Lo que nos obliga a leer (y escribir) literatura policiaca (Parte I)


Zedryk Raziel

Gracias a María Antonieta Barragán

En el siglo diecinueve y medio el escritor policial Thomas Narcejac, condenado como todos a ignorar los acontecimientos del siglo veintiuno, acusó con indignación que la literatura policiaca nunca había sido tomada en serio desde su nacimiento en la lúgubre calle Morgue, en 1841; reprochó que académicos, críticos y “hombres de letras” se empecinaran en degradarla al nivel del “folletín” y en considerarla un “género estercolario”, y denunció que la novela policiaca era víctima de una suerte de segregación racial, como si fuera “un ‘negro’ y la literatura […] un barrio elegante donde no tiene derecho a instalarse”.

Pero el hecho de que el género policiaco haya sido despreciado por intelectuales nostálgicos no niega la vertiginosa difusión que mereció a finales de los años 20. Aldo Sorani, en un artículo publicado en 1930, ensayó una razón psicológica para explicar este fenómeno: se leía y producía literatura policiaca –argumentó Sorani– como un acto de rebeldía contra la “standarización” y la “mecanización” de la vida moderna, una forma de evadirse de la injusta cotidianidad. 80 años después, la escritora mexicana Laura Esquivel particularizaría teleológicamente: “Ante la impunidad generalizada de los grandes criminales […] el lector siente que a través de los argumentos y las historias que lee se realiza una especie de castigo y justicia”. Entonces, ¿es ésta la función de la roman policier, o sólo una de sus posibilidades finales?

La postura de Esquivel es válida como un probable diagnóstico de la sociedad mexicana (y varias otras) y sus instituciones, pero definitivamente no justificaría una abrupta generalización que buscara explicar el auge del género policiaco en nuestra época. Aquel malestar que tanto abrumaba a Narcejac hoy es impugnado por la estruendosa aparición de nuevos escritores escandinavos –como Larsson y Adler-Olsen–, por el creciente ánimo detectivesco de numerosos autores latinoamericanos que fundamentan sus narraciones en el conflicto del narco, y por el sorprendente perfeccionamiento de la novela policial en la literatura africana contemporánea.

 

Sherlock Holmes. Fuente: elrincondelgeek.com

Dice Román Gubern que, aunque el género “criminal” no hubiera interesado en el siglo pasado desde un punto de vista literario, lo contrario ocurrió en el plano de la psicología y la sociología, desde donde fue entendido como manifestación y síntoma de la neurosis de la sociedad industrial; de hecho, es fama que la novela policial ha desarrollado –”en clave vulgar y popularizada”– una “filosofía de la angustia”, que oficialmente nació cuando Kierkegaard publicó su obra Un estudio sobre el miedo, en 1844.

Puesto que la novela policial tiene su origen –también oficial– en la narración “Los crímenes de la calle Morgue”, publicada en 1841, es verosímil que tanto Poe como Kierkegaard representaran dos formas distintas de esa “filosofía de la angustia” (o “de la inseguridad”) que produjo la sociedad industrial, como sostiene Gubern. En ese sentido, el escritor Edmundo Paz Soldán viene e provocar perfecta inquietud: “Vivimos en tiempos paranoicos y el policial es el género paranoico por excelencia”, dice. La cuestión es si tal paranoia puede atormentar al mundo durante un siglo y medio, y si antes de 1840 la tranquilidad era natural en las sociedades. ¿Cuál es, pues, el punto de inflexión? ¿Cómo se explica esta inundación de narraciones policiales y el inusitado submarinismo de infinitos lectores? ¿Cuál es el caso para México, donde la atención de este género se ha concentrado en relatar principalmente al narco?

Resolución del mundo real

Es creíble que el boom de lo policiaco (que ya observó Paz Soldán) procede del reconocimiento de ciertas expresiones del zeitgeist en las que es necesario poner atención. Nacido del replanteamiento de las aspiraciones revolucionarias de la modernidad que promovían el fin del capitalismo –explica el teórico Denis McQuail–, el posmodernismo logró configurar un espíritu de la época en que se carece de creencias y estándares fijos, y donde el hedonismo y la búsqueda incesante del placer han provocado la desvaloración de los actos humanos en virtud del exquisito valor del objetivo. Es decir, cuando el placer es uno de los fines primordiales de los individuos, la evaluación moral de los medios para alcanzarlo irremediablemente pasa a un peligroso término secundario.

Román Gubern, estudioso de medios de comunicación, explica que ciertos factores históricos fueron decisivos en el surgimiento del género policiaco en EE. UU.: el desarrollo de las grandes concentraciones urbanas y el consecuente aumento de la criminalidad, el nacimiento de las primeras “policías secretas” y, por último, la aparición de la prensa sensacionalista o amarillista. Por su parte, Antonio Gramsci ha señalado que la desconfianza popular en la justicia formal originó la figura del detective privado, quien en sus orígenes literarios trabajaba con independencia de la policía oficial y a veces incluso como su rival (aunque este aspecto no ha tenido mucha cabida en las letras policiales mexicanas, como se verá más adelante).

