Predicciones


Por Luis Lozano

La predicción del futuro es un anhelo humano. Desde mucho tiempo atrás, poder adivinar lo que va a ocurrir con suficiente tiempo de antelación y con la menor cantidad de indicios se ha considerado una capacidad sobrenatural y un don que sólo reciben los elegidos. De hecho, aquellos que por alguna u otra razón han acertado en ciertas predicciones se vuelven, al tiempo, objeto de admiración y fuente de consulta.

A pesar de lo necesario o al menos conveniente que podría llegar a ser la facultad de predecir el devenir, aún no se cuenta con un protocolo definido para anticiparse a los sucesos. Aunque las ciencias suponen ofrecer una vía para la predicción que se obtiene con estricto rigor metodológico, sus vaticinios terminan por no ser totalmente seguros. Ello ha llevado a una decepción igualmente estricta: al primer yerro, por mínimo que sea, se les reprocha su falibilidad, como si haber seguido su consejo hubiera resultado doblemente pernicioso.

En ese sentido, las artes oscuras, las técnicas ocultas y el desvarío de atinar el devenir gracias a la facultad clarividente que provee un accidente grave llevan la ventaja respecto de las demostraciones experimentales con factores controlados y registros precisos que proveen las ciencias. Se confía más en lo que cuesta menos esfuerzo pero es más capaz de asombrar.

Hace un mes se presentaron los resultados de una encuesta sobre confianza en las formas de alivio. Extrañamente las respuestas reflejaban que los mexicanos depositan mayores esperanzas en la medicina mística e inexplicable que en la científica pero incomprensible. Esto tiene una explicación más o menos lógica: a pesar de los tratamientos de medicina alopática de avanzada, la gente se sigue muriendo. Aunque nadie haya dicho que la ciencia evitaría los fallecimientos, queda claro que la complejidad popular para comprender la medicina la convierte en un asunto más esotérico que las curas con tintas de castor y los chamanismos.

Por enumeración imperfecta, el resto de las ciencias termina descartado como forma de predicción. Además, algunas se han vulgarizado de tal modo que cualquiera cree poder ejercerlas sin mayor preparación. A causa de ello, se desconfía con más razón de ellas.

 

no se sabe si sacar la gabardina o el abrigo ligero... (ciudadanosenred.org.mx)

Un caso ejemplar ocurre con la predicción del tiempo atmosférico que se hace pública en los medios informativos. Basada presuntamente en reportes meteorológicos obtenidos con la más avanzada tecnología, los anuncios de lluvia en el noticiario de la mañana terminan por ser considerados como una mera sugerencia. Así, cuando se advierte de un día lluvioso, no se sabe si sacar la gabardina o el abrigo ligero, por eso de que “no siempre aciertan”.

Hace un par de años, en 2009, al inicio se preveía un año por demás lluvioso, luego de que el 2008 nos había regalado varios meses de tempestades abundantes. Sin embargo, cuando llegó abril y las temperaturas eran más bien elevadas y el tiempo seco, hubo de aceptarse que las ciencias, y no los intérpretes, también se equivocan. El positivismo se derrumbó ante la incredulidad de un mayo completamente seco: las leyes habían quedado como letra muerta.

Harto de los desatinos de los “meteorólogos” de la tele y de las imprecisiones de la “chica del clima” (tolerable muchas veces sólo por su atuendo ligero), un tío terminó por importar un sistema eficaz aunque inexplicable. En el campo, decía, se sabe cómo va a ser el año según sea enero, proclamó entonces. Al explicar su “método”, popularmente conocido como las cabañuelas, mostró que al menos hay algo de ciencia: enero termina dividido en múltiplos de 6 con tal de formar grupúsculos de 12, como los meses del año, de modo que se toman los primeros 24 días en pares de 12, los siguientes seis a mitades y el último se divide en pedazos de dos horas.

La idea de momento parece sensata, pero luego de un poco de reflexión sale a flote lo descabellado del asunto. Al intentar seguir este método los primeros 18 días del año, se arrojan más o menos conclusiones como que el mes de julio de este 2011 será algo frío, o que durante noviembre se sentirá calor muy parecido al del verano de fines de septiembre. Además, todo parece indicar que sólo lloverá hacia el final del año, por ahí de octubre, y que diciembre será parcialmente frío, con o sin “cielo despejado a medio-nublado”.

Aunque la efectividad de las cabañuelas, afirma mi tío, está comprobada en el campo, el tiempo en la ciudad, afectado notoriamente por causa de la contaminación y el cambio climático, resulta bastante impredecible. Incluso hay momentos en que no se sabe si las nubes oscuras son por lluvia o por smog, o si el calor se debe al sol de la mañana o el tránsito vehicular desmedido.

De momento, los pronósticos “meteorológicos” no han estado tan desatinados. Pese a todo, mi tío ya los mandó al cuerno, y sigue confiando en las cabañuelas.

 

 

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Comments
One Response to “Predicciones”
  1. Ixx dice:

    ¡Oh! Imaginé una visión intensa sobre nuestra (in)capacidad de predecir, la angustia que ello provoca, los sueños anticipatorios. Pero ¡qué es eso de hablar del tiempo! ¡Vaya desenlace! No logro identificar tu punto de vista.

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