El retorno



Sabe que la vida se ha ido y el presente es un nido en el cual la confusión y el porvenir no encuentran un punto en común. No ha olvidado ni una pizca de su vida antes de ser el Saulo Bonfil de hoy; seco, vacío, solitario y desinteresado por la  ilusión de las casualidades.

Bebe el vaso de agua que se encuentra frente a él, prende su cigarro y echa un vistazo al periódico por enésima vez en el día. No sabe qué pensar, no entiende si las letras que llegan a su vista son la materialización del éxito que pocos comprenden, o el cause de la fatalidad.

Si tan sólo tuviera treinta años menos todo sería distinto, y esa página que ahora lo embarga simbolizaría el templo de sus ideas. Pero ahora no, sus ojos se llenan de agua. Las alcanza a detener.

Vuelve sus ojos al periódico, lo que más le sorprende es la firma, el autor, esa primera letra del apellido, esa segunda letra del nombre. Sorbe el cigarro que se encuentra en su escritorio, el humo se esparce y apenas se dilucida como se pierde en el azar del tiempo sin memoria.

Instalado en ese primer recuerdo, Saulo echa un vistazo a su larga cabellera y esos ojos aceitunados que embelesaron desde el primer momento a Beatriz. (Ahora se encontraban bien puestos en el sobre que estaba a punto de abrir). Beatriz yace a su lado, con la cabeza puesta en su hombro. Aunque no se lo diga, tiene miedo, siempre ha tenido miedo, desde aquél tiempo en que lo conoció en los salones de clases de la Universidad, hasta cuando salía a las marchas y regresaba a escribir para el diario. Pero no se lo decía, sabía que había escogido al “hombre nuevo”, y como tal, existía para transformar. Saulo siempre se lo decía, pero Beatriz no lo alcanzaba a entender.

“Mira que dejar todo por una humanidad que no agradece. Yo no entenderé mucho de política e historia, pero algo si sé cariño: no conozco un soñador que haya vivido más de los cuarenta”, decía la esposa.  Saulo intentaba persuadirla mediante sus teorías, libros y trabajos, nunca lo conseguía.

Pero los besos, abrazos y promesas (esas que tanto contrariaban al Saulo existencialista) eran manifiestas: “juntos pase lo que pase, aludía Beatriz”, mientras perdía su mirada en el infinito que era el cuerpo de Saulo.

Él la abrazó y recorrió con sus dedos toda su espalda, sabía cada lunar de Beatriz y conocía cada zona del templo que todas las noches recorría con estruendoso fervor. Al llegar a esa parte que tanto disfrutaba de su compañera, profirió: ¿Juntos pase lo que pase?

La compañera asentía, reía (medio boleto al cielo por aquél rictus de encanto que seducía las mareas más fieras de Saulo) y abundaba: Juntos pase lo que pase, enorme bobo con corazón de niño.

Vuelve a sí mismo. Hoy las cartas están tiradas en el suelo, las fotos esparcidas en la suciedad de lo que en algún tiempo fue un hogar radiante, sin un orden, sin una lógica, sin ganas para ser vistas con alguien, por alguien, para alguien. Nadie existe fuera de ese cuarto. Hoy la vida para Saulo era Saulo, nadie más, nada más.

No sabe si ha confundido recuerdo con imaginación o en verdad esas memorias que con tanta nostalgia evoca fueron reales. Desde hace veinte años, lo cierto para él, han sido esas heridas en su cuerpo, y principalmente en su corazón. Esos lentes destrozados al calor de la tarde. Los sueños diluidos en un ápice de desolación. La ausencia de la ausencia en la tristeza de sus días.

El café hirviendo por todo su cuerpo y al fondo la risa de ellos. ¿Beatriz? ¿Daniel? ¿Saulo?, exclamaba para sus adentros, sin la respuesta de su interior, mucho menos de su alma.

Entonces vio la foto, su cabellera recién cortada, la enorme sonrisa de Beatriz y esos dientes que pintaban al cielo con su blancura. Otra gota parece derramarse a través de su ojo, el que está un poquito chueco. En la imagen aún estaba bien. Todos estaban bien, incluido Daniel, fiel imitación del padre. Su madre lo cargaba.

