Recuerdo


Por Fernando Alonso Zuli

Eres un sueño irreal, tan irreal como la vida misma. Me he quedado sin palabras luego de conocerte. ¿Qué más podría decir una vez habiéndote escuchado en medio de ese silencio nocturno de viernes para sábado? Las palabras se agotarían al tratar de repetir lo que expresabas, todo eso que dijiste en oraciones simples y algunas compuestas sin mayor elucubración, con la espontaneidad, con la naturalidad sincera de los seres verdaderos.

Rompiste esa irrealidad, la destruiste, la devastaste con un soplido de tu aliento. Se terminó en ese momento: ya no quedan más fantasías y resta solamente lo real, lo hecho. Eso eres tú: un proceso, pero un proceso en incesante cambio, que a fin de cuentas no deja de impresionar con cada una de sus formas. Un capricho, un gesto, un movimiento involuntario, una muestra contingente de pasión tan elemental como el nerviosismo: se nota, pero es tan fácil dejarlo inadvertido. Eres tan natural que ni eso se percibe.

Las estrellas delataban que el día no estaba próximo. Y sin embargo, ese fue el día: era ni más ni menos que el día preciso, el día justo, valioso, preciado y anhelado. Y pese a ello, inesperado. Ninguno de los dos lo aguardaba como un destino inexorable, ninguno sospechaba que algo de esto pasaría. Sólo sabíamos que nos tocaba ser, estar ahí, en ese momento, en esa situación. La sincronía jugó a favor de nosotros y nos hizo coincidir en el momento pertinente.

¿Casual? Nada es casual, dirías después, nada es por casualidad, y no juego a los dados.  El azar. Algo hablamos de ello, de la correspondencia de situaciones con causas y efectos. También algo sobre dados, algo que no hemos terminado de aclarar. Una risa escaparía de tu dulce boca si volviéramos a tratar el asunto. Por algo quedó en suspenso: eso y la idea de la máquina del azar, un proyecto inconcluso que permitiría descubrir que nada es casualidad pura, o chambonada fatigosa alimentada de nada, o de arbitrariedad superior, acaso arbitrariedad de las condiciones, pero no voluntarias de algo metafísico, diríamos.

¿Y es que para qué, en verdad, para qué esmerarse en nimiedades como esa, siendo que hay urgencias mayores para poderes tan supremos? En caso de estar, gastarse en cosas así sería innecesario, francamente. Por algo se nos ha concedido la movilidad, supongo.

Lo siento, digresiones. Inevitables digresiones. Sobre las que te pronunciaste varias veces, no podría decir que en contra, puesto que más allá de cómplice eres corresponsable, incluso varias veces generadora de ellas. Pero tampoco podría insinuar que fue a favor. Eso es seguro: en alguna ocasión, no fue reclamo, ni siquiera una queja,  acaso una llamada de atención. A veces falta que le señalen a uno los vicios y las manías tan solo para hacerlas conscientes. Aunque no por ello se corrigen, o se trate siquiera de emprender la enmendadura. Aun así lo hiciste, y lo aceptamos como quien deja que la lluvia le moje la cara en medio de la noche, en medio del espacio abierto. Quizá porque no era grave, e incluso dotaba de interés algunos de nuestros encuentros. O sólo por el gusto de dejarnos con la duda. Las mil y una noches distan un poco, pero el principio de incertidumbre aquél se asemeja mucho a éste, cargado de cierto gozo intrínseco, a veces como un suplicio voluntario, pero no tan drástico: incerteza placentera. Eso. Acompañada de un buen sabor de boca y una cierta plenitud, la de saber que no ha faltado nada por el momento.

¿Y a qué venía todo esto? Ya no lo recuerdo. He perdido la noción del espacio, y ahora sólo conservo la del tiempo, la de conocer con cierta precisión la idea de en qué momento ha ocurrido cada cosa. Tengo una vaga idea, lo admito, pero la tengo. La temporalidad no ha logrado disolverse en el recuerdo. Aunque el tiempo es finalmente traicionero, y la verdad se oculta sólo en sí misma, no detrás de sucesiones racionales, no detrás de sueños y ficciones, ni siquiera detrás de láminas de sí, como andada de fotogramas. No, la verdad es un en-sí. Y por-sí, tal vez, no requiere medios metaverdaderos.

¿Recuerdos? Los tengo, muchos, algo/un poco claros, no del todo, seguramente. Un ser perfectible, es decir, humano, no puede conservar con claridad tanta grandeza. No lo creo, pero las sensaciones perviven y se alimentan de sí mismas, de su enorme trascendencia, de no haber sido pasajeras y falaces, sino sinceras representaciones/reacciones propias de haber estado en el momento justo, a la hora justa, o más bien consecuencias de ello. Y más bien precisa, pues no es labor humana tratar de la justicia. A unos seres terrenales no habría de competer tal labor, pese a que se dice que les toca. No es cosa nuestra, seguro.

Escuchar de pronto el aire, sentir de repente ese aroma tuyo delicado y vivaz, cargado de esencias propias tuyas, o tuyas propias que claro haya de quedar, aspirar profundamente como si la nostalgia se llenara de aire sólo, mirar esas luces ignotas que alumbran al otro lado del sol y que llegan solamente a la vista de quienes se niegan a pensar que sólo hay siete colores, que los límites se ciñen entre el infra y el ultra, el rojo y el violeta, como si no hubiera en todo esto posibilidades infinitas al interior.

Hay cosas que se prefieren guardadas. Las reservas —tú las has pedido— se toman, pues. No conviene insistir en lo que caso no ha. Lo has sabido y entonces lo resolviste, incluso te costó una reprensión, injusta quizá, pero reincido: la justicia no es cosa nuestra. Y de cualquier modo labramos un camino para esclarecer algunas dudas y desvelar muchas otras: cerramos una puerta para abrir una centena. ¿Por cuál comenzar? Habrá una ocasión para atender a cada una, y abrir con ella una nueva cadena de centenas, una forma exponencial de crecimiento ad infinitum, pero una perpetuidad finita, cognoscible, hacia adentro. Resumido todo ello en la voluntad.

Quizá faltaba algo, sobre lo cual, por cierto, insististe con intensidad, tan sólo para demostrar que es cuestión de apreciación, que se puede lograr de muchas formas y con muchos elementos, que no es cosa de simplicidad, sino de complejidad, y que merece la pena arriesgarse en medio de marañas sin temor a caer. A fin de cuentas, sacudirse no cuesta mucho. Lo interesante está precisamente en eso: en no temer sin conocerse. La reincidencia consciente es válida, acaso si se sabe a qué puede llevar, o a dónde, o a con quién. Inconsciente, es seguir en lo mismo: el desconocimiento. ¿El equilibrio? ¿El orden? Se puede perder todo mientras se siga lo veramente indispensable: el equilibrio entre la pasión y la razón.

Y eso también te lo debo a ti.

Fotografía: Fernando Alonso Zuli

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