La significación: una aventura


Por Abigaíl Mancilla

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes”. Así inicia el capítulo 68 de Rayuela, considerada por muchos la obra maestra de Julio Cortázar  y una novela cuyo discurso rompe con las prácticas habituales de los lectores, introduciéndolos a un mundo de fantasías ilimitadas.

La posibilidad anterior radica en la creación de un lenguaje especialmente particular ideado por Cortázar a través del cual cuenta de manera prodigiosa la historia de dos amantes. Este lenguaje es conocido como glíglico y podría entrar dentro de definición de idiolecto[1].

Para muestra únicamente basta echar un vistazo al fragmento que da entrada a este texto. Palabras como amalaba, noema e hidromurias carecen de un significado preciso, no se encuentran en los diccionarios, fueron creadas con una precisa intención por parte del autor: mantener un juego constante con todo aquel que se arriesga a tomar un texto suyo en sus manos

En este sentido, en el capítulo 68 de Rayuela su autor brinda al lector una increíble oportunidad de llevar a cabo el proceso de significación de una manera tan individual y personal que resulta prácticamente fascinante, lo  que nos lleva irremediablemente a cuestionarnos: ¿Cómo podemos comprender el significado global de la obra si hay fragmentos de la misma compuestos en su totalidad por palabras desconocidas? (entiéndase el capitulo 68).

El caso anterior no es único en su tipo. Cortázar no es el primero en generar una especie de lenguaje individual. A lo largo de la historia de la literatura se han escrito diversos textos compuestos por palabras que extraídas de su contexto resultan construcciones arbitrarias.

Tales obras reciben el nombre de jitanjáforas y aunque son pocos y seleccionados los textos de este tipo, existen casos representativos, como el capítulo 68 de Rayuela o  el poema  Jabberwocky de Lewis Carrol,  incluido en su obra Alicia en el país de las maravillas. Cada uno de estos textos representa una importante oportunidad para el lector.

Dentro de los casos antes mencionados, en el proceso de significación que realiza el lector con el propósito de interpretar los textos ocurre un fenómeno al que Teun Van Dijk, denomina gramática del texto. Van Dijk explica que si bien hay palabras cuyo significado ignoramos, es posible comprender el sentido de un texto únicamente relacionando la estructura que lo compone al contexto en el que se encuentra inmerso.

Para Van Dijk la asignación de significados no se realiza de manera arbitraria, sino que dependen en gran medida de la visión del mundo del lector pero sobre todo del sentido global de la obra, es decir, que si bien hidromurias no tiene un significado preciso (ya que puede referirse a una enfermedad contagiosa o un animal exótico), comprendemos que su significado debe estar ligado al contexto de amor y pasión que se maneja en la obra debido a la historia de la que se trata.

 

La Rayuela de Cortázar (Imagen: Fligoo.com)

Por lo tanto,  al momento del proceso de significación, el lector tratará de que sus significados coincidan con el contexto general de la obra, a pesar de la libertad de interpretación que el autor le otorga.

He aquí precisamente la belleza de este tipo de discursos. El glíglico de Cortázar y jitanjáforas como la de Lewis Carrol, han logrado lo que ninguna otra clase de discursos ha podido hacer: otorgarle al lector una posibilidad interpretativa, limitada únicamente por nuestra propia mente.

Y es que no existen aplicaciones sociales para palabras como hidromurias en el caso de Cortázar, ni para giroscaban o borogobios del Jabberwocky de Carrol. Los mundos posibles de Cortázar y de Carrol son mundos que se construyen desde nuestro propio interior.

La pregunta a la que estos textos responden, el secreto que esconden es precisamente la libertad de conformar un propio secreto, no de dar respuesta a la pregunta, sino de generar una propia pregunta y darle respuesta, ya que como bien establece la llamada teoría de la recepción:

“La obra literaria más efectiva es la que lleva al lector a un nuevo conocimiento crítico de sus códigos y expectativas. Más que concretarse a reforzar nuestras percepciones dadas, la obra literaria valiosa viola o trasgrede esas formas normativas de ver cosas”[2].

Cortázar y Carrol son expertos en violar y trasgredir las formas normativas de ver las cosas. “Amalar un noema” y “un conejo que tiene prisa por llegar a tiempo” son hechos particulares que sólo pueden ocurrir en la cabeza de estos dos personajes y en la de todos aquellos lectores lo suficientemente valientes para arriesgarse a aceptar las consecuencias.

Si tal como dice Van Dijk, “un mundo posible es todo lo que es el caso”, hagamos entonces que el mundo en que vivimos sea un tal mundo diferente, por lo menos en el de nuestra imaginación.

Autores como Cortázar nos entregan una completa libertad de interpretación que, a pesar de estar en ciertos momentos condicionada por el contexto de la historia, no deja de ser libre.

Esta situación representa al mismo tiempo una trampa maestra, pues ambos autores saben de antemano que no todos serán capaces de comprender y superar el reto impuesto; pues tal como Eagelton Iser nos dice en su libro Introducción a la teoría literaria, “sólo puede ser buen lector quien ya es de antemano liberal: el acto de leer produce un tipo de sujeto humano que ya da por denotado (…). Todo lo concerniente al sujeto lector se pone en tela de juicio en el acto de leer, excepto la clase de sujeto a la que pertenece”[3].

Los mundos posibles de la lectura son infinitos y en este caso la posibilidad de interpretación se vuelve ilimitada, un juego fascinante en el que el emparejamiento de sonidos a significados y el paso de estructuras superficiales a estructuras profundas pasa a ser mucho más que cuestión de simple competencia para transformarse en una cuestión de intuición.

Si el lector cubre huecos, saca inferencias y pone a prueba sus presentimientos con cada nueva obra, estos textos llevan al límite de la aventura el proceso de significación. Las palabras entonces se convierten en paradigmas de oportunidades, la oportunidad de hacer propia la obra en un nivel mucho más profundo.

Cortázar lo dice: “yo en realidad no tengo nada que ver conmigo mismo” y quizá creyera que tampoco con sus textos. Por lo tanto, con este nuevo lenguaje  y en especial con Rayuela pretendió dar al lector un regalo, la posibilidad de tener algo que ver con un “yo” que se enuncia de una forma sumamente particular, a través de un lenguaje cuyo código parecería no estar regido por ninguna ley más que la de quebrantar todas las reglas posibles, tal como lo hace cualquier discurso que se llame a sí mismo arte.

Bibliografía:

Van Dijk, Teun, Estructuras y Funciones del Discurso. Siglo XXI Editores, México DF, 1989.

Eagleton, Terry. Una Introducción a la Teoría Literaria. Fondo de Cultura Económica. México DF, 1998.


[1] En La Aventura Semiológica, Roland Barthes retoma a autores como Martinet y define el idiolecto como el lenguaje en tanto hablado por un solo individuo, lo que se entiende como una apropiación sumamente particular que hace un individuo del lenguaje.

[2] Van Dijk, Teun. Estructuras y Funciones del Discurso.  p. 28.

[3] Terry Eagleton. Una introducción a la teoría literaria, p. 101.

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