No cabía duda: la felicidad se escapaba por todos lados. Lástima que el pasado derrumbe los débiles cimientos del presente. Saulo aprieta con todas sus fuerzas el sobre que lo llevó a esa foto, aquél que contenía la notificación de ganar el premio nacional de periodismo en 1980.

En su momento fue su orgullo, no le inquieta la causa del premio, sabe que lo tenía bien merecido, fueron años de una dura investigación y un excelso reportaje. “Le dio en la madre al presidente en turno”, fue por esa razón que hizo tanto ruido en todos los medios de comunicación. Entrevistas, portadas, reportajes sobre él. La Eduardomanía se apoderaba de México. Invitaciones para dar clases en Universidades, aumento de salario, ocasión de ser columnista en los mejores diarios y revistas y la oportunidad de sacar un libro con una investigación exhaustiva del caso.

Fue al séptimo día que su fama se consumió en los bordes de lo efímero. Primero con la desacreditación y la invención de chismes sobre su persona, luego la denuncia por difamar al presidente de la república; que él no había despojado de hectáreas a ningún campesino, ni había concesionado nada a los empresarios, mucho menos arreglado las elecciones. Y para rematar: la calentadita que le dieron a Beatriz junto a la extraña desaparición de Saulo.

De eso poco recuerda. Después de la última entrevista y la firma del contrato para el libro, Saulo se consumió en los brazos de Beatriz como nunca antes, sus cuerpos no deseaban despegarse y consumieron la noche en el vaivén de sus caricias. Luego durmieron.

Despertó en una cárcel, golpeado y con un ojo chueco. Una carta en donde se declaraba culpable llevaba su firma. Su vida acabó en ese momento, su consciencia se hizo presa, y en los diarios pasó de héroe a preso político.

Fueron diez años de encarcelamiento, soledad y aislamiento. No sabía nada de su Beatriz, aunque cada día recordaba su sonrisa, su mirada y sus palabras de aliento. Imaginaba cuan grande estaría Daniel y pensaba en lo que haría al salir: una nueva vida. En un pueblo quizá. ¿Y la lucha política? Aún no lo sabía, si Beatriz lo apoyaba…

Saulo resbaló por el sillón y se echó a llorar sin poder contenerse. Ahora deseaba que sus recuerdos fueran imaginación. Su cigarro se consumía y lo quemaba, pero él no respondía. 1,2,3 segundos: “Beatriz, Beatriz, Beatriz”…

Fueron diez años de lucha constante por parte de intelectuales de izquierda y un pequeño grupo de la sociedad.  Al cabo de una buena etapa del sistema político nacional, el presidente se puso de buenas y liberó a los “presos de conciencia”.

Sin embargo, Beatriz había desaparecido: dos años después del encarcelamiento de Saulo estaba a punto de lanzar el libro a nombre de su esposo, además de ser una fuerte opositora a la presidencia en turno. No se le vio más por este mundo desde ese momento. Ni una carta, ni una foto. Nadie dijo nada.

Su hijo (Daniel) de tres años, fue dado en adopción a una pareja que nadie conoció, ni estuvo registrada en los datos oficiales. Saulo apenas lo recordaba, se había desprendido de él cuando era bebé, pero rememoraba la sonrisa de Beatriz, y sus ojos aceitunados puestos en el niño.

Y ahora, esos piquetes en el corazón que vuelven. ¿Continuará viva? ¿Me seguirá recordando? ¿Qué habrá hecho de su vida? ¿Y si se esfumó?, pensaba Saulo.

Las preguntas se perdieron en respuestas sin resolver, y esa hoja del periódico que se encuentra frente a él, inquietando sus horas de ocio. Esa extraña firma, ese peculiar nombre. Conocido, le resulta muy conocido.

“El precio de ser periodista en México”, del premio nacional de periodismo, Daniel Bonfil.  Conocido, le resulta muy conocido.

“Yo no se yo, yo no sé tú, yo sé qué, yo no sé nosotros”, exclama Saulo. El de la firma es Daniel Bonfil, su hijo, si: esto no es recuerdo, tampoco imaginación. Se lleva el vaso a la boca y su mano al corazón.

Luis Josué Lugo

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