A veces me gustaría matarle


Por Mitzi Vania

A veces me gustaría matarle; comprar un revólver, revisar que está cargado, dormir a su lado con el arma entre las cobijas sin que el metal toque su piel: de tan helado podría despertarle.

Entonces puedo verme empuñando, sujetando casi con fiereza pero cautelosamente la pistola a mi costado izquierdo (del lado de la cama en que duermo). No puedo conciliar el sueño.

Mastico mentalmente lo que deseo hacer…lo que haré.

"Cuerpo inerte cerca de line", Gerardo Montiel Klint

2:34 am dice el despertador, que gritará dentro de cinco horas.

Es el momento idóneo.

Sudo gotas grandes. Estoy por realizarlo. Comienzo a dudar, pero no. Me convenzo de que tengo los motivos suficientes y he esperado demasiado tomando valor y decidiéndolo.

Se ha movido el cuerpo somnoliento de mi pareja. Mi pensamiento es tan fuerte y redundante que en mi alteración nerviosa creo que lo percibe y por eso ha dejado de estar inmóvil.

Me volteo de repente y en un solo movimiento rápido, ágil. Ahora estoy boca abajo en la posición que antes usaba cuando quería abrazarle, pero esta vez no es para demostrarle amor porque lo hago. El revólver que tengo en mano está a más o menos tres centímetros de su nuca.

Suena el despertador a deshora; a penas han pasado diez minutos desde la primera vez en que vi los números rojos del aparato eléctrico de plástico.

Se ha despertado.

En el buró izquierdo está el reloj que acaba de desatar escándalo. Tengo miedo de que deje de dormir. Quiero esconder el arma, girarme hacia mi lado teniéndola cubierta con mis manos debajo de las sábanas y no a la altura de las almohadas y su cabeza. Pero no puedo. Mi brazo no responde a mis deseos.

Se mueve poco a poco pero más que en la ocasión anterior.

Se voltea. Ahora el pedazo de metal que va a matarle queda justo entre sus ojos abiertos.

La tenue luz que trasciende de la calle a la ventana me permite verle lo suficiente como para distinguir sus expresiones.  Me mira fijamente, el desconcertado temor en su mirada  dice que no quiere morir hoy. No sé qué dicen mis ojos, pero no me conmueve, es extraño: identifico sus emociones pero no me tientan, no las siento. Sin esperarlo se me acerca esquivando el cañón, me ha cubierto con sus brazos, y su oreja queda a la altura de mi pecho. Seguramente se da cuenta de lo acelerado que late mi órgano vital. Permanezco inmóvil y dirige su boca a mis labios entreabiertos que de repente exhalan un poco del aire que difícilmente introduzco a mi cuerpo por medio de mis dilatadas inhalaciones. Su actuación me transmite la tranquilidad tensa en que permanece su cuerpo. Me besa la cara poco a poco: cejas, párpados, nariz, mejillas, comisuras, barbilla, es la ruta, hasta culminar en mi boca. No respondo. Mi brazo se ha movido. He volteado la pistola por detrás de su nuca, mi pulgar presiona leventemente el gatillo del arma que apunta a su cabeza y por tanto a la mía pues estamos a la misma altura. No era así como lo había planeado. En este momento correspondo al beso y acerco a mi cuerpo el suyo, tibio, en movimiento. Se aleja sólo para establecer nuevamente contacto visual. Su mirada ha dejado de temer, ahora ama.

Acerco el cañón aun más a la parte posterior de su cabeza. Abre la boca pero no sale de ella ni un ruido.

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