿Pero qué hacer cuando, mientras tanto, cientos de miles de jóvenes mexicanos, aunque estudian la universidad, pueden ver frustradas sus aspiraciones?

Las universidades públicas están en crisis. Y, no obstante, hay otro problema desconsolador: la educación básica y media también están en crisis. “Todo es un bloque homogéneo y coherente –dice Saramago–. A la universidad tendrían que llegar alumnos instruidos y educados.” Pero vemos que, con trágica frecuencia, en nuestro país no ocurre así. La universidad es sustancial en tanto que último peldaño del aprendizaje consciente de la ciudadanía. Pero la enseñanza ciudadana no es tarea para un único nivel educativo (ni siquiera para una sola de las cuatro instancias fundamentales de formación), donde, por lo demás, ingresan sólo 2.8 millones de alumnos.[6]

Lo importante es observar si el problema de la educación –en todos los niveles– ha sido un “error operativo” de los objetivos democráticos del gobierno federal, o un deliberado medio para servir a un deplorable fin mayor.

De acuerdo con Israel Galán –que escribió su obra Ciudadanía, base de la democracia en los primeros tiempos del gobierno de Vicente Fox, periodo de “alternancia” que le pareció una flamante oportunidad para el ejercicio de la Democracia luego de 70 años del gobierno autoritario priista–, “no ha sido propósito del Estado, ni de su aparato educativo, la formación de ciudadanos libres, autónomos, críticos, con capacidad para gobernar y no sólo para obedecer; todo lo contrario”.[7] El “Estado burocrático-corporativo”, aparecido en México en la década de 1930, “ahogó” la iniciativa ciudadana. Según Galán, el objetivo principal de los gobiernos priístas fue formar corporativos y sectores con regulaciones jurídicas y políticas que ataron a los individuos al aparato estatal. En cuanto a la “educación cívica”, que la hubo –hasta el sexenio de Luis Echeverría–, constituyó otro medio que hizo mucho menor énfasis en la formación de una cultura política democrática que en el fomento de un nacionalismo feroz: fechas, próceres, símbolos patrios.

 

En México, participar es votar

Situados ya en el contexto de los gobiernos panistas, cuando toda expectativa de un auge imparable de formación ciudadana resulta más bien terca, es posible apreciar la continuidad de una política que –descompuestos los partidos políticos, coludidos los medios de comunicación y perturbada la vida familiar, su trabajo y su seguridad– pretende divorciar a la escuela de su función como constructora de ciudadanía.

Para Gabriel Vargas Lozano, coordinador del Observatorio Filosófico de México, la Reforma Integral de la Educación Media Superior (REIMS), que implementó la SEP a finales de 2008, forma parte de la “estrategia neoliberal” puesta en marcha en el país desde 1982 y observada tanto por los gobiernos priistas como por los panistas.[8] Con objeto de llevar a cabo una “reforma educativa tecnocrática y eficientista basada en el método de competencias”, la SEP ordenó que la enseñanza media superior ya no contemplara como obligatorias ni el área de humanidades ni las asignaturas filosóficas.[9] ¿Las razones? A fin de impartir instrucción para el mercado de trabajo (argumentando la “poca rentabilidad” de los jóvenes en el ámbito laboral), “las autoridades” han eliminado las humanidades y la filosofía de la formación de los individuos con la finalidad de propiciar su integración “acrítica, alienada y mecánica” al modo de trabajo que requieren la globalización y el neoliberalismo.

Vargas hace una afirmación retórica: la filosofía y las humanidades permiten “la conformación de una mente libre, creativa, dispuesta a debatir y dialogar racionalmente sobre los grandes problemas sociales” que anegan no sólo a nuestro país. Eso contribuye a la formación ciudadana. En ese sentido, Vargas aparenta no comprender cuál es la justificación de que se hayan marginado aquellas asignaturas, cuando en el fondo sabe que precisamente por su capacidad de ciudadanización merecieron desaparecer; cuando en el fondo sabe que, en el orden económico mundial imperante, no se procura solucionar los problemas sociales, si éstos incluso son consecuencia de ese orden y garantizan su vitalidad.

 

III. Fisuras afortunadas

La enseñanza de la ciudadanía, en la escuela, no sólo es posible en la asignatura de Civismo. Reincorporada a los planes de estudio de educación básica a mediados de la administración de Felipe Calderón, la educación cívica dejó de impartirse formalmente desde la reforma educativa planteada en el gobierno de Luis Echeverría, en 1972. Durante más o menos 35 años, en las escuelas primarias no se habló (“formalmente”, insisto) de civismo. Y no obstante, tras el terremoto de 1985, aun cuando ya habían transcurrido 13 años desde la eliminación de aquella asignatura de los planes de estudio básico, la sociedad mexicana dio muestras de ejercicio ciudadano al organizar ella misma –ante un aparato estatal prácticamente paralizado– las operaciones de rescate y, posteriormente, de reconstrucción. Sin duda, una plausible señal de que, “a falta” de la escuela, otras instancias de formación ciudadana continuaron con su función.