 

"Los crímenes de la calle Morgue". Fuente: es.wikipedia.org

Las acotaciones de Gubern y Gramsci sugieren considerar no sólo la obra en cuestión, sino el contexto en que se produce y adquiere sentido. Es así como se comprende el origen de las dos tradiciones que dieron cauce a la literatura policiaca. Pese a que este género apareció oficialmente con la publicación de “Los crímenes de la calle Morgue” en el Graham’s Magazine, tanto la novela policial inglesa como la norteamericana tomaron rutas diferentes. Mientras que la primera tendencia –de la que es icono Conan Doyle– surgió en una sociedad tradicional y conservadora como la inglesa, donde las primeras narraciones del género partían de una “ideología de la seguridad” y enaltecían la inteligencia de los detectives encargados de vigilar el bienestar de la burguesía, la novela negra norteamericana –fundada por Dashiell Hammet en 1929– manifestó desde sus orígenes una corrupción total y personajes moralmente negativos, en sintonía con un país cocido por el crack económico y por el hervidero de corrupciones causadas por la “ley seca”. Según el periodista Diego Salazar, posteriormente –y durante varios años– la guerra fría y el “enemigo comunista” se convirtieron en el “proveedor de historias” para las letras policiales.

Estas reflexiones suponen que el nacimiento y consolidación de la literatura policiaca se ha fundamentado en la premisa del reconocimiento de ciertas características del entorno, en un proceso similar al que ha descrito el ensayista Pablo Molinet para explicar el gusto actual por el arte “pesimista”: durante algún periodo de tiempo el zeitgeist “asigna” ciertas exigencias y expectativas que cabe esperar de la vida: por un lado, la ejecución de un género literario se concentra primordialmente en abordar –bajo la influencia ideológica de dichas exigencias y expectativas– rasgos específicos de esa actualidad; por el otro, ese género resulta exitoso entre los lectores porque éstos se reconocen en él, palpan algo de sí mismos en los textos. Molinet ensaya que en el gusto por el arte pesimista encuentra la siguiente premisa: “la vida humana es miserable. Luego entonces, el arte debe denunciar o bien mimetizar esa cualidad”. Y se recuerda a Paz Soldán: “vivimos en tiempos paranoicos y el policial es el género…”.

En nuestros tiempos, entre aquellos factores que han propiciado el boom policial” pueden computarse los sucesos que se exponen habitualmente en los medios de comunicación, por tratarse del “contexto de producción” de las obras: la vehemente radicalización de la violencia en consonancia con el desarrollo del comercio de drogas; la exagerada concentración de la riqueza social y el azote de la pobreza como consecuencias de la crisis económica; la fragmentación del poder en diversas esferas fácticas que no son ya el Estado; la banalización de la cultura y el descuido de la educación; el adelgazamiento y la profunda pérdida de credibilidad de las instancias gubernamentales y particularmente las judiciales…

Edmundo Paz Soldán añade: “En lo que he leído últimamente, las tramas [de la literatura policiaca] tienen que ver con lo que podríamos llamar ‘preocupaciones de telediario’: curas pedófilos, conspiraciones empresariales, políticos corruptos”.

“La novela policiaca sólo es un pretexto”

Es preciso puntualizar que, a pesar de que el reconocimiento de ciertas expresiones del espíritu de la época sea el motivo sustancial del auge de la literatura policiaca contemporánea, es justo resaltar las particularidades que cada cultura literaria ha asumido en esta época. Tales distinciones son claras en lo que concierne a las peculiares características de la trama o del detective mismo –si es que lo hay–, y a la función social que cada autor atribuye a la obra policial.

Un primer ejemplo viene al recuerdo como fluyendo involuntariamente. A propósito del escritor sueco Stieg Larsson y su florida trilogía Millennium, y del danés Jussi Adler-Olsen –quien promete encabezar la próxima lista de los best-sellers policiacos–, Salomón Derreza resuelve tirar la primera pregunta: “¿Qué diablos tienen de particular las novelas negras escandinavas?”. El caso de las novelas de Larsson es muy conocido: la pareja “detective” la conforman el periodista Mikael Blomkvist y la hacker Elisabeth Salander; la vida de él está delineada por el fracaso, la de ella por el sufrimiento. Aunque en un riguroso trabajo conjunto (periodismo de investigación e informática) ambos resuelven el impenetrable caso de una serie de mujeres asesinadas ferozmente, toda la atención de la historia se concentra en la participación de Salander, la más misteriosa, la más audaz, la más lúcida y valiente y violenta. Si a la lista de rasgos se añade a Carl Mǿrck, el “policía degradado” de Adler-Olsen, se tiene que estos personajes europeos, que finalizan las tramas heroicamente, tienen tantas debilidades humanas como cualquier lector.

 

(Continuará en el próximo número de la revista Contratiempo…)

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  1. […] * Texto publicado originalmente en febrero de 2011 en la revista Contratiempo en dos partes en estos enlaces: https://revistacontratiempo.wordpress.com/2011/02/17/lo-que-nos-obliga-a-leer-y-escribir-literatura-… y https://revistacontratiempo.wordpress.com/2011/03/03/lo-que-nos-obliga-a-leer-y-escribir-literatura-policiaca-parte-ii/. […]



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