De por vida es mucho tiempo


Luis Lozano

Hacia finales de enero y con motivo del juicio político que el congreso chihuahueño empezó contra los tres jueces del caso “Rubí”,  Isabel Miranda de Wallace aseguró que el sistema penal mexicano, con su modalidad de juicios orales y que antepone la inocencia del inculpado a la pena del infractor, es “hipergarantista” para con los victimarios y dejaba desamparadas casi por completo a las verdaderas víctimas. Entonces puso en duda la impartición de “justicia”.

Aunque algo exagerada, la postura de la ahora presidenta de la organización “Alto al secuestro”, quien por cierto dejó en evidencia la incapacidad de las autoridades mexicanas para combatir la impunidad y hacer valer el estado de derecho, tiene tintes de razón. Y no propiamente en ese sentido.

Apenas el pasado uno de febrero se dio a conocer el caso de la primera mujer condenada a cadena perpetua en México y segunda persona en recibir esta pena en el país. Su nombre: Erika Patricia Alonso Sandoval, “La Muñeca”, de 28 años de edad y lideresa de la banda de secuestradores “los mochadedos”, acusada de la mutilación y homicidio de dos empresarios cuyas sendas familias hubieron pagado el respectivo rescate.

Hasta hoy no se habían presentado sentencias de esta magnitud, no por el hecho de que no haya sido merecida en otros delitos, sino por el problema legal que existe en torno a penas “tan severas”.

Ocurre que la Constitución Política considera según el artículo 18 que los delincuentes tienen siempre una posibilidad de reacomodarse en la sociedad y reintegrarse a ella tras una pena acorde con su crimen, sin importar la gravedad o frecuencia con que éste se cometa, si se toma en cuenta la reincidencia constante de muchos delincuentes para evitar estar en las calles. Incluso estas situaciones provocaron hace un tiempo un debate en torno al nombre de las prisiones, que por cierto aún son Centros de Readaptación Social (Cereso), no cárceles.

En consecuencia, la Carta Magna en su artículo 22 prohíbe diversas formas de tortura junto con “la multa excesiva, […] y cualesquiera otras penas inusitadas y trascendentales. Toda pena deberá ser proporcional al delito que sancione y al bien jurídico afectado”. En este sentido, la idea misma de una cadena perpetua, es decir, para siempre, solía ser una “multa excesiva”. Acá se percibe algo de ese “hipergarantismo” que mencionó la señora Miranda.

Sin embargo, fue hasta 2007 que se resolvió que la aplicación de esta medida, solicitada en el estado de Chihuahua para combatir los feminicidios y los infanticidios, no contraviene lo establecido en dicho artículo. Aunque cabe precisar que legalmente no se conoce como “cadena perpetua”, sino que luego de reajustar el Código Penal de Chihuahua, en particular el artículo 27, se permitió que las penas por secuestro y homicidio se aplicaran por separado, de manera que pudieran acumular hasta 105 años.

No obstante, en el resto de los casos parece como si en México estuvieran prohibidas las penas severas. Y de alguna manera ocurre así. No sólo por el artículo constitucional que pide mesura al respecto, sino como una medida precautoria que reconoce (y se resigna) a una realidad desalentadora. Al igual que la discusión de la pena de muerte, en el caso de la cadena perpetua, uno de los principales obstáculos para su aprobación en todo el país radica en el riesgo de condenar a algunos inocentes. Las autoridades mismas reconocen su incapacidad para impartir justicia y combatir el crimen, así como la penetración de la corrupción en niveles decisivos; y ante el riesgo de equivocarse, prefieren evitar una medida que quizá ayudaría a combatir la delincuencia a partir del miedo a ser castigado seriamente por la justicia.

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