Hay incontables ejemplos de participación ciudadana en la historia de México: movimientos campesinos, obreros independientes, colonos y, más recientemente, las manifestaciones de estudiantes de las universidades de Ciudad Juárez y Guadalajara, y la celebración de elecciones vecinales en la Ciudad de México. ¿Cómo se explican esos brotes de ciudadanía en medio de una “democracia enferma”? Existen dos razones; la más importante: nunca se deja de aprender pequeñas lecciones de ciudadanía; la segunda: la “enfermedad” de la democracia (ese estado en que las últimas garantías democráticas se ven amenazadas) motiva a practicar aquel aprendizaje constante, aunque imperceptible.

Pequeñas lecciones. Fuera incluso de las instancias de formación ciudadana relativamente en crisis –la familia, la escuela, los medios de comunicación y los partidos políticos–, se encuentran la sociedad y los individuos –que, probablemente, no puedan ser llamados ciudadanos– como quinto espacio de educación, donde se observa cotidianamente el ejercicio de la solidaridad, la honestidad, la amistad, el noviazgo noble, el trabajo entregado…, pese a todas las vicisitudes. Lo que falta, en un contexto tan abrumador como el de nuestro país, es hacer notar esas lecciones mínimas como aprendizajes reales, y no como “cosas que pasan”, naturales cosas de la vida. Falta que el alumno de primaria sea consciente de que tener amigos es un aprendizaje, y que obsequiar (o recibir) un dulce también lo es.

Por desgracia, en la educación media y superior esta práctica no funcionaría. Por lo pronto, en la universidad, una aportación más florida a la Democracia concierne a los 2.8 millones de estudiantes que cursan la fase última de la formación ciudadana. Los 10 millones que desde hace un tiempo quedaron al margen, deberán buscar otra vía para la construcción democrática a fin de que esa transformación repercuta en sus oportunidades educativas. La transformación social es geológicamente lenta; tal vez los cambios ocurran cuando la edad universitaria los haya abandonado. Así tendrá que ser, mientras. Hasta que los estudiantes hagan su labor obligada.

 

 

 

 

 

Referencias

1.       Gabriel Vargas Lozano, “La SEP y la eliminación de las humanidades”, La Jornada online, Dirección URL: http://www.jornada.unam.mx/2010/06/29/index.php?section=politica&article=022a2pol, [consulta: 10 de noviembre, 2010].

2.       Israel Galán Baños, Ciudadanía, base de la democracia, Editorial Miguel Ángel Porrúa, México, 2003.

3.       José Saramago, Democracia y Universidad, Editorial Complutense-Foro Complutense, Madrid, 2010.

4.       Nurit Martínez, “Universidades públicas son ‘bombas de tiempo’, alertan”, El Universal, p. A22-A23.

5.    “En el ciclo 2008-2009 y a nivel nacional, las instituciones universitarias en su conjunto atendieron a poco más de 2.8 millones de alumnos”. “Educación superior”, www.abcuniversidades.com, [consulta: 10 de noviembre, 2010].


[1] Anthony Giddens, cit. por Israel Galán Baños, Ciudadanía, base de la democracia, Editorial Miguel Ángel Porrúa, México, 2003, p. 91.

[2] Yolanda Mayemberg, cit. por ibíd., p. 79.

[3] Mayemberg, Ibíd., p. 80.

[4] Galán Baños, ibíd., p. 23.

[5] Nurit Martínez, “Universidades públicas son ‘bombas de tiempo’, alertan”, El Universal, p. A22-A23.

[6] “En el ciclo 2008-2009 y a nivel nacional, las instituciones universitarias en su conjunto atendieron a poco más de 2.8 millones de alumnos”. “Educación superior”, www.abcuniversidades.com, [consulta: 10 de noviembre, 2010].

[7] Galán Baños, op. cit., p. 106.

[8] Gabriel Vargas Lozano, “La SEP y la eliminación de las humanidades”, La Jornada online, Dirección URL: http://www.jornada.unam.mx/2010/06/29/index.php?section=politica&article=022a2pol, [consulta: 10 de noviembre, 2010].

[9] Años antes, se había descartado la historia prehispánica de los planes de estudio, mientras que las habilidades en asignaturas básicas, como lectura y matemáticas, alcanzaron pésimos niveles. Ver: Javier Aranda Luna, “La reforma de los bárbaros”, La Jornada online, Dirección URL: http://www.jornada.unam.mx/2009/04/29/index.php?section=opinion&article=a09a1cul